martes, 2 de agosto de 2016

TRES
Tom siguió a Candy de vuelta al motel, y encontró su coche aparcado frente a una de las
habitaciones, en el extremo del complejo. Aparcó su camioneta al lado y llamó con los
nudillos.
Ella abrió la puerta, pálida y demacrada. Parecía respirar con dificultad.
—Podemos ir al rancho de Matt Caldwell mañana—dijo él inmediatamente—. Si no te
importa—añadió con cautela, intentando no mostrar demasiada preocupación por su
salud—. Tengo que hacer algunas cosas en el comedero esta tarde, pero si estás decidida a
continuar la visita...
—No, la visita puede... esperar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Te ha hablado de mí,
¿verdad? —le preguntó sin más preámbulo.
No había motivo para andarse con evasivas
—Sí —respondió, con el rostro totalmente inexpresivo, y continuó hablando como si le
prestara mucha atención al tema—. Te llamaré por la mañana. Un cliente vendrá a ver
el ganado y querrá que le explique los detalles del programa alimenticio. Es igual que J.
D. Langley... No le gustan los comederos, pero trabaja para una empresa que comercia
con ellos. Esperamos que venga pronto, pero si se retrasa, me temo que tendrás que ir
sola al rancho de Matt. Te mandaré un mapa por fax a la recepción del motel, para que
puedas recogerlo antes de salir. El rancho está a media hora en coche del pueblo, y la
carretera no tiene ni señales.
Candy se sorprendió de que no mencionara su pasado y se relajó un poco.
—Muy bien.
El vio cómo se esforzaba por respirar y empezaba a toser violentamente.
— ¿Te has hecho alguna vez la prueba del asma? —insistió.
Ella se llevó un pañuelo a la boca mientras luchaba contra la debilidad que le impedía
Hablar.
—No.
—Deberías hacértela —declaró él rotundamente, entornando la mirada—. Todo el
mundo dice que el asma te hace jadear, pero no es siempre así. El año pasado estuve
saliendo con una chica que tenía un grave problema de asma y no jadeaba. Sólo tosía
tan fuerte que parecía que los pulmones se le iban a salir por la boca.
Candy se apoyó pesadamente contra la puerta.
— ¿Por qué no la seguiste viendo? —le preguntó.
—Permití que otra mujer tonteara conmigo cuando estábamos en nuestra primera cita
—admitió él—. No teníamos mucho en común, pero aun así me sentí avergonzado. Normalmente
no soy tan desconsiderado.
— ¿Y esa chica encontró a otra persona?
Tom se echó a reír.
— Se casó con su jefe, uno de nuestros médicos. Creo que estaba enamorado de ella
desde el principio. Me echó una bronca por dejar que volviera a casa sola del cine.
Candy le sostuvo la mirada tranquilamente.
— ¿Por qué te emborrachas todos los fines de semana?
Tom no disimuló su perplejidad.
— ¿Quién te lo ha dicho? —le preguntó con impaciencia.
—El señor Gately, mientras estabas mirando los caballos —respondió ella—. Me dijo
que me mantuviera lejos de ti los fines de semana, y yo le pregunté por qué.
Tom se metió las manos en los bolsillos. De repente parecía más frío e inaccesible que
nunca.
— Mi novia murió en un accidente de avión. Yo pilotaba la avioneta. Intenté hacer un
rizo para alardear y sólo conseguí estrellar el aparato en los árboles. El impacto no nos
mató, pero la avioneta quedó atrapada entre las ramas a quince metros del suelo. El
cinturón de seguridad de mi novia se soltó y ella cayó al vacío antes de que yo pudiera
agarrarla —la expresión se le ensombreció por el recuerdo—. Bebo para no tener que
ver su rostro mientras caía ni oírla gritar suplicándome ayuda.
Candy arrugó el pañuelo en la mano.
—Lo siento mucho —dijo amablemente—. De verdad.
—No te lo habría contado si no hubiera sabido lo que te pasó a ti —replicó él—. Hay
gente a la que le gusta oír hablar de muertes violentas. Tal vez eso los hace sentirse
vivos. En mi caso, sólo hace que quiera beber y emborracharme.
—Lo entiendo. Pero ella no habría querido que te lamentaras de esa manera, ¿verdad?
El dudó un momento.
—No. Supongo que no.
—Ni que fueras un solitario para el resto de tu vida —siguió ella, sonriendo—. Mi
padre era así... Siempre estaba ayudando a los demás, trayéndonos regalos y cuidando
de nosotros. Era mucho más cariñoso que mi madre, quien ahora me odia, como es
natural. Yo lo maté —añadió duramente—. Fui yo la que sugirió que fuéramos a comer a
aquel sitio en particular.
—Podría haber sucedido en cualquier parte —dijo él.
Ella se encogió de hombros.
—Sí, pero sucedió allí. Ahora intentó estar en casa el menor tiempo posible. Supongo que
me he cansado de pagar por mis pecados —soltó una carcajada—. Tú y yo seguimos
huyendo, y ellos siguen muertos.
La voz se le quebró al pronunciar la última palabra. Tom no entendía por qué le
afectaba tanto, pero no podía permanecer allí parado, viéndola llorar.
La metió en la habitación y, tras cerrar la puerta tras ella la estrechó entre sus brazos y
la apretó fuertemente contra su cuerpo mientras con una mano le acariciaba el pelo.
Aquel día se lo había dejado suelto y le caía hasta los hombros como una cortina de
seda oscura. Olía a flores.
— No necesito que... —empezó a protestar ella.
— Sí, sí lo necesitas —la interrumpió él, apartándole el pelo del rostro—.Y yo también.
Es de humano querer recibir consuelo.
— ¿De verdad? —preguntó ella tristemente.
— Por supuesto. Ambos necesitamos consuelo.
Volvió a abrazarla y los dos permanecieron inmóviles, aferrados el uno al otro. Tom se sintió más tranquilo de lo que había estado en años. Le gustaba tenerla entre sus brazos, tan cálida, suave y
vulnerable. Al cabo de un minuto ella soltó un suspiro y se acurrucó aún más contra él.
— ¿Tu madre nunca te abrazó? —le preguntó Tom.
—No. No era una persona que diera muestras de afecto, excepto con mi padre. Y ahora
es aún menos cariñosa que antes.
—Tampoco yo lo soy —admitió él—. Menuda coraza llevas puesta, señorita Marshall —
le murmuro contra la sien.
—No quiero recibir la compasión de nadie.
—Yo tampoco —dijo él—. Pero no me vendría mal un poco de consuelo.
Ella sonrió contra su camisa.
—Ni a mí.
— ¿No podríamos abandonar la lucha y declarar una tregua?
A Candy le dio un vuelco el corazón.
— ¿Eso no es de cobardes?
—No entre dos veteranos de guerra como nosotros.
Ella le pasó una mano sobre la camisa.
—Supongo que podría intentar no estar siempre a la defensiva si tú intentaras no beber.
Tom se quedó rígido. Por encima de la cabeza de Candy miró el gran roble que había
junto al motel y se preguntó distraídamente si sería muy viejo.
—Hace mucho tiempo que no intento dejar la bebida —confesó—. Aunque sólo sea
durante los fines de semana. Pero debería tomar una alternativa.
Los dedos de Candy jugueteaban con uno de los botones perlados de la camisa.
—Supongo que no te gustará pescar... —Él levantó la cabeza y la miró.
— ¿Me tomas el pelo?
— ¿Te gusta o no?
—El año pasado gané el trofeo a la mejor lubina.
Candy lo miró con ojos muy abiertos y se echó reír.
—Eso es porque no competías conmigo. ¡Me encanta la pesca de la lubina!
Un alma gemela, pensó Tom, y a punto estuvo de decirlo en voz alta.
—Apuesto a que no has traído los aparejos contigo.
Ella puso una mueca.
— He venido en avión. No podía traer todo lo que hubiera querido.
—Yo te prestaré el material. Tengo de todo: cañas, anzuelos, corchos... El sábado
pasaremos el día en el lago.
— ¡Me encantaría! —exclamó ella, con una sonrisa radiante que Tom se preguntó cómo
había podido parecerle una mujer fría.
—Intentaré que alguien me sustituya y así podré ir contigo al rancho de Matt por la
mañana. ¿A las nueve te parece bien? Me encargaré de concretar la cita con Matt.
— Estupendo. ¿Ese Matt se parece a Cy Parks? —le preguntó ella con curiosidad.
Tom negó con la cabeza.
—Matt es una persona muy tranquila, a menos que se ponga furioso y haya que
apartarse de su camino. Y, por lo general, le gustan las mujeres ——añadió.
— ¿Alguna excepción a la regla?
—Sólo una —dijo él con una sonrisa—. Te veré mañana. Prueba a tomar café bien
cargado —le sugirió—. Dicen que ayuda para los ataques de asma... si es eso lo que
padeces. Si no te pones mejor, llama al doctor Coltrain o al doctor Morris. Son geniales.
—De acuerdo. Gracias.
El la soltó con un suspiro.
—No es una muestra de debilidad pedir ayuda cuando se está enfermo —observó—. Se
me ocurrió que debía hacerte esa sugerencia.
—En casa no se me permitía enfermar —dijo ella—. Y algunas lecciones son difíciles de
olvidar.
El le observó su rostro macilento.
—No me imagino cómo debió de ser tu infancia —le dijo tristemente.
—Fue maravillosa.., hasta que mi padre murió.
—Me extraña —murmuró él con escepticismo.
Candy volvió a toser y se llevó de nuevo el pañuelo a la boca.
Tom frunció el ceño.
—El polvo del rancho te afectó seriamente, ¿verdad? Tienes que evitar los lugares
cerrados donde se concentre. Si de verdad tienes asma, podría ser peligroso.
—Sólo tengo un pulmón —dijo ella con voz ronca—. Supongo que soy muy sensible al
polvo.
Pero Tom seguía sin estar convencido.
—Te llamaré esta noche, sólo para asegurarme de que estás bien. Si no te mejoras,
llama al médico o vete al hospital.
—Lo haré. No tienes de qué preocuparte.
—Te equivocas —replicó él con voz cortante—. Si por la mañana no estás mejor,
aplazaremos la visita al rancho de Matt. Su rancho está a veinticinco minutos del
pueblo. Si sufrieras un ataque de gravedad estando allí, no podría traerte a tiempo en
la camioneta.
—El señor Caldwell tiene una avioneta —señaló.
—Tiene dos... un Learjet y una pequeña Cessna. Pero Matt vive en el pueblo y sólo estará
en el rancho el tiempo suficiente para presentarnos a su capataz. Tiene que volar hasta
FortWorth para una conferencia.
—Me encontrare mejor por la mañana —insistió ella—Lo sé —añadió, pero su estoica
imagen quedó deslucida por otro ataque de tos.
—Toma un poco de café, aunque sólo sea por complacerme, ¿quieres?
Candy suspiró.
— De acuerdo.
—Buena chica —dijo él. Se inclinó bruscamente hacia ella y la besó en los labios.
Ella dio un respingo al tiempo que ahogaba un gemido.
Tom la miró con curiosidad a los ojos.
—No tendrás miedo de mí, ¿verdad? —le preguntó amablemente.
—No... no lo creo.
Su actitud estaba siendo sorprendente. Parecía muy segura de sí misma... hasta que la
distancia entre ambos se hacía íntimamente corta. No debía de saber mucho sobre los
hombres.
— ¿Nadie te ha besado nunca? —le preguntó.
—No mucho.
—Qué lástima —dijo él, mirándole la boca—. Tienes una boca ideal para ser besada...
cálida, suave y muy dulce.
Ella se llevó la mano a los labios en un gesto inconsciente
—No me gustan los deportes —murmuró.
— ¿Qué tiene que ver eso con los besos?
—Casi todos los hombres que he conocido están casados, pero los que no lo están
quieren llevarme a ver partidos de fútbol o de béisbol. Y a mí me gusta pescar.
—A mí me gustan los deportes —admitió él—. Pero me gustan más los rodeos y la
pesca.
—A mí también me gustan los rodeos.
— ¿Lo ves? Ya tenemos algo más en común —dije él con una sonrisa, y se inclinó para
besarla de nuevo, sintiendo la misma descarga eléctrica que antes—. Podría volverme
adicto a esto.
Ella le puso las manos en el pecho.
—No puedo... no puedo respirar bien —susurró—. Lo siento.
— ¿Por eso no puedes implicarte? ¿No puedes respirar y cuando lo dices los hombres
creen que los estás mandando a paseo?
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó ella, sorprendida.
—Es la respuesta evidente a tu falta de pretendientes —dijo él—. Está claro que no se
debe a una cuestión de aspecto. ¿Por qué no le dijiste a ninguno que sólo tienes un
pulmón?
Candy puso una mueca de desagrado.
—No habría importado mucho. Querían algo más que unos cuantos besos.
—Pero tú no.
Ella negó con la cabeza.
—Por dentro estoy muerta... desde que mi padre murió. El psicólogo al que me enviaron
dijo que era el sentimiento de culpa porque él hubiera muerto y yo no. Tal vez siga
siendo así —levantó la mirada hacia él—. Pero, independientemente de la culpa, no
siento eso con casi nadie. Nunca he... nunca lo he hecho.
Se ruborizó intensamente y Tom supo la razón.
—Son como pequeñas descargas eléctricas, ¿verdad? —dijo con una sonrisa. De repente
se sentía como si midiera tres metros.
Ella esbozó una tímida sonrisa.
—Más o menos.
— ¿Y no te atreves a probar un rayo?
Candy se echó a reír.
—Hoy no.
—De acuerdo —aceptó él, apartándole un mechón de pelo—. Entonces te veré por la
Mañana.
—Esperaré impaciente.
El se puso serio.
—Y yo —murmuró con un extraño ardor en los ojos. Tuvo que esforzarse para apartar
bruscamente la mirada de ella y alejarse. Le gustaban las mujeres y de vez en cuando se
sentía atraído hacia ellas. Pero aquella sensación era completamente nueva. Deseaba a
aquella mujer como nunca había deseado a otra.
Dudó un momento al llegar a su camioneta.
—Lo que dije del médico iba en serio —le recordó—. Si esa tos persiste, llama a alguien.
—De acuerdo —aceptó ella con una sonrisa. Se despidió con la mano y cerró la puerta.
Tom se marchó en la camioneta, pero no sin una cierta aprensión. No le gustaba aquella
tos. Candy era muy frágil, pero no era consciente de ello o simplemente no quería serlo.
Necesitaba a alguien que cuidara de ella.
Aquel pensamiento lo hizo sonreír. Era una idea anticuada. A las mujeres no les gustaba
que cuidaran de ellas. Querían ser fuertes e independientes.
Tom se preguntaba si no albergarían el secreto deseo de que alguien las atendiera. No
que las controlaran, dominaran ni reprimieran. Simplemente que las... atendieran.
Se imaginó a Candy como una orquídea que necesitaba la atención adecuada para
crecer. Las orquídeas necesitaban mucha humedad y noches frescas. Sonrió al pensar en
Candy en un macetero siendo regada. Pero era precisamente eso lo que quería: cuidar
de ella y no permitir que volviera a sufrir. Frunció el ceño, porque los pensamientos que
estaba teniendo iban contra su naturaleza. El era un solitario. Nunca había pensado en
cuidar una mujer. Pero no podía pensar en Candy de otra manera, a pesar de que
acababa de conocerla.
Era demasiado pronto para pensar en nada permanente, se aseguró a sí mismo. Pero
tampoco haría ningún daño si le echaba un ojo. Tenía el presentimiento de que Candy
iba a jugar un papel muy importante en su felicidad.
En el motel, Candy había conseguido dejar de toser gracias a una cafetera bien cargada.
No había esperado resultados positivos, a pesar de la insistencia de Tom, pero por lo
visto él tenía razón al recomendar el café para el asma. Frunció el ceño.
Si tuviera asma su vida sería mucho más complicada de lo que ya era. Trabajar en los
ranchos llenos de polvo iba a suponer un gran desafío, aunque hubiera algún
tratamiento eficaz.
Se tomó el café a sorbos y pensó en la preocupación que estaba mostrando Tom. Ella era
una mujer moderna. Pero era muy agradable que alguien la cuidara, para variar. Su
madre nunca lo había hecho, y nadie se había preocupado de lo que le había sucedido
desde que su padre muriera. No podía evitar que la atención de Tom la conmoviera...
Más tarde, cuando estaba a punto de acostarse sonó el teléfono. Era Tom, que sólo
llamaba para comprobar cómo estaba. Ella le aseguro que se encontraba bien y él le dijo
que había encontrado a alguien que lo sustituyera con el cliente y que la vería por la
mañana.
Cuando Tom colgó, Candy permaneció un largo rato con el auricular en la mano. No, no
estaba mal que alguien se preocupara por ella. No estaba mal en absoluto.
El día siguiente amaneció espléndido y soleado ,Candy se puso un traje pantalón beige y unas botas
de ante, y se dejó el pelo suelto. Se sentía más joven y contenta de lo que había estado en años.
Gracias a Tom podía ver la vida desde una perspectiva completamente nueva.
En el rancho Caldwell repasó sus pocos datos.
El rancho era sólo uno de los muchos negocios que poseía Matt. Era un empresario en el
verdadero sentido de la palabra. Si hubiera nacido cien años antes, habría sido un
hombre como Richard King, el fundador del famoso rancho King en el sur de Texas.
Matt era un hombre tranquilo y afable pero Candy había oído que con sus enemigos
era despiadado. Corrían muchos rumores sobre aquel hombre tan poderoso, y uno de
los cuales hablaba de cómo la había tomado con la amiga de su primo y cómo había
provocado que la despidieran de su trabajo. Un incidente muy extraño en un hombre
que se caracterizaba por el juego limpio, y más teniendo en cuenta que la mujer era
joven y que no se parecía en nada al tipo de compañía femenina que frecuentaba el
atractivo magnate.
Los gustos de Matt se decantaban por las modelos estrellas de Hollywood. En su vida
privada no había lugar para las mujeres con carrera, aunque había colocado a algunas
en puestos ejecutivos de varias empresas suyas. Tal vez fuera la razón del conflicto con
aquella joven. Se rumoreaba que la chica era muy inteligente y astuta en los negocios.
Unos golpes en la puerta de la habitación la sobresaltaron. Fue a abrir y se encontró con
un sonriente Tom en el umbral.
— ¿Lista para salir?
— ¡Desde luego! —exclamó ella.
El día prometía ser maravilloso.
El rancho de Matt estaba bastante apartado del pueblo. Tom tomó una carretera en la
que no había ninguna señal y le sonrió a Candy.
—Me temo que ni el mejor de los mapas serviría de mucho. Matt dice que le gusta estar
en lugares donde sea difícil encontrarlo, pero para la gente que tiene que visitarlo por
negocios es un infierno llegar hasta el rancho.
—Tal vez no le gusten las personas —comento ella.
—Le gustan, pero no cuando está de mal humor. Es en esas ocasiones cuando se refugia
en su rancho. Trabaja codo con codo junto a sus vaqueros, y a veces los más nuevos ni
siquiera saben que él es el jefe, hasta que no lo ven con traje y corbata subiendo al
Learjet.
— ¿Cuál es su fortuna? —preguntó ella.
Tom se echó a reír.
—Nadie lo sabe. Posee este rancho y otros bienes inmuebles, dos aviones, varios
terrenos en Australia y México, está en la junta directiva de cuatro grandes empresas y
en el consejo de administración de dos universidades. En su tiempo libre se dedica a
comprar y vender ganado —sacudió la cabeza—. Nunca he conocido a un hombre con
tanta energía.
—Tal vez intenta mantenerse ocupado para no pensar en algo... —murmuró ella
pensativamente.
—Nadie ha tenido nunca el valor de preguntárselo. Matt es muy simpático, pero no es
el tipo de hombre que invite a hacer preguntas sobre su vida privada.
Candy dio una sacudida cuando la camioneta pisó un bache y recordó algo.
—Dijiste que estabas pilotando la avioneta. ¿Era tuya? —le preguntó con cautela.
Tom soltó una lenta exhalación. No quería hablar de ello, pero ella tenía derecho a saber
algo de él.
—Sí—respondió, mirándola—. Tengo una empresa de transporte aéreo.
Candy lo miró con ojos muy abiertos.
—¿Y entonces por qué trabajas en el comedero?
—No saben que tengo esa empresa—dijo él—. Quería un lugar donde... no sé, donde
esconderme, tal vez —se encogió de hombros—. No podía soportar los recuerdos allí, y
no quería tener tiempo libre para pensar, de modo que busqué el trabajo más
absorbente que pudiera encontrar. Llevo aquí tres años y me gusta. La persona que dejé a cargo
de la empresa lo está haciendo muy bien. Tanto, que estoy pensando en hacerlo socio.
— ¿Es un negocio rentable?
—No estoy en el club de Matt Caldwell, pero supongo que me acerco bastante —dijo
con una sonrisa—. Podría aspirar a cuotas más altas, pero no quiero. Fue eso lo que me
costó a Anita —el rostro se le endureció mientras miraba al frente—. El día antes había
estado todo el día conduciendo, y por la noche no había dormido porque alguien me
había invitado a una fiesta. Anita quería volar un rato, así que la subí a la avioneta. Si
hubiera descansado por la noche, habría examinado a conciencia el motor y habría
detectado la avería antes de provocar la tragedia. Fue entonces cuando me di cuenta de
que estaba malgastando mi vida. Me vine aquí para decidir lo que quería hacer —
sacudió la cabeza—. Han pasado tres años y aún no lo he decidido.
— ¿Qué quieres hacer? —le preguntó ella.
La expresión de Tom se tomó distante.
—Quiero echar raíces y formar una familia—dijo, y se echó a reír al ver la cara que
había puesto Candy—. Veo que no te esperabas una respuesta así.
—No pareces el tipo de hombre que quiera echar raíces —dijo ella, retorciendo el bolso
en su regazo.
—No lo era hasta hace poco. No soy tan viejo pero estoy empezando a mirar más el
futuro a largo plazo. No quiero envejecer y morir solo.
—Casi nadie quiere eso.
El sonrió.
— ¿Incluida tú?
Candy dudó un momento.
—Nunca he pensado seriamente en casarme y tener una familia.
— ¿Porque sólo tienes un pulmón? Eso no debería preocuparte.
—Puede que le preocupe a un posible marido —señaló ella—. Los hombres quieren a una
mujer íntegra.
— Tú eres una mujer íntegra —replicó él con firmeza—. Con uno o dos pulmones.
Ella esbozó una sonrisa de agradecimiento.
— Gracias. Pero el matrimonio sería un paso demasiado grande para mí.
— No lo creo. No si dos personas tienen mucho común y son buenos amigos. He visto
algunos matrimonios felices desde que me mudé a Jacobsville. El matrimonio es lo que
tú quieres que sea.
— Eso dicen.
La carretera acabó en un largo y serpenteante camino de grava, con un gran buzón
negro en la bifurcación en el que se leía: Rancho Caldwell Doble C.
— Ya hemos llegado—dijo Tom, girando en el camino de entrada—. Matt tiene el mejor
ganado Santa Gertrudis del estado. Es una raza de pura sangre, lo que significa que no
es ganado para el matadero. Vende principalmente sementales y terneras, y el negocio
no le podría ir mejor.
—Me gusta el ganado Santa Gertrudis —comentó Candy.
—También le gustaba a mi padre —dijo él—. Trabajaba en el rancho King. Yo crecí
rodeado de ganado y siempre me ha gustado. Pero me gustan aún más los aviones.
Ahora estoy atrapado entre los dos. Es algo que saca de quicio a mis padres.
— ¿Aún viven?
Tom se echó a reír.
—Y tanto. El sigue trabajando en un rancho, ¡y ella ha montado una agencia
inmobiliaria! Voy a visitarlos cada pocos meses. Como ya te dije, tengo un hermano en
California y una hermana en el Estado de Washington. Su marido es abogado y tienen
un hijo de cuatro años.
—Vaya familia...
—Te gustarían —le aseguró él—. Son gente sencilla y les encanta tener compañía.
—Mi madre no soporta las visitas sin invitación —recordó ella—. No le gusta la gente a
menos que vaya a comprar ganado. Es una mercenaria.
—Tú no.
Candy soltó una carcajada.
—Gracias por haberte dado cuenta. No, nunca seré una mujer de negocios. Si tuviera
mucho dinero, seguramente lo daría todo. Mi debilidad son las causas perdidas.
—La mía también. Bueno, ya estamos aquí.
Le señaló una casa blanca de dos plantas con un amplio porche, bajo el que se veían un
columpio muchas sillas. Las cercas que delimitaban los pastos también eran blancas, y
tras ellas pastaba el ganado rojizo en la verde extensión de hierba.
—Pasto mejorado —murmuró ella, tomando notas—. Se adivina por la hierba
exuberante.
—Matt es muy perfeccionista. Ahí está —dijo, mirando hacia los escalones de la
entrada, donde un hombre alto y atractivo, vestido con un traje y un sombrero blanco
Stetson, salía a recibirlos.


HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITULO ... ESTE ES EL ANTEPENULTIMO ASI QUE YA VA A TERMINAR LA NOVELA :D ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO :))

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