DOS
Bill
Gately tenía el pelo blanco y cojeaba al caminar, pero tenía un cuerpo tan
delgado y
ágil
como el de muchos hombres con la mitad de años. Les estrechó la mano
cortésmente
y miró a Candy con una ceja arqueada, pero no hizo ningún comentario
cuando
Tom le explicó en qué consistía su trabajo.
—Justin
Ballenger dijo que no le importaría que echáramos un vistazo a su rancho —
dijo
Candy con una sonrisa—. Parece ser que ha hecho progresos sorprendentes con los
pastos.
Los
ojos azules del anciano se iluminaron como si se hubiera encendido una
bombilla.
—Por
supuesto que los he hecho, jovencita —dijo sin disimular su entusiasmo. La
agarró
del codo y la llevó a la parte de atrás de la casa, explicándole las
dificultades de
la
plantación y el cultivo de la hierba—. No sería rentable a gran escala porque
es
demasiado
cara, pero he tenido un gran éxito y estoy descubriendo la manera de
reducir
costes gracias a la mezcla de pasto común con el cultivado. Los becerros se
alimentan
de esos pastos siguiendo un sistema giratorio hasta que se convierten en
erales,
y entonces los envío a Justin y Calhoun para que terminen de cebarlos para
ponerlos
a la venta —sonrió avergonzadamente—. También he conseguido engordar
mucho
el ganado. Tal vez debería dejar que los Ballenger se encargaran del marketing,
pero
me gusta realizar mis propias ventas. De todos modos, sólo tengo cien cabezas
de
ganado,
y eso es muy poco para molestar a los Ballenger.
—
¿Dónde suele vender su ganado? —le preguntó ella con curiosidad.
—Lo
vendo a una cadena de hamburgueserías —respondió él, y le dio el nombre. Era
una
cadena
local que había empezado con muy pocos recursos y que ahora se estaba
extendiendo
por las grandes ciudades.
Candy
arqueó las cejas.
—Estoy
verdaderamente impresionada —le dijo—. Casi todas las cadenas de comida
rápida
importaban la carne de Sudamérica, hasta que se divulgaron las noticias sobre
la
deforestación
de las selvas. Aquello provocó una drástica reducción en el consumo de
carne,
porque la gente no quería que los rancheros de Sudamérica arrasaran la selva
para
que sus ganados pudieran pastar.
—
¡Es el mismo argumento que yo empleé! —exclamó con un gesto de énfasis—. Y
también
funcionó. Están empezando incluso a anunciar sus hamburguesas como las
únicas
que no salen de la selva amazónica. Y si quisieran, podrían anunciarlas también
como
«de cultivo orgánico», porque no empleo nada artificial en la comida del
ganado.
Candy
suspiró.
—Oh,
señor Gately, ¡ojalá! pudiéramos empaquetarlo y venderlo a usted. Qué enfoque
tan
magnífico para la cría de ganado.
Bill
se ruborizó como un adolescente. Más tarde, se llevó a Tom aparte y le dijo que
nunca
había conocido a nadie tan cualificado como Candy para la publicidad del sector
ganadero,
y Tom se lo dijo a Candy mientras volvían a Jacobsville.
El
rancho Gately les había ocupado casi toda la tarde, porque Candy había
examinado
los
diarios de Bill para comprobar los progresos obtenidos en los pastos, como el
empleo
de la llamada hierba de búfalo, que los granjeros habían arrasado casi por
completo
en los primeros años de la colonización.
—Eres
muy meticulosa en tu trabajo —comentó Tom.
—
¿Esperabas a alguien descuidado para hacer un trabajo tan importante? —le
preguntó.
Él
levantó una de sus fuertes y esbeltas manos.
—
No era mi intención provocarte. Únicamente que pareces ser muy buena en lo que
haces.
Ella
se recostó en el asiento con un pequeño suspiro
—Me
enorgullezco de mi trabajo —confesó—.Y nunca ha sido una tarea fácil. Hay
muchos
ganaderos como el señor Gately, aunque no tan fáciles de convencer, que
disfrutan
haciéndome sentir incómoda.
—
¿Cómo?
—Oh,
se aseguran de que yo vaya sola por los pastos cuando los toros están sueltos —
comentó,
chasqueando con la lengua—.Y me hacen entrar en los establos cuando las
vacas
están siendo inseminadas artificialmente. Una vez tuve una conversación a
gritos
con
un ranchero delante de un establo, porque una yegua estaba siendo inseminada y
Tom
soltó un silbido.
—Me
sorprende. Creía que la mayoría de los hombres que se dedican a esto le
guardaban
más respeto al sexo opuesto.
—Y
así es, siempre que ella
esté haciendo galletas en la
cocina.
—
¡No se te ocurra hablar de galletas delante de los Hart! —exclamó él—. Rey y
Leo aún
están
solteros, y no te creerías hasta dónde han llegado por unas galletas desde que
Corrigan,
Simon y Cag se casaron y se marcharon de casa.
Candy
se río.
—Eso
ya lo he oído en la oficina de Denver—dijo—. En cualquier convención de ganado
siempre
se habla de los Hart. Cada día son más escandalosos.
—Y
más exagerados.
—Quieres
decir que no fue cierto que Leo se llevó a una cocinera de una cafetería de
Jacobsville
una mañana y no la dejó marchar hasta que no le hiciera galletas?
—Bueno,
aquello fue...
—
¿Y que Rey no contrató a una cocinera en Houston para que le preparara cuatro
bandejas
de galletas y que alquiló un furgón refrigerado para llevarlas al rancho?
—Bueno,
sí, pero...
—
¿Y que cuando la señora Barkley se jubiló y dejó el restaurante Jones House, en
Victoria,
Rey y Leo le estuvieron mandando rosas y bombones durante dos semanas
hasta
que accedió a volver a trabajar para ellos?
—Es
alérgica a las rosas —murmuró él—.Y ha engordado mucho por culpa de esos
bombones.
—Seguramente
a estas alturas ya sea alérgica a esos chicos, pobrecita —dijo Candy con
una
risita—. ¡La verdad es que nunca he conocido a gente así!
—Seguro
que en Montana también hay personajes curiosos.
Candy
se sacudió el polvo de la falda.
—Claro
que sí, pero es gente como el viejo Ben, que se juntaba con Kid Curry y Butch
Cassidy,
y que está cumpliendo condena por robar trenes.
Tom
le dedicó una sonrisa.
—Eso
es más grave que secuestrar a una cocinera.
—No
lo sé. He oído que uno de los Hart tiene una serpiente gigante. ¡Me compadezco
de
su mujer!
—Tenía
una pitón albina, pero cuando se casó con Tessa se la dio a un criador. Suele
ir a
visitarla,
pero jamás le pediría a Tessa que viviera con ella.
—Eso
es muy amable por su parte.
—Cag
puede ser muchas cosas, pero no amable —dijo él—. Aunque a su mujer le gusta.
—No
me extraña entonces que su mejor amigo sea un reptil.
—Parece
que te falta el aire —observó él—. Espero que la paja del establo no fuera
demasiado
para ti.
El
viento soplaba con mucha fuerza.
Ella
lo miró fijamente.
—
¿Y tiene que haber una relación entre eso y mi falta de aliento?
Tom
se encogió de hombros.
—
¿Por qué no tomas tu medicina?
—
¿Qué medicina? —preguntó ella, quedándose rígida.
—
¿No tienes asma?
Candy
siguió mirándolo con ojos inquietos, aunque él no podía ver su expresión.
—Yo
no... tengo asma —respondió al cabo de un minuto.
—
¿No? Hubiera jurado que sí. No puedes dar diez pasos sin descansar. Y eso a tu
edad
no
es muy normal.
Ella
apretó la mandíbula y aferró con fuerza el bolso mientras miraba por la
ventanilla.
—
¿No dices nada? —insistió él.
—No
hay nada que decir.
Tom
habría seguido presionándola, pero ya estaban en la calle principal de
Jacobsville, a
sólo
una manzana del motel.
—Mi
coche de alquiler está en... —empezó ella.
—Voy
a por Canijo. El lo traerá hasta aquí y volverá conmigo. ¿Tienes las llaves?
Ella
se las tendió con cierto recelo.
—Soy
perfectamente capaz de conducir. ¡No me pasa nada!
—Sólo
es un favor —aclaró él—. Has tenido un día muy duro. Pensé que estarías
cansada.
—Oh
—murmuró ella, ruborizándose ligeramente mientras Tom detenía la camioneta
delante
del motel—. Entiendo. Bueno, en ese caso gracias.
Tom
salió del vehículo y lo rodeó para ayudarla a bajar de la cabina. Pero ella
también
pareció
tomarse a mal ese gesto.
Él
la miró con el ceño fruncido.
—
¿Se puede saber a qué viene este resentimiento? —le preguntó—. ¿Por qué te
cuesta
tanto
recibir ayuda de cualquier tipo?
—Puedo
bajarme sola —espetó ella.
El
se encogió de hombros.
—Lo
hago también por un tío abuelo mío —la informó—. No es viejo, pero tiene
artritis
y
agradece que le echen una mano.
Candy
se puso colorada.
—
¡Hace que parezca una feminista radical!
El
tono amable con el que se había dirigido a ella había sido engañoso, pues la
mirada
que
le lanzó fue fría como el hielo.
—La
verdad es que resultas tan poco atractiva como una feminista —le dijo con voz
cortante—.
Me gusta una mujer que pueda imponer respeto sin que tenga que
comportarse
como una arpía o hablarle con desprecio a los hombres. No te gusta que te
abran
la puerta ni que se preocupen por tu salud. Magnífico. Puedes estar segura de
que
no volveré a olvidarlo —sentenció, tensando la mandíbula—. Mi Anita valía diez
veces
más que tú —añadió bruscamente—. Era una mujer enérgica e independiente,
pero
nunca tuvo que demostrarle a nadie que podía ser tan dura como un hombre.
—¿Por
qué no se casó con ella si era tan maravillosa?
—Murió
—respondió él. Era terrible afrontarlo. Respiró hondo y se giró—. Ella murió
—volvió a decir, casi para sí mismo, mientras se alejaba hacia la camioneta.
—Señor
Kaulitz... —lo llamó ella dubitativamente, consciente de que había tocado una
fibra
sensible y sintiéndose un poco avergonzada.
El
se volvió y la miró por encima del capó de la camioneta.
—Llamaré
al motel por la mañana y pediré que te digan dónde nos encontraremos para
la
siguiente parada de la visita. Desde ahora en adelante, podrás conducir tú
misma,
señorita
Marimacho.
Se
subió a la camioneta, cerró la puerta y se alejó, levantando una nube de polvo.
Candy
vio cómo se marchaba, sintiendo una lucha de emociones enfrentadas. Era
importante
valerse por sí misma, no aceptar la compasión ni los mimos de nadie. Pero
era
consciente de que se había pasado, y lo lamentaba. Tom Kaulitz añoraba a su
amor
perdido.
Debía de haberla querido mucho. Candy se preguntó cómo habría muerto la
misteriosa
Anita, y por qué el señor Kaulitz parecía tan atormentado cuando hablaba de
ella.
Entró
lentamente en el hotel, sintiendo cada paso que daba. Odiaba su debilidad y la
incapacidad
para corregirla. Llegó al mostrador y se obligó a sonreír mientras pedía la
llave.
La
recepcionista, una mujer joven y atractiva, le entregó la llave con una sonrisa
de
indiferencia
y giró, sin mostrar el menor interés hacía la huésped sucia y jadeante que
tenía
ante ella.
Candy
se rió para sí misma. Aquello suponía todo un contraste con la preocupación
que
había mostrado Tom Kaulitz. Se arrepentía de haberle pagado su atención con una
actitud
tan odiosa. Pero a lo largo de los años había recibido demasiada compasión y
curiosidad,
y muy poco amor.
Cuando
entró en la habitación, cerró la puerta y se desplomó sobre la cama, sin ni
siquiera
molestarse en quitarse los zapatos. Un minuto más tarde, estaba durmiendo.
Los
disparos la despertaron. Se sentó en la cama, temblando y con el corazón en la
garganta.
Se llevó una mano al pecho. Se oyeron más disparos. Y más…..
Salió
al exterior. No había árboles. Ningún sitio donde ocultarse. Sintió un golpe en
el
pecho
y se tocó. Vio su mano roja y húmeda por la sangre fresca, seguida por un dolor
horriblemente
agudo. No podía respirar...
Se
arrojó al suelo y se cubrió la cabeza con las manos. Veía sangre. ¡Sangre por
todas
partes!
La gente gritaba. Los niños chillaban. Un hombre con un disfraz de payaso
cayó
desplomado al tiempo que soltaba un alarido desgarrador. Junto a ella vio a su
padre
doblándose por la cintura y cayendo con los ojos cerrados, cerrados para
siempre...
No
fue consciente de que estaba llorando hasta que el despertador de la mesilla
sacudió
sus
sentidos adormecidos. Abrió los ojos. Estaba tendida sobre la moqueta,
acurrucada
como
una niña asustada. Aspiró con fuerza, desesperada por llenarse los pulmones de
aire.
Consiguió sentarse en el suelo y palpó el despertador a ciegas hasta encontrar
el
botón
que desconectaba la alarma. Estaba empapada de sudor, temblando, muerta de
miedo.
Después de tantos años, las pesadillas continuaban Se estremeció violentamente
y
se tumbó de espaldas en la cama, con los ojos abiertos y el pecho palpitándole
frenéticamente.
La
pesadilla era una vieja compañera. Por suerte, no había tantos maníacos sueltos
como
para que su herida fuera común. Pero para un cierto tipo de persona, que quería
hacerle
revivir aquel horror, la idea de revivir el trauma resultaba tentadora. No
podía
soportar
la menor referencia a su falta de aliento, por culpa de los malos recuerdos
sobre
los medios de comunicación, que tanto la habían acosado a ella y a los otros
sobrevivientes
de aquella tragedia que se cobró tantas vidas inocentes aquel soleado día
de
primavera, diez años atrás.
Enterró
el rostro en las manos y deseó poder apretar la cabeza lo bastante fuerte para
exprimir
el recuerdo para siempre. Su madre se había refugiado en una fría coraza de
independencia
tras el funeral de su marido. Obligada a asumir el control rancho o
abandonarlo
todo, se convirtió en una mujer de negocios. Odiaba el ganado, pero le
gustaba
el dinero que ganaba para ella. Candy no era más que un recordatorio de su
terrible
tragedia. Había amado a su marido más que a nadie en el mundo, y de alguna
manera
culpaba a Candy de su pérdida. La distancia entre madre e hija se hizo
insalvable,
sin ninguna esperanza de acercamiento. A Candy sólo la salvaba su trabajo,
ya
que le permitía salir de Montana, lejos de una madre que apenas la toleraba.
Le
gustaba su trabajo como publicista del sector ganadero. A diferencia de su
madre, le
encantaba
el ganado y todo lo relacionado con ello. Le habría gustado vivir en el
rancho,
pero Hilda no soportaba verla ni hacía el menor intento por disimular su
desprecio.
Era mejor para las dos que Candy no volviera a casa.
Se
apartó el pelo húmedo de la cara e intentó penar en la aventura del día
siguiente.
Irían
a ver a un ranchero llamado Cy Parks, quien, según la opinión general, era el
ranchero
más huraño de Jacobsville. Un hombre sin el menor tacto ni tolerancia hacia
los
forasteros y con más dinero del podría gastar en su vida. Candy estaba
acostumbrada
a los hombres difíciles, de modo que aquél no sería más que otro apunte
en
su informe. Pero lo que verdaderamente le angustiaba era el comportamiento tan
poco
amistoso que había tenido con Tom Kaulitz, quién únicamente se había limitado a
preocuparse
por ella. Tal vez debería hablarle de su pasado y seguir a partir de ahí.
Parecía
un buen hombre. Tenía cerebro y sentido del humor, aunque Candy se
preguntaba
por qué no usaría su inteligencia para algo más que un comedero de
ganado.
Si se lo propusiera, podría trabajar por su cuenta y montar su propio negocio.
Apoyó
la cabeza en la almohada empapada con una mueca de dolor. Sólo quedaban
unas
horas para el amanecer. Tenía píldoras para dormir, pero jamás las había
tomado.
Odiaba
la mera idea de cualquier tipo de adicción. No bebía ni fumaba, y nunca había
estado
enamorada. Era algo que exigía demasiada confianza.
Una
mirada al despertador le confirmó que tenía cuatro horas por delante para
contemplar
el techo o para intentar dormir. Dejó escapar un suspiro y cerró los ojos.
Tom
Kaulitz, fiel a su palabra, llamó al motel y dejó un mensaje para Candy con las
direcciones
para llegar al rancho de Parks, asegurándole que él estaría allí cuando ella
llegara.
Candy
temía el encuentro, después del modo en que se había comportado. Seguramente
Tom
había pensado lo peor de ella el día anterior. Ojalá pudiera reparar el daño.
Condujo
hasta el enorme rancho de madera. El entorno estaba en muy buen estado de
conservación,
las cercas pintadas de blanco, los establos pulcros y limpios, un inmenso
granero
en la parte atrás con un pasto vallado a cada lado, y un camino de entrada
pavimentado
y flanqueado por árbo1es, flores y arbustos. O bien el señor Parks había
heredado
aquella propiedad o bien le gustaban mucho las flores.
Lo
vio salir al porche para recibirla, acompañado de Tom. Su expresión era seria e
intimidatoria.
Candy supo nada más verlo que sus experiencias previas con hombres de
difícil
trato no le servirían de nada con aquel tigre.
—Cy
Parks, Candace Marshall —los presentó Tom con voz cortante—. La señorita
Marshall
está entrevistando a los rancheros de la región para una campaña publicitaria
sobre
las nuevas técnicas con el ganado.
—Una
gran idea —dijo Cy, pero la sonrisa que le dedicó era fría y forzada—. Los
defensores
de los animales se valdrán de ello para sus protestas y el lobby anticarne
exigirá
un espacio similar para presentar sus alegaciones.
Candy
levantó las cejas ante aquel ataque frontal.
—Estamos
intentando promocionar nuevos métodos —replicó—. No iniciar una guerra
de
comida.
—La
guerra ya se ha iniciado, ¿o es que no ve televisión? —le preguntó Cy fríamente.
Candy
dejó escapar el aliento.
—Bueno
—repuso—, podríamos limitarnos a hacer una sentada voluntaria en la
autopista
y dejar que el otro bando nos arrolle.
La
boca de Cy se torció en una sonrisa desdeñosa, pero la expresión de sus ojos
verdes
seguía
siendo gélida, y su rostro enjuto parecía más curtido que el cuero. Era de la
misma
estatura que Tom, pero más delgado. Tenía la complexión de un jinete de rodeo,
con
sus pies grandes y su boca de cruel aspecto. Se metió la mano izquierda en el
bolsillo,
pero con la derecha hizo un gesto hacia el pasto más cercano.
—Si
quiere ver mi toro nuevo, está por ahí —dijo. Bajó lentamente los escalones y
echó
a
andar hacia la zona vallada—.Ya ha ganado varios concursos.
Candy
contempló por encima de la valla el enorme animal de reluciente pelaje rojizo.
Era
imponente, incluso para ser un toro.
—
¿No tiene nada que decir? —preguntó Cy.
Ella
negó con la cabeza.
—Me
he quedado sin palabras... Es precioso.
Cy
emitió un sonido áspero y gutural, pero no le discutió la más que dudosa
descripción.
—
Pensaba que tal vez quisieras hablarnos de tus métodos para el control de
plagas...
llamémoslos
poco ortodoxos —dijo Tom.
Cy
frunció el ceño bajo su sombrero de ala ancha
—
No me gustan los pesticidas —declaró—. Contaminan el agua subterránea. Yo uso
insectos.
—
¿Insectos? —repitió Candy. Había oído hablar ese método, y empezó a citar un
artículo
que había leído recientemente sobre el empleo de insectos para controlar las
plagas
en los cultivos.
—Fue
precisamente ese artículo el que me dio la idea—replicó Cy, impresionado—.
Pensé
que
valía la pena intentarlo, y que nada podría ser peor que los venenos que
estábamos
usando.
Me quedé muy gratamentente sorprendido por los resultados. Ahora también
uso
abonos orgánicos —asintió hacia las terneras que pastaban a lo lejos, a una
distancia
segura
del toro—. Es una lástima desperdiciar todos esos subproductos de mi manada
de
pura sangre—añadió, chasqueando con la lengua—. Sobre todo si tenemos en
cuenta
lo que se gasta la gente de ciudad en comprarlos.
Candy
se echó a reír. Su risa era ligera y cantarina y Tom se sorprendió a sí mismo
mirándola.
Se
estaba riendo con el hombre más antipático de toda la región……
Cy,
no sonrió, pero sus ojos verdes se iluminaron.
—Debería
sonreír más —le dijo a Candy.
Ella
se encogió de hombros.
—Todos
deberíamos hacerlo.
El
inclinó la cabeza hacia ella.
—Hace
algunas semanas vi a su madre en una convención. Se ha vuelto de hielo,
¿verdad?
El
rostro de Candy se descompuso en una mueca de perplejidad.
—Bueno,
sí, supongo...
—No
me extraña —siguió él, mirándola fijamente a los ojos—. Pero usted no debe
culparse.
—Todo
el mundo dice eso —replicó ella, demasiado consciente del intenso escrutinio de
Tom.
—Debería
escuchar lo que dice la gente —la reprendió Cy.
Ella
asintió.
—Y
volviendo hablar de este toro... —empezó, cambiando rápidamente de tema.
Cy
se pasó varios minutos hablando sin parar de su tema favorito, lo cual no
dejaba de
ser
extraño en un hombre taciturno como él. Se explayó en los detalles del
apareamiento
y
la cría, hasta que Candy tuvo toda la información que necesitaba, y entonces
procedió
a
enseñarle el resto del recinto.
Candy
estuvo lista para marcharse poco antes que Tom. Le estrechó la mano a Cy,
asintió
con cautela hacia Tom, se subió a su coche de alquiler y condujo de vuelta a su
motel.
Tom
no tenía tanta prisa. Permaneció unos momentos junto a su camioneta y se giró
hacia
Cy.
—
¿Qué le ha pasado?
—Pregúntaselo
a ella —dijo Cy con su antipatía habitual.
—Sacaría
más si le preguntara al coche que está conduciendo.
Cy
se encogió de hombros.
—No
creo que sea ningún secreto. Hace nueve años, su padre la llevó a comer a un
establecimiento
de comida rápida. Ya sabes, papá y su pequeña compartiendo una
comida
y hablando. Aquel día el encargado había despedido a un empleado por beber
en
el trabajo. El tipo también se drogaba, pero el encargado no sabía nada de eso.
Y allí
estaba
todo el mundo, hablando y esperando los pedidos, incluidos Candy y su padre,
cuando
este tipo entró en el local con un rifle de asalto AK‐47
y empezó a disparar.
Tom
ahogó un gemido.
—
¿Alcanzó a Candy?
Cy
asintió seriamente.
—
En el pecho. Le destrozó uno de los pulmones y a punto estuvo de matarla.
Tuvieron
que
extirparle el pulmón. Su padre no tuvo tanta suerte. Recibió una descarga en el
rostro
y murió al instante. Dicen que su madre nunca dejó de culparla por lo sucedido.
Fue
idea de Candy ir a comer allí.
—Y
su madre asumió que si Candy no hubiera querido ir, su padre aún seguiría vivo.
—Exacto
—afirmó Cy, mirando la nube de polvo que el coche de Candy levantaba en la
distancia—
Dicen que Candy se muestra muy susceptible con este tema. Los medios de
comunicación
empezaron a acosarlas a su madre y a ella justo después del tiroteo.
Incluso
hoy día está el periodista de turno que quiere revivir la historia. Su madre
demandó
a
uno de ellos por entrar sin permiso en el rancho y ganó el juicio —sacudió la
cabeza—.
He oído que Candy y su madre apenas se hablan. Por lo visto, Candy ha
decidido
que si su madre no quiere tenerla cerca, ella respetará sus deseos.
—
¿Cómo es su madre?
Cy
hizo un mohín con los labios.
—Es
el tipo de mujer a la que no podrías imaginarte casándose con alguien. Casi
todos
los
hombres la evitan. No tiene pelos en la lengua, y su mente es afilada como un
cuchillo.
No se parece en nada a Candy —añadió pensativamente—. Candy puede ser
muy
directa, pero por dentro es de mantequilla.
Tom
frunció el ceño.
—
¿Cómo lo sabes?
—Reconozco
a una sufridora cuando la veo ——dijo Cy, y sacó su mano izquierda del
bolsillo.
Tom
frunció aún más el entrecejo al verla. La mano no estaba mutilada, pero había
sufrido
graves quemaduras. La piel estaba manchada y tensa.
—
¿Nunca te ha dicho nadie que mi rancho de Wyoming ardió hasta los cimientos?
—le
preguntó
al hombre—. ¿Con mi mujer y mi hijo dentro?
A
Tom se le revolvió el estómago. Cy volvió a meterse la mano en el bolsillo y
miró a
Tom
con ojos inexpresivos.
—Hicieron
falta tres vecinos para sacarme a rastras de la casa. Se sentaron sobre mí
hasta
que llegaron los bomberos, pero ya era demasiado tarde. Aquel día estaba
ordenando
los papeles de mi despacho cuando se desató una tormenta. El fuego
empezó
en el otro extremo de la casa, donde ellos dormían. Más tarde dijeron que lo
había
causado un rayo —perdió la vista en el vacío—. Mi hijo tenía cinco años... —se
detuvo
y se dio la vuelta, respirando profundamente hasta que la voz dejó de
temblarle—.
Abandoné Wyoming. No podía soportar los recuerdos. Pensé en empezar
de
nuevo aquí. El dinero no era ningún problema. Siempre había tenido de sobra.
Pero
el
tiempo no cura las heridas. ¡Maldita sea...!
Tom
podía percibir y comprender el dolor de Cy.
—Una
tarde estaba volando con mi novia sobre el condado —le confesó—. Se me ocurrió
que
podría impresionarla rizando el rizo, pero... la avioneta se estrelló en los
árboles y
quedo
suspendida de las ramas con la puerta del copiloto hacia el suelo. Al recuperar
el
sentido
vi a Anita colgando del asiento, a quince metros del suelo —su expresión se
nubló—.
Gritaba y me suplicaba que no la dejara caer. Alargué un brazo hacia ella y
ella
se
soltó de una mano para intentar agarrarme... y entonces cayó —cerró los ojos—.
Aún
me
sigo despertando por las noches, viendo su rostro desfigurado por el terror, y
oigo
su
voz llamándome...—volvió a abrir los ojos y respiró hondamente—. Se lo que es
vivir marcado
por
el dolor. Lo he vivido durante tres años. Y no consigo superarlo.
—Lo
siento —dijo Cy con una mueca de dolor.
—Y
yo lo siento por ti. Pero eso no ayuda, ¿verdad? —le preguntó con una gélida
carcajada.
Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo, antes de volver a
ponérselo—.
Bueno, voy en busca de esa publicista y seguiremos con las visitas.
—Claro.
Tom
levantó una mano y se subió a la camioneta. No había nada más que decir. Pero
la
compasión
aliviaba un poco las cosas. Sólo un poco...
HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITULO DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))