sábado, 30 de julio de 2016

DOS
Bill Gately tenía el pelo blanco y cojeaba al caminar, pero tenía un cuerpo tan delgado y
ágil como el de muchos hombres con la mitad de años. Les estrechó la mano
cortésmente y miró a Candy con una ceja arqueada, pero no hizo ningún comentario
cuando Tom le explicó en qué consistía su trabajo.
—Justin Ballenger dijo que no le importaría que echáramos un vistazo a su rancho —
dijo Candy con una sonrisa—. Parece ser que ha hecho progresos sorprendentes con los
pastos.
Los ojos azules del anciano se iluminaron como si se hubiera encendido una bombilla.
—Por supuesto que los he hecho, jovencita —dijo sin disimular su entusiasmo. La
agarró del codo y la llevó a la parte de atrás de la casa, explicándole las dificultades de
la plantación y el cultivo de la hierba—. No sería rentable a gran escala porque es
demasiado cara, pero he tenido un gran éxito y estoy descubriendo la manera de
reducir costes gracias a la mezcla de pasto común con el cultivado. Los becerros se
alimentan de esos pastos siguiendo un sistema giratorio hasta que se convierten en
erales, y entonces los envío a Justin y Calhoun para que terminen de cebarlos para
ponerlos a la venta —sonrió avergonzadamente—. También he conseguido engordar
mucho el ganado. Tal vez debería dejar que los Ballenger se encargaran del marketing,
pero me gusta realizar mis propias ventas. De todos modos, sólo tengo cien cabezas de
ganado, y eso es muy poco para molestar a los Ballenger.
— ¿Dónde suele vender su ganado? —le preguntó ella con curiosidad.
—Lo vendo a una cadena de hamburgueserías —respondió él, y le dio el nombre. Era una
cadena local que había empezado con muy pocos recursos y que ahora se estaba
extendiendo por las grandes ciudades.
Candy arqueó las cejas.
—Estoy verdaderamente impresionada —le dijo—. Casi todas las cadenas de comida
rápida importaban la carne de Sudamérica, hasta que se divulgaron las noticias sobre la
deforestación de las selvas. Aquello provocó una drástica reducción en el consumo de
carne, porque la gente no quería que los rancheros de Sudamérica arrasaran la selva
para que sus ganados pudieran pastar.
— ¡Es el mismo argumento que yo empleé! —exclamó con un gesto de énfasis—. Y
también funcionó. Están empezando incluso a anunciar sus hamburguesas como las
únicas que no salen de la selva amazónica. Y si quisieran, podrían anunciarlas también
como «de cultivo orgánico», porque no empleo nada artificial en la comida del ganado.
Candy suspiró.
—Oh, señor Gately, ¡ojalá! pudiéramos empaquetarlo y venderlo a usted. Qué enfoque
tan magnífico para la cría de ganado.
Bill se ruborizó como un adolescente. Más tarde, se llevó a Tom aparte y le dijo que
nunca había conocido a nadie tan cualificado como Candy para la publicidad del sector
ganadero, y Tom se lo dijo a Candy mientras volvían a Jacobsville.
El rancho Gately les había ocupado casi toda la tarde, porque Candy había examinado
los diarios de Bill para comprobar los progresos obtenidos en los pastos, como el
empleo de la llamada hierba de búfalo, que los granjeros habían arrasado casi por
completo en los primeros años de la colonización.
—Eres muy meticulosa en tu trabajo —comentó Tom.
— ¿Esperabas a alguien descuidado para hacer un trabajo tan importante? —le
preguntó.
Él levantó una de sus fuertes y esbeltas manos.
— No era mi intención provocarte. Únicamente que pareces ser muy buena en lo que haces.
Ella se recostó en el asiento con un pequeño suspiro
—Me enorgullezco de mi trabajo —confesó—.Y nunca ha sido una tarea fácil. Hay
muchos ganaderos como el señor Gately, aunque no tan fáciles de convencer, que
disfrutan haciéndome sentir incómoda.
— ¿Cómo?
—Oh, se aseguran de que yo vaya sola por los pastos cuando los toros están sueltos —
comentó, chasqueando con la lengua—.Y me hacen entrar en los establos cuando las
vacas están siendo inseminadas artificialmente. Una vez tuve una conversación a gritos
con un ranchero delante de un establo, porque una yegua estaba siendo inseminada y
Tom soltó un silbido.
—Me sorprende. Creía que la mayoría de los hombres que se dedican a esto le
guardaban más respeto al sexo opuesto.
—Y así es, siempre que ella esté haciendo galletas en la cocina.
— ¡No se te ocurra hablar de galletas delante de los Hart! —exclamó él—. Rey y Leo aún
están solteros, y no te creerías hasta dónde han llegado por unas galletas desde que
Corrigan, Simon y Cag se casaron y se marcharon de casa.
Candy se río.
—Eso ya lo he oído en la oficina de Denver—dijo—. En cualquier convención de ganado
siempre se habla de los Hart. Cada día son más escandalosos.
—Y más exagerados.
—Quieres decir que no fue cierto que Leo se llevó a una cocinera de una cafetería de
Jacobsville una mañana y no la dejó marchar hasta que no le hiciera galletas?
—Bueno, aquello fue...
— ¿Y que Rey no contrató a una cocinera en Houston para que le preparara cuatro
bandejas de galletas y que alquiló un furgón refrigerado para llevarlas al rancho?
—Bueno, sí, pero...
— ¿Y que cuando la señora Barkley se jubiló y dejó el restaurante Jones House, en
Victoria, Rey y Leo le estuvieron mandando rosas y bombones durante dos semanas
hasta que accedió a volver a trabajar para ellos?
—Es alérgica a las rosas —murmuró él—.Y ha engordado mucho por culpa de esos
bombones.
—Seguramente a estas alturas ya sea alérgica a esos chicos, pobrecita —dijo Candy con
una risita—. ¡La verdad es que nunca he conocido a gente así!
—Seguro que en Montana también hay personajes curiosos.
Candy se sacudió el polvo de la falda.
—Claro que sí, pero es gente como el viejo Ben, que se juntaba con Kid Curry y Butch
Cassidy, y que está cumpliendo condena por robar trenes.
Tom le dedicó una sonrisa.
—Eso es más grave que secuestrar a una cocinera.
—No lo sé. He oído que uno de los Hart tiene una serpiente gigante. ¡Me compadezco
de su mujer!
—Tenía una pitón albina, pero cuando se casó con Tessa se la dio a un criador. Suele ir a
visitarla, pero jamás le pediría a Tessa que viviera con ella.
—Eso es muy amable por su parte.
—Cag puede ser muchas cosas, pero no amable —dijo él—. Aunque a su mujer le gusta.
—No me extraña entonces que su mejor amigo sea un reptil.
—Parece que te falta el aire —observó él—. Espero que la paja del establo no fuera
demasiado para ti.
El viento soplaba con mucha fuerza.
Ella lo miró fijamente.
— ¿Y tiene que haber una relación entre eso y mi falta de aliento?
Tom se encogió de hombros.
— ¿Por qué no tomas tu medicina?
— ¿Qué medicina? —preguntó ella, quedándose rígida.
— ¿No tienes asma?
Candy siguió mirándolo con ojos inquietos, aunque él no podía ver su expresión.
—Yo no... tengo asma —respondió al cabo de un minuto.
— ¿No? Hubiera jurado que sí. No puedes dar diez pasos sin descansar. Y eso a tu edad
no es muy normal.
Ella apretó la mandíbula y aferró con fuerza el bolso mientras miraba por la ventanilla.
— ¿No dices nada? —insistió él.
—No hay nada que decir.
Tom habría seguido presionándola, pero ya estaban en la calle principal de Jacobsville, a
sólo una manzana del motel.
—Mi coche de alquiler está en... —empezó ella.
—Voy a por Canijo. El lo traerá hasta aquí y volverá conmigo. ¿Tienes las llaves?
Ella se las tendió con cierto recelo.
—Soy perfectamente capaz de conducir. ¡No me pasa nada!
—Sólo es un favor —aclaró él—. Has tenido un día muy duro. Pensé que estarías
cansada.
—Oh —murmuró ella, ruborizándose ligeramente mientras Tom detenía la camioneta
delante del motel—. Entiendo. Bueno, en ese caso gracias.
Tom salió del vehículo y lo rodeó para ayudarla a bajar de la cabina. Pero ella también
pareció tomarse a mal ese gesto.
Él la miró con el ceño fruncido.
— ¿Se puede saber a qué viene este resentimiento? —le preguntó—. ¿Por qué te cuesta
tanto recibir ayuda de cualquier tipo?
—Puedo bajarme sola —espetó ella.
El se encogió de hombros.
—Lo hago también por un tío abuelo mío —la informó—. No es viejo, pero tiene artritis
y agradece que le echen una mano.
Candy se puso colorada.
— ¡Hace que parezca una feminista radical!
El tono amable con el que se había dirigido a ella había sido engañoso, pues la mirada
que le lanzó fue fría como el hielo.
—La verdad es que resultas tan poco atractiva como una feminista —le dijo con voz
cortante—. Me gusta una mujer que pueda imponer respeto sin que tenga que
comportarse como una arpía o hablarle con desprecio a los hombres. No te gusta que te
abran la puerta ni que se preocupen por tu salud. Magnífico. Puedes estar segura de
que no volveré a olvidarlo —sentenció, tensando la mandíbula—. Mi Anita valía diez
veces más que tú —añadió bruscamente—. Era una mujer enérgica e independiente,
pero nunca tuvo que demostrarle a nadie que podía ser tan dura como un hombre.
—¿Por qué no se casó con ella si era tan maravillosa?
—Murió —respondió él. Era terrible afrontarlo. Respiró hondo y se giró—. Ella murió —volvió a decir, casi para sí mismo, mientras se alejaba hacia la camioneta.
—Señor Kaulitz... —lo llamó ella dubitativamente, consciente de que había tocado una
fibra sensible y sintiéndose un poco avergonzada.
El se volvió y la miró por encima del capó de la camioneta.
—Llamaré al motel por la mañana y pediré que te digan dónde nos encontraremos para
la siguiente parada de la visita. Desde ahora en adelante, podrás conducir tú misma,
señorita Marimacho.
Se subió a la camioneta, cerró la puerta y se alejó, levantando una nube de polvo.
Candy vio cómo se marchaba, sintiendo una lucha de emociones enfrentadas. Era
importante valerse por sí misma, no aceptar la compasión ni los mimos de nadie. Pero
era consciente de que se había pasado, y lo lamentaba. Tom Kaulitz añoraba a su amor
perdido. Debía de haberla querido mucho. Candy se preguntó cómo habría muerto la
misteriosa Anita, y por qué el señor Kaulitz parecía tan atormentado cuando hablaba de
ella.
Entró lentamente en el hotel, sintiendo cada paso que daba. Odiaba su debilidad y la
incapacidad para corregirla. Llegó al mostrador y se obligó a sonreír mientras pedía la
llave.
La recepcionista, una mujer joven y atractiva, le entregó la llave con una sonrisa de
indiferencia y giró, sin mostrar el menor interés hacía la huésped sucia y jadeante que
tenía ante ella.
Candy se rió para sí misma. Aquello suponía todo un contraste con la preocupación
que había mostrado Tom Kaulitz. Se arrepentía de haberle pagado su atención con una
actitud tan odiosa. Pero a lo largo de los años había recibido demasiada compasión y
curiosidad, y muy poco amor.
Cuando entró en la habitación, cerró la puerta y se desplomó sobre la cama, sin ni
siquiera molestarse en quitarse los zapatos. Un minuto más tarde, estaba durmiendo.
Los disparos la despertaron. Se sentó en la cama, temblando y con el corazón en la
garganta. Se llevó una mano al pecho. Se oyeron más disparos. Y más…..
Salió al exterior. No había árboles. Ningún sitio donde ocultarse. Sintió un golpe en el
pecho y se tocó. Vio su mano roja y húmeda por la sangre fresca, seguida por un dolor
horriblemente agudo. No podía respirar...
Se arrojó al suelo y se cubrió la cabeza con las manos. Veía sangre. ¡Sangre por todas
partes! La gente gritaba. Los niños chillaban. Un hombre con un disfraz de payaso
cayó desplomado al tiempo que soltaba un alarido desgarrador. Junto a ella vio a su
padre doblándose por la cintura y cayendo con los ojos cerrados, cerrados para
siempre...
No fue consciente de que estaba llorando hasta que el despertador de la mesilla sacudió
sus sentidos adormecidos. Abrió los ojos. Estaba tendida sobre la moqueta, acurrucada
como una niña asustada. Aspiró con fuerza, desesperada por llenarse los pulmones de
aire. Consiguió sentarse en el suelo y palpó el despertador a ciegas hasta encontrar el
botón que desconectaba la alarma. Estaba empapada de sudor, temblando, muerta de
miedo. Después de tantos años, las pesadillas continuaban Se estremeció violentamente
y se tumbó de espaldas en la cama, con los ojos abiertos y el pecho palpitándole
frenéticamente.
La pesadilla era una vieja compañera. Por suerte, no había tantos maníacos sueltos
como para que su herida fuera común. Pero para un cierto tipo de persona, que quería
hacerle revivir aquel horror, la idea de revivir el trauma resultaba tentadora. No podía
soportar la menor referencia a su falta de aliento, por culpa de los malos recuerdos
sobre los medios de comunicación, que tanto la habían acosado a ella y a los otros
sobrevivientes de aquella tragedia que se cobró tantas vidas inocentes aquel soleado día
de primavera, diez años atrás.
Enterró el rostro en las manos y deseó poder apretar la cabeza lo bastante fuerte para
exprimir el recuerdo para siempre. Su madre se había refugiado en una fría coraza de
independencia tras el funeral de su marido. Obligada a asumir el control rancho o
abandonarlo todo, se convirtió en una mujer de negocios. Odiaba el ganado, pero le
gustaba el dinero que ganaba para ella. Candy no era más que un recordatorio de su
terrible tragedia. Había amado a su marido más que a nadie en el mundo, y de alguna
manera culpaba a Candy de su pérdida. La distancia entre madre e hija se hizo
insalvable, sin ninguna esperanza de acercamiento. A Candy sólo la salvaba su trabajo,
ya que le permitía salir de Montana, lejos de una madre que apenas la toleraba.
Le gustaba su trabajo como publicista del sector ganadero. A diferencia de su madre, le
encantaba el ganado y todo lo relacionado con ello. Le habría gustado vivir en el
rancho, pero Hilda no soportaba verla ni hacía el menor intento por disimular su
desprecio. Era mejor para las dos que Candy no volviera a casa.
Se apartó el pelo húmedo de la cara e intentó penar en la aventura del día siguiente.
Irían a ver a un ranchero llamado Cy Parks, quien, según la opinión general, era el
ranchero más huraño de Jacobsville. Un hombre sin el menor tacto ni tolerancia hacia
los forasteros y con más dinero del podría gastar en su vida. Candy estaba
acostumbrada a los hombres difíciles, de modo que aquél no sería más que otro apunte
en su informe. Pero lo que verdaderamente le angustiaba era el comportamiento tan
poco amistoso que había tenido con Tom Kaulitz, quién únicamente se había limitado a
preocuparse por ella. Tal vez debería hablarle de su pasado y seguir a partir de ahí.
Parecía un buen hombre. Tenía cerebro y sentido del humor, aunque Candy se
preguntaba por qué no usaría su inteligencia para algo más que un comedero de
ganado. Si se lo propusiera, podría trabajar por su cuenta y montar su propio negocio.
Apoyó la cabeza en la almohada empapada con una mueca de dolor. Sólo quedaban
unas horas para el amanecer. Tenía píldoras para dormir, pero jamás las había tomado.
Odiaba la mera idea de cualquier tipo de adicción. No bebía ni fumaba, y nunca había
estado enamorada. Era algo que exigía demasiada confianza.
Una mirada al despertador le confirmó que tenía cuatro horas por delante para
contemplar el techo o para intentar dormir. Dejó escapar un suspiro y cerró los ojos.
Tom Kaulitz, fiel a su palabra, llamó al motel y dejó un mensaje para Candy con las
direcciones para llegar al rancho de Parks, asegurándole que él estaría allí cuando ella
llegara.
Candy temía el encuentro, después del modo en que se había comportado. Seguramente
Tom había pensado lo peor de ella el día anterior. Ojalá pudiera reparar el daño.
Condujo hasta el enorme rancho de madera. El entorno estaba en muy buen estado de
conservación, las cercas pintadas de blanco, los establos pulcros y limpios, un inmenso
granero en la parte atrás con un pasto vallado a cada lado, y un camino de entrada
pavimentado y flanqueado por árbo1es, flores y arbustos. O bien el señor Parks había
heredado aquella propiedad o bien le gustaban mucho las flores.
Lo vio salir al porche para recibirla, acompañado de Tom. Su expresión era seria e
intimidatoria. Candy supo nada más verlo que sus experiencias previas con hombres de
difícil trato no le servirían de nada con aquel tigre.
—Cy Parks, Candace Marshall —los presentó Tom con voz cortante—. La señorita
Marshall está entrevistando a los rancheros de la región para una campaña publicitaria
sobre las nuevas técnicas con el ganado.
—Una gran idea —dijo Cy, pero la sonrisa que le dedicó era fría y forzada—. Los
defensores de los animales se valdrán de ello para sus protestas y el lobby anticarne
exigirá un espacio similar para presentar sus alegaciones.
Candy levantó las cejas ante aquel ataque frontal.
—Estamos intentando promocionar nuevos métodos —replicó—. No iniciar una guerra
de comida.
—La guerra ya se ha iniciado, ¿o es que no ve televisión? —le preguntó Cy fríamente.
Candy dejó escapar el aliento.
—Bueno —repuso—, podríamos limitarnos a hacer una sentada voluntaria en la
autopista y dejar que el otro bando nos arrolle.
La boca de Cy se torció en una sonrisa desdeñosa, pero la expresión de sus ojos verdes
seguía siendo gélida, y su rostro enjuto parecía más curtido que el cuero. Era de la
misma estatura que Tom, pero más delgado. Tenía la complexión de un jinete de rodeo,
con sus pies grandes y su boca de cruel aspecto. Se metió la mano izquierda en el
bolsillo, pero con la derecha hizo un gesto hacia el pasto más cercano.
—Si quiere ver mi toro nuevo, está por ahí —dijo. Bajó lentamente los escalones y echó
a andar hacia la zona vallada—.Ya ha ganado varios concursos.
Candy contempló por encima de la valla el enorme animal de reluciente pelaje rojizo.
Era imponente, incluso para ser un toro.
— ¿No tiene nada que decir? —preguntó Cy.
Ella negó con la cabeza.
—Me he quedado sin palabras... Es precioso.
Cy emitió un sonido áspero y gutural, pero no le discutió la más que dudosa descripción.
— Pensaba que tal vez quisieras hablarnos de tus métodos para el control de plagas...
llamémoslos poco ortodoxos —dijo Tom.
Cy frunció el ceño bajo su sombrero de ala ancha
— No me gustan los pesticidas —declaró—. Contaminan el agua subterránea. Yo uso
insectos.
— ¿Insectos? —repitió Candy. Había oído hablar ese método, y empezó a citar un
artículo que había leído recientemente sobre el empleo de insectos para controlar las
plagas en los cultivos.
—Fue precisamente ese artículo el que me dio la idea—replicó Cy, impresionado—. Pensé
que valía la pena intentarlo, y que nada podría ser peor que los venenos que estábamos
usando. Me quedé muy gratamentente sorprendido por los resultados. Ahora también
uso abonos orgánicos —asintió hacia las terneras que pastaban a lo lejos, a una distancia
segura del toro—. Es una lástima desperdiciar todos esos subproductos de mi manada
de pura sangre—añadió, chasqueando con la lengua—. Sobre todo si tenemos en
cuenta lo que se gasta la gente de ciudad en comprarlos.
Candy se echó a reír. Su risa era ligera y cantarina y Tom se sorprendió a sí mismo
mirándola.
Se estaba riendo con el hombre más antipático de toda la región……
Cy, no sonrió, pero sus ojos verdes se iluminaron.
—Debería sonreír más —le dijo a Candy.
Ella se encogió de hombros.
—Todos deberíamos hacerlo.
El inclinó la cabeza hacia ella.
—Hace algunas semanas vi a su madre en una convención. Se ha vuelto de hielo,
¿verdad?
El rostro de Candy se descompuso en una mueca de perplejidad.
—Bueno, sí, supongo...
—No me extraña —siguió él, mirándola fijamente a los ojos—. Pero usted no debe
culparse.
—Todo el mundo dice eso —replicó ella, demasiado consciente del intenso escrutinio de
Tom.
—Debería escuchar lo que dice la gente —la reprendió Cy.
Ella asintió.
—Y volviendo hablar de este toro... —empezó, cambiando rápidamente de tema.
Cy se pasó varios minutos hablando sin parar de su tema favorito, lo cual no dejaba de
ser extraño en un hombre taciturno como él. Se explayó en los detalles del apareamiento
y la cría, hasta que Candy tuvo toda la información que necesitaba, y entonces procedió
a enseñarle el resto del recinto.
Candy estuvo lista para marcharse poco antes que Tom. Le estrechó la mano a Cy,
asintió con cautela hacia Tom, se subió a su coche de alquiler y condujo de vuelta a su
motel.
Tom no tenía tanta prisa. Permaneció unos momentos junto a su camioneta y se giró
hacia Cy.
— ¿Qué le ha pasado?
—Pregúntaselo a ella —dijo Cy con su antipatía habitual.
—Sacaría más si le preguntara al coche que está conduciendo.
Cy se encogió de hombros.
—No creo que sea ningún secreto. Hace nueve años, su padre la llevó a comer a un
establecimiento de comida rápida. Ya sabes, papá y su pequeña compartiendo una
comida y hablando. Aquel día el encargado había despedido a un empleado por beber
en el trabajo. El tipo también se drogaba, pero el encargado no sabía nada de eso. Y allí
estaba todo el mundo, hablando y esperando los pedidos, incluidos Candy y su padre,
cuando este tipo entró en el local con un rifle de asalto AK47 y empezó a disparar.
Tom ahogó un gemido.
— ¿Alcanzó a Candy?
Cy asintió seriamente.
— En el pecho. Le destrozó uno de los pulmones y a punto estuvo de matarla. Tuvieron
que extirparle el pulmón. Su padre no tuvo tanta suerte. Recibió una descarga en el
rostro y murió al instante. Dicen que su madre nunca dejó de culparla por lo sucedido.
Fue idea de Candy ir a comer allí.
—Y su madre asumió que si Candy no hubiera querido ir, su padre aún seguiría vivo.
—Exacto —afirmó Cy, mirando la nube de polvo que el coche de Candy levantaba en la
distancia— Dicen que Candy se muestra muy susceptible con este tema. Los medios de
comunicación empezaron a acosarlas a su madre y a ella justo después del tiroteo.
Incluso hoy día está el periodista de turno que quiere revivir la historia. Su madre demandó
a uno de ellos por entrar sin permiso en el rancho y ganó el juicio —sacudió la
cabeza—. He oído que Candy y su madre apenas se hablan. Por lo visto, Candy ha
decidido que si su madre no quiere tenerla cerca, ella respetará sus deseos.
— ¿Cómo es su madre?
Cy hizo un mohín con los labios.
—Es el tipo de mujer a la que no podrías imaginarte casándose con alguien. Casi todos
los hombres la evitan. No tiene pelos en la lengua, y su mente es afilada como un
cuchillo. No se parece en nada a Candy —añadió pensativamente—. Candy puede ser
muy directa, pero por dentro es de mantequilla.
Tom frunció el ceño.
— ¿Cómo lo sabes?
—Reconozco a una sufridora cuando la veo ——dijo Cy, y sacó su mano izquierda del
bolsillo.
Tom frunció aún más el entrecejo al verla. La mano no estaba mutilada, pero había
sufrido graves quemaduras. La piel estaba manchada y tensa.
— ¿Nunca te ha dicho nadie que mi rancho de Wyoming ardió hasta los cimientos? —le
preguntó al hombre—. ¿Con mi mujer y mi hijo dentro?
A Tom se le revolvió el estómago. Cy volvió a meterse la mano en el bolsillo y miró a
Tom con ojos inexpresivos.
—Hicieron falta tres vecinos para sacarme a rastras de la casa. Se sentaron sobre mí
hasta que llegaron los bomberos, pero ya era demasiado tarde. Aquel día estaba
ordenando los papeles de mi despacho cuando se desató una tormenta. El fuego
empezó en el otro extremo de la casa, donde ellos dormían. Más tarde dijeron que lo
había causado un rayo —perdió la vista en el vacío—. Mi hijo tenía cinco años... —se
detuvo y se dio la vuelta, respirando profundamente hasta que la voz dejó de
temblarle—. Abandoné Wyoming. No podía soportar los recuerdos. Pensé en empezar
de nuevo aquí. El dinero no era ningún problema. Siempre había tenido de sobra. Pero
el tiempo no cura las heridas. ¡Maldita sea...!
Tom podía percibir y comprender el dolor de Cy.
—Una tarde estaba volando con mi novia sobre el condado —le confesó—. Se me ocurrió
que podría impresionarla rizando el rizo, pero... la avioneta se estrelló en los árboles y
quedo suspendida de las ramas con la puerta del copiloto hacia el suelo. Al recuperar el
sentido vi a Anita colgando del asiento, a quince metros del suelo —su expresión se
nubló—. Gritaba y me suplicaba que no la dejara caer. Alargué un brazo hacia ella y ella
se soltó de una mano para intentar agarrarme... y entonces cayó —cerró los ojos—. Aún
me sigo despertando por las noches, viendo su rostro desfigurado por el terror, y oigo
su voz llamándome...—volvió a abrir los ojos y respiró hondamente—. Se lo que es vivir marcado
por el dolor. Lo he vivido durante tres años. Y no consigo superarlo.
—Lo siento —dijo Cy con una mueca de dolor.
—Y yo lo siento por ti. Pero eso no ayuda, ¿verdad? —le preguntó con una gélida
carcajada. Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo, antes de volver a
ponérselo—. Bueno, voy en busca de esa publicista y seguiremos con las visitas.
—Claro.
Tom levantó una mano y se subió a la camioneta. No había nada más que decir. Pero la
compasión aliviaba un poco las cosas. Sólo un poco...


HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITULO DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

jueves, 28 de julio de 2016



UNO
Era un fresco día de otoño y el ganado llenaba el comedero. Un buen número de
aquellos bueyes ya estaban asignados a varios restaurantes y locales de comida rápida,
pero durante esas últimas semanas antes de ser enviados al norte, los vaqueros que
trabajaban para Ballenger Brothers en Jacobsville, Texas, eran explotados hasta el límite
de sus fuerzas. Tom Kaulitz odiaba su trabajo cuando la presión era tan frenética. Lo
odiaba tanto que casi deseaba volver a volar.
Se echó hacia atrás el sombrero y maldijo el ganado, el comedero, la gente que comía
carne y la gente que la compraba. No era un hombre guapo, pero gustaba mucho a las
mujeres. Tenía treinta años, un cuerpo alto y desgarbado, unos ojos ambar y un pasado
traumático que las aventuras ocasionales apenas podían aliviar. Pero ahora las mujeres
no se contaban entre sus prioridades. Había demasiado que hacer en el comedero, y él
era el responsable de mezclar los granos y nutrientes necesarios para engordar el
ganado. De vez en cuando disfrutaba de su trabajo, pero últimamente todo lo sacaba de
quicio. Un encuentro por casualidad con un viejo conocido unos meses antes había
sacado a la superficie los malos recuerdos y lo había impulsado a beber.
—Por esta miseria de sueldo más me valdría irme a la playa de raquero! —se quejó en
voz alta.
—Concéntrate en esa cinta transportadora y da gracias a Dios de que no tengas que
bajar ahí abajo para vacunar a esas bestias —dijo una voz con marcado acento sureño
tras él.
Tom miró por encima del hombro a Justin Ballenger y sonrió.
—No estará insinuando que las cosas se pueden poner peor por aquí, ¿verdad?
Justin se metió las manos en los bolsillos y se echó a reír.
—Eso parece. Ven aquí. Quiero hablar contigo.
El gran jefe rara vez salía a hablar con los trabajadores, por lo que aquella ocasión
resultaba cuanto menos curiosa. Tom acabó de colocar el pienso en la cinta
transportadora y se acercó a uno de los dos propietarios del comedero.
— ¿Qué puedo hacer por usted, jefe? —le preguntó amablemente.
—Puedes dejar de emborracharte los fines de semana —respondió Justin, muy serio.
Los pómulos marcados de Tom se cubrieron de un ligero rubor.
—No sabía que se hubiera corrido tanto la voz —murmuró, desviando la mirada hacia
el ganado.
—No puedes cortarte las uñas de los pies en Jacobsville sin que alguien se entere —
replicó Justin—. Hace tiempo que vas cuesta abajo, pero últimamente vas por muy mal
camino, hijo —añadió con voz profunda y tranquila—. No me gustaría ver cómo te
sigues hundiendo.
Tom apretó la mandíbula sin mirar a su jefe.
—Es mi camino. Tengo que andarlo.
—No, de eso nada —dijo Justin secamente—. Llevas tres años trabajando aquí. Nunca te
he preguntado por tu pasado y no voy a hacerlo ahora. Pero odio ver a un buen hombre
echándose a perder. Tienes que olvidar el pasado.
Tom lo miró entonces a los ojos. Los dos tenían la misma estatura, pero Justin era más
viejo y robusto. No era un hombre con el que Tom quisiera luchar.
—No puedo olvidarlo —dijo—. Usted no lo entiende.
—No, no te entiendo —concedió Justin—. Pero ni los lamentos ni los excesos podrán
cambiar lo que te ocurrió.
Tom respiró hondo y miró hacia el horizonte. No dijo nada, porque si daba rienda suelta
a su ira, Justin lo despediría. Y, por mucho que odiara su trabajo, no podía permitirse
perderlo.
—Rob Hartford se instaló en Victoria y viene a verme a menudo —dijo finalmente—.
Estaba allí... cuando sucedió. El no lo sabe, pero despertó los recuerdos.
—Díselo. Las personas no pueden leer la mente.
Tom suspiró y miró a Justin con sus ojos color ambar.
—Sería un golpe muy duro para él.
—Lo sería aún más si acabas en la cárcel. Lo único bueno es que ahora tienes el
suficiente sentido común como para no conducir en ese estado.
—Lo único bueno —repitió Tom con voz cansina—. De acuerdo, jefe. Haré lo que
pueda.
Volvió a desviar la mirada hacia el horizonte y lo mismo hizo Justin.
—El invierno está próximo —murmuró—. Apenas tendremos tiempo para enviar estos
bueyes antes de que tengamos que comprar más pienso.
—Sólo los locos se atreven a cebar el ganado —comentó Tom, aliviando la tensión.
—Eso dicen —corroboró Justin con una débil sonrisa.
Tom se encogió de hombros.
—Intentaré mantenerme alejado del bar.
—Es una estupidez gastarse el sueldo en bebida cada fin de semana —declaró el otro—.
No importa cuál sea la razón. Pero no he venido para hablar contigo de eso.
Tom frunció el ceño.
— ¿Entonces para qué?
—Mañana vendrá a visitarnos una publicista de Denver. Se dedica al sector ganadero, y
quiere visitar algunos ranchos de la región para hacerse una idea de los métodos que
estamos empleando.
— ¿Por qué? —preguntó Tom cortantemente.
—La asociación de ganaderos, de la que Evan Tremayne acaba de ser elegido
presidente, quiere relanzar la imagen del sector. Últimamente no ha tenido muy buena
prensa, debido a la contaminación bacteriológica y a algunos ganaderos renegados y
sus prácticas. Nosotros no seguimos esos métodos y queremos dejarlo bien claro a los
consumidores de carne vacuna. A Evan también se le ha ocurrido comercializar carne
magra para una clientela específica.
—Creía que Evan estaba demasiado ocupado con su mujer como para preocuparse de
los negocios —murmuró Tom.
—Oh, Anna le está haciendo todo el papeleo —respondió Justin—. Son inseparables,
dentro y fuera de los negocios. En cualquier caso, esta publicista llega mañana y los
Tremayne están fuera de la ciudad. Ted Regan y su mujer están en una convención en
Utah, y Calhoun y yo estaremos ocupados con un comprador. Eres el único vaquero
que tenemos que sepa tanto del sector como nosotros, especialmente en todo lo
relacionado con los comederos. Te hemos elegido para que seas su guía.
— ¿Yo? —masculló Tom. Masculló por lo bajo y miró furioso a su jefe—. ¿Qué pasa con
los Hart? Son cuatro hermanos en el rancho.
—Dos —corrigió Justin—. Cag está en su luna de miel, y Corrigan ha ido con su mujer,
Dorie, a visitar a Simon y Tira en San Antonio. Acaban de tener su primer hijo —añadió,
riendo—.y no me gustaría endosarle a la publicista a los dos solteros. No sabemos si
sabrá hacer galletas, pero Leo y Ray están tan desesperados que no creo que les
importe.
Tom se limitó a asentir. El gusto de los Hart por las galletas era legendario en el pueblo.
Lástima que ninguno de ellos supiera cocinar.
—De modo que tú has sido el elegido.
—Lo mío es el rodeo, no los ranchos —señaló Tom.
—Sí, lo sé —dijo Justin, mirándolo fijamente—. He oído que ibas en avión a todas las
competiciones y que pilotabas tú mismo.
—Yo nunca hablo de eso —espetó Tom con una mirada fulminante.
—Sí, eso también lo he oído —dijo Justin, alzando las manos—. Bueno, sólo quería que
supieras que mañana no estarás aquí, así que ocúpate en delegar las tareas que necesites
antes de mañana.
—De acuerdo —aceptó Tom con un suspiro—. Supongo que no podrás hacerlo tú... o
Calhoun.
—Lo siento. Shelby y yo tenemos que ir al colegio por la mañana. Nuestro hijo mayor
actúa en la obra de Acción de Gracias —sonrió—. Hace de mazorca de maíz.
Guy no dijo nada, pero los ojos le brillaban y el labio inferior le temblaba.
—Haces bien en mantener la boca cerrada, Kaulitz —añadió Justin con una sonrisa
maliciosa—. He oído que les falta un pavo. Sería una pena que tuvieras que ofrecerte
voluntario para ese papel en vez de enseñarle el rancho a la publicista.
Se alejó y Tom pudo soltar la carcajada que había estado reprimiendo. A veces su
trabajo dejaba de importarle.
Volvió al barracón al acabar el trabajo. Estaba vacío, salvo por un joven universitario de
Boffings llamado Richard, que estaba tendido en un catre leyendo a Shakespeare y que
levantó la mirada del libro cuando Tom entró.
—El cocinero se ha mareado, así que han ido a buscar la cena a la casa —le dijo
Richard—. Sólo estamos usted y yo esta noche. Los otros se han ido a una fiesta en el
pueblo.
—Malditos tontos con suerte —murmuró Tom. Se quitó el sombrero y se tendió en su
litera con un débil suspiro—. Odio el ganado.
Richard, a quien los otros vaqueros llamaban «Canijo», se echó a reír. Se relajaba mucho
más cuando Tom y él eran los únicos que compartían el barracón. A algunos de los
vaqueros más viejos, casi todos analfabetos, les gustaba burlarse de él y de su afición
por los estudios.
—Puede que el ganado huela mal, pero al menos sirve para pagar mi matrícula —
comentó Canijo.
— ¿Cuántos años tienes que ir a la universidad? —le preguntó Tom con curiosidad.
El joven se encogió de hombros.
—Normalmente son dos. Pero el único modo que tengo de costearme los estudios es ir a
clase durante un semestre y trabajar el otro, de modo que me llevará cuatro años sólo
graduarme.
— ¿No puedes conseguir una beca?
Canijo negó con la cabeza.
—Mis notas no son lo bastante buenas como para aspirar a una beca importante, y mis
padres ganan demasiado dinero como para que yo pueda recibir ayuda económica.
—Tiene que haber un modo —dijo Tom, entornando la mirada—. ¿Has hablado con el
departamento financiero de tu universidad?
—Lo he pensado, pero un compañero me dijo que no perdiera el tiempo.
—¿Cuál es tu especialidad?
—Medicina —respondió Canijo con una sonrisa—. Me queda un largo camino por
delante, incluso después de obtener el título.
Tom no sonrió.
—Se me ocurren algunas ideas. Déjame que las piense con calma.
—Usted ya tiene bastantes problemas, señor Kaulitz—dijo el joven—. No tiene que
preocuparse por mí además.
— ¿Qué te hace pensar que tengo problemas?
Canijo cerró el libro de literatura que tenía en las manos.
—Todos los fines de semana sale a beber. Nadie bebe tanto sólo por distracción, y
menos un hombre tan serio y responsable como es usted el resto de la semana. Nunca
elude sus responsabilidades ni delega tareas en nadie, y siempre está sobrio cuando
trabaja —sonrió tímidamente—. Supongo que tuvo que pasarle algo muy grave.
La expresión de Tom se tomó fría y distante.
—Sí. Muy grave —murmuró. Se puso boca arriba y se cubrió los ojos con el sombrero—.
Ojalá tu rango fuera superior al mío, Canijo.
— ¿Por qué?
—Porque así serías tú y no yo quien tuviera que aguantar mañana a la publicista.
—He oído hablar de ella al señor Ballenger. Dice que es muy guapa.
—A mí no me ha dicho eso.
—Tal vez quiere que sea una sorpresa.
Tom se echó a reír.
—Pues menuda sorpresa. Esa mujer se desmayará en cuando huela el comedero.
—Bueno, nunca se sabe —murmuró Canijo, pasando las páginas del libro—. Dios...
cómo odio a Shakespeare.
—Paleto.
—Usted también lo odiaría, si tuviera que hacer un curso de literatura medieval.
—Hice dos, gracias. Ambos con sobresaliente.
Canijo permaneció callado un minuto.
— ¿Fue a la universidad?
—Sí.
— ¿Se licenció?
—Sí.
— ¿En qué rama?
—En qué especialidad —corrigió Tom.
—De acuerdo, ¿en qué especialidad?
—En Física —respondió él, sin mencionar que su título superior era en ingeniería
aeronáutica y su subespecialidad era la Química.
Canijo soltó un silbido.
— ¿Y está trabajando en un rancho de ganado?
—En su día me pareció una buena idea. Y ciertamente es una ocupación física —añadió.
Canijo soltó una carcajada.
—Me está tomando el pelo, ¿verdad?
Tom sonrió bajo el sombrero.
—Posiblemente. Vuelve a tus estudios, hijo. Yo necesito descansar.
—Sí, señor.
Tom permaneció despierto hasta bien entrada la madrugada, pensando en la
universidad. De joven había sido igual que Canijo, lleno de sueños e ilusiones. La
aviación había sido el amor de su vida hasta que Anita se cruzó en su camino. E incluso
entonces ella fue parte del sueño, porque también a ella le encantaban los aviones. Lo
animaba con entusiasmo, se deshacía en elogios con sus diseños y lo calmaba cuando el
resultado no era el esperado. Nunca le permitió que renunciara a su sueño ni se quejó
de las largas horas que pasaba lejos de ella. Siempre estaba ahí, esperando, como un
ángel de pelo oscuro.
El le había dado el anillo justo antes de que subieran a un avión.., por última vez.
Siempre revisaba meticulosamente cada detalle del aparato. Pero en aquella ocasión
estaba más pendiente de Anita que del motor. La pequeña avería podría haberse
reparado si se hubiera detectado a tiempo. Pero no fue así. El avión cayó sobre los
árboles y quedó suspendido de las ramas. Podrían haber salido con tan sólo unas
magulladuras, pero Anita fue lanzada contra la puerta del pasajero que, aflojada por el
impacto, se abrió al recibir su peso. Tom aún la veía en sus pesadillas, colgando a quince
metros del suelo, mirándolo con ojos desorbitados de terror mientras gritaba su
nombre, sin nada que frenara su caída salvo la dura tierra del bosque...
Se irguió a medias en la litera, sudando y respirando con dificultad. Canijo dormía
plácidamente. Ojalá él pudiera hacer lo mismo. Apoyó la cabeza en las manos y soltó un
débil gemido. Tres años era tiempo suficiente para el lamento, había dicho Justin. Pero
Justin no lo comprendía. Nadie lo comprendía. Sólo él.
A la mañana siguiente entró medio dormido en el comedero, vestido con unos vaqueros
azules, una camisa blanquiazul de franela y su chaqueta de piel de borrego. Llevaba su
sombrero Stetson beige de ala ancha, desgastado y manchado por los años de duro
trabajo. Tampoco sus botas ofrecían mucho mejor aspecto. Sólo tenía treinta años, pero
se sentía como si tuviera sesenta, y se preguntaba si ofrecería un aspecto tan viejo.
Oyó voces que salían del despacho de Justin cuando él entró en la sala de espera del
comedero. Fay, la bonita y menuda esposa de J. D. Langley, le sonrió y le hizo un gesto
para que pasara. Técnicamente era la secretaria de Calhoun Ballenger, pero aquel día se
ocupaba también de sustituir a la otra secretaria.
Tom le devolvió la sonrisa mientras se llevaba una mano al sombrero y entró en el
despacho. Justin se levantó, y también lo hizo la pequeña mujer morena que lo
acompañaba. Tenía los ojos marrones más grandes y vulnerables que Tom había visto
en un ser humano. Unos ojos que parecían atravesarlo hasta el corazón.
—Te presento a Candace Marshall, Tom —dijo Justin—. Es una publicista autónoma
que trabaja principalmente para el sector ganadero. Candy, este es Tom Kaulitz. Es el
encargado del comedero.
Tom se tocó el ala del sombrero, pero no se lo quitó ni sonrió. Aquellos ojos marrones le
hacían daño. Eran unos ojos como los de Anita, cálidos, suaves y llenos de afecto. Tom
podía verlos en sus pesadillas mientras ella gritaba pidiéndole ayuda...
—Encantada de conocerlo, señor Kaulitz —dijo Candy muy seriamente, ofreciéndole
una mano.
Tom la estrechó débilmente, sin entusiasmo, y se apresuró a meterse las manos en los
bolsillos.
—Tom va a enseñarle los ranchos de la zona antes de mostrarle el comedero —siguió
Justin. Sacó dos hojas mecanografiadas y le tendió una a cada uno—. Fay ha preparado
estas listas. Incluyen un mapa, por si no reconoce dónde están los ranchos. Los
rancheros locales contratan nuestros servicios para cebar a sus erales y becerros —le
explicó a Candy—. También tenemos un consorcio con Mesa Blanco, para la que trabaja
J. D. Langley, el marido de Fay. Cualquier detalle que necesite sobre la administración o
los costes, Tom podrá facilitárselo. Lleva tres años con nosotros y está a cargo de los
programas de alimentación, que son sumamente científicos.
— ¿Científicos? —preguntó Candy, observando a Tom con renovado interés.
—Se licenció en Química —añadió Justin—. Justo lo que necesitamos para preparar los
concentrados y las mezclas según las proporciones de peso y obtener el mayor
beneficio.
Candy le sonrió suavemente a Justin y se apartó un mechón que se había soltado del
recogido francés que llevaba en la nuca.
—Mi padre era ganadero, de modo que entiendo un poco de este negocio. De hecho, mi
madre dirige uno de los mayores ranchos de Montana.
— ¿En serio? —preguntó Justin, impresionado.
—Ella y J. D. Langley y los Tremayne se confabulan contra los demás ganaderos en las
convenciones —continuó ella—. Son bastante radicales.
—No me lo recuerde —gimió Justin—. Nada de aditivos, ni hormonas, ni antibióticos ni
pesticidas, ni herbicidas...
—Conoce a J. D. —exclamó Candy, riendo. Tom se esforzaba por no fijarse en su
parecido con Anita. Estaba muy guapa cuando sonreía.
—Todo el mundo conoce a J. D. por aquí —respondió Justin con un exagerado suspiro,
y miró la hora en su Rolex—. Bueno, tengo que irme. Os dejo para que os pongáis
manos a la obra.
Candy estaba examinando rápidamente la lista.
—Señor Ballenger, ¡es imposible que veamos todos estos ranchos en un solo día!
—Lo sé. Hará falta una semana, por lo menos. Nos hemos tomado la libertad de alojarla
en nuestro mejor motel. La asociación de ganaderos correrá con todos los gastos, así que
no vaya a escatimar en comida —explicó. Se fijó en la extrema delgadez de Candy y
frunció el ceño—. ¿Se encuentra bien?
Ella se enderezó y sonrió deliberadamente.
—He tenido gripe. Y es muy duro recuperar las fuerzas.
—Sí que lo es. Pero aún es muy pronto para la gripe.
Ella asintió
— ¿Verdad que sí?
Justin dudó y se encogió de hombros.
—Sea como sea, tómeselo con calma. Tom, si no te importa, compruébalo todo con
Harry cada mañana y dale las instrucciones pertinentes. Ya sé que tienen sus labores
asignadas para la semana que viene, pero hazlo de todas formas.
—Claro, jefe —dijo Tom perezosamente—. Bueno, señorita Marshall, ¿nos vamos?
—Por supuesto respondió ella. Se dirigió hacia su coche de alquiler, pero entonces vio
a Tom alejarse en la dirección contraria—. ¿Señor... Kaulitz? — lo llamó, teniendo que
detenerse para recordar su nombre.
El se volvió, con las manos aún en los bolsillos.
—Por aquí —dijo—. Iremos en uno de los camiones. No podrá atravesar los pastos de
Bill Gately con ese coche sin romper el eje.
—Oh... —murmuró ella. Miró el coche y luego la camioneta negra con el logo rojo de
Ballenger en la puerta—. Entiendo —añadió, y fue lentamente hacia la camioneta. Llegó
un poco jadeante y se encaramó al escalón, mostrando una pierna bonita y esbelta
cuando la falda se le desplazó hacia arriba. Agarró el asidero y se aupó a la cabina con
un gemido ahogado.
—No está en muy buena forma —dijo él—. ¿Bronquitis?
Ella dudó un momento antes de responder.
—Sí. Por la gripe.
—Intentaré mantenerla lejos del polvo durante la visita —dijo él, cerrando la puerta tras
ella.
Candy se sentó y tuvo que aguantar la respiración antes de poder abrocharse el
cinturón. Mientras tanto, Tom se sentó al volante, sujetándolo con una mano
enguantada, mientras observaba su piel pálida y sus mejillas enrojecidas. La mujer no
tenía buen aspecto.
—He madrugado demasiado —dijo finalmente, apartándose un mechón suelto—. Estoy
bien. De verdad —insistió con una sonrisa forzada mientras suavizaba la expresión de
sus grandes ojos marrones.
Tom estuvo a punto de soltar un gemido. Los recuerdos le traspasaron el corazón y lo
dejaron sin aire. Rápidamente giró la llave en el contacto y puso el vehículo en marcha.
—Agárrese —le dijo secamente—. Ha llovido mucho y los caminos están en muy mal
estado.
— ¿Embarrados?
—Algunos embarrados. Otros completamente anegados.
—Las inundaciones invernales —murmuró ella.
—El Niño —dijo él—. Ha causado estragos en la Costa Oeste, la Costa Este y todo lo
que había por medio. No creo haber visto tanta lluvia en Texas en toda mi vida.
— ¿Nació usted aquí?
—Me mudé aquí hace tres años.
—Entonces no es texano —dijo ella, asintiendo.
El giró la cabeza para mirarla.
—No he dicho que no naciera en Texas. Sólo he dicho que no soy de Jacobsville.
—Lo siento.
El devolvió la mirada al camino, con la mandíbula tensa.
—No tiene por qué disculparse.
Ella respiraba con dificultad, como si no pudiera llenarse los pulmones de aire. Apoyó
la cabeza contra el asiento y cerró los ojos durante un minuto. Sus cejas se juntaron en
una mueca de dolor.
Tom frenó y ella abrió los ojos con un sobresalto.
—Está enferma —dijo él.
—No, no lo estoy —protestó ella—.Ya se lo he dicho. Aún estoy débil por la gripe, pero
puedo hacer mi trabajo, señor Kaulitz. Por favor, no... no se preocupe —añadió, muy
rígida. Giró la cabeza y perdió la mirada en el triste paisaje otoñal.
Tom frunció el ceño y siguió avanzando por la accidentada pista que conducía a la
carretera principal. Aquella mujer se mostraba muy susceptible cuando hablaba de su
salud, y era obvio que ocultaba algo. Ojalá pudiera averiguar de qué se trataba.
El primer rancho de la lista pertenecía al viejo Bill Gately, en el camino de Victoria. No
era el más interesante de los ranchos de Jacobsville, explicó Tom cuando llegaron.
—Bill no ha cambiado con el paso del tiempo —dijo, con la vista fija en el camino—.
Creció en los treinta, cuando aún se seguían empleando en los ranchos los métodos
tradicionales. No le gusta alimentar al ganado con ningún complemento, pero acabó
cediendo cuando conseguimos demostrarle las diferencias en el peso —desvió la mirada
hacia ella y sonrió irónicamente—. Eso no quiere decir que se haya vendido. Y me temo
que va a tener problemas con usted.
Candy se echó a reír.
—Supongo que las mujeres no pertenecemos a la industria ganadera. ¿Cómo puede
estar tan ciega la asociación de ganaderos para encargarle la publicidad a una mujer? Y
en cualquier caso, ¿por qué necesitan publicidad cuando a todo el mundo le gusta la
carne?
—Muy cierto —dijo él—. Bill le sacará esos mismos argumentos y algunos más. Tiene
setenta y cinco años y puede darle mil vueltas a muchos de nuestros vaqueros —volvió
a mirarla—. Creemos que conoció personalmente a Gustav Mix.
—Estoy impresionada —dijo ella.
— ¿Sabe quién es Gustav Mix?
Ella volvió a reírse.
— ¿No lo sabe todo el mundo? Era una estrella del cine mudo. Tengo varias de sus
películas —dijo, encogiéndose de hombros. No me gustan mucho las películas
modernas, a excepción de algunas protagonizadas por John Wayne.
Tom giró bruscamente y cambió de marcha mientras bajaban por lo que parecía una
cañada mojada.
— ¿Ve lo que le decía de estos caminos? —preguntó mientras la camioneta se
enderezaba al pie del barranco.
—Sí, lo veo —corroboró ella, intentando recuperar la respiración—. ¿Qué clase de
vehículo conduce el señor Gately?
—Ninguno —respondió él—.Va a caballo a donde tenga que ir, y si necesita provisiones
o suministros, hace que alguien se los traiga —sonrió—. La tienda del pueblo tiene un
todoterreno. De lo contrario, el viejo Bill se moriría de hambre.
— ¡Estoy de acuerdo!
Tom volvió a cambiar de marcha.
— ¿Cómo se hizo ranchera su madre?
—Mi padre era ranchero —respondió ella—. Cuando murió, mi madre siguió
encargándose del rancho. Al principio le resultó muy penoso. Teníamos capataces como
su señor Gately, que aún vivían en el siglo pasado. Pero mi madre es la ley
personificada y consigue reunir a las personas sin intentarlo siquiera. La gente la adora
y todos hacen cualquier cosa que pida. No es autoritaria ni despiadada, pero sí muy
testaruda para lograr las cosas a su manera.
—Me sorprende —dijo él—. Casi todas las mujeres que alcanzan una posición de
autoridad se convierten en auténticas dictadoras
— ¿Ha conocido usted a muchas de esas mujeres? —le preguntó ella.
Tom puso una mueca pensativa con los labios.
—He visto a muchas en las películas.
Ella negó con la cabeza.
—Esas películas han sido escritas y dirigidas por hombres — señaló—. Lo que se ve en el cine
y la televisión no es más que la idea que tiene un hombre sobre una figura femenina con poder.
No se parece en nada a la realidad. Y, desde luego, mi madre no es como esas mujeres. Puede disparar una Winchester, conducir el ganado y levantar una cerca, pero debería verla con un vestido de
Valentino y diamantes.
— Entiendo
— Ha recorrido un camino muy largo y difícil— siguió ella—. Siento que mi padre
muriera, porque hasta ese momento mi madre no sabía nada del trabajo ni de los
negocios. Eso la convirtió en una mujer dura —concluyó. Podría haber añadido “ y
fría como el hielo», pero no lo hizo.
— ¿Tiene hermanos o hermanas?
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Sólo yo —respondió, girando la cabeza hacia él—. ¿Y usted?
—Tengo un hermano. Está casado y vive en California. Y una hermana que vive en el
Estado de Washington. También está casada.
— ¿Usted nunca se ha casado?
El rostro de Tom se endureció como el granito.
—Nunca —murmuró, cambiando de marcha mientras se aproximaban al viejo y

destartalado rancho—. Ahí está Bill.

HOLA!!! BUENO AQUI VA UNA NOTA ... EL HOMBRE NUMERO 13 LO OCUPAN DOS HOMBRES ... OSEA UN DOCUMENTO CON DOS HOMBRE Y UN MISMO NUMERO ASI QUE LA DIVIDI .. ESTA ES LA HISTORIA DEL HOMBRE 13-1 ... Y SON SOLO 5 CAPITULOS ... ESTA CORTISIMA :D ASI QUE ESTARE SUBIENDO 1 EN 1 PARA QUE SE HAGA UN POCO MAS LARGA ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))