CUATRO
Matt
Caldwell era un hombre apuesto y bien parecido, y tenía una personalidad vivaz
que
combinaba con su aspecto delgado y esbelto. Ayudó a Candy a bajar de la
camioneta
con unos modales exquisitos que inmediatamente la cautivaron.
—Me
alegro de tenerla aquí antes de marcharme—dijo Matt, y saludó a Tom
cuando
éste rodeó la camioneta—. Haré que Paddy os enseñe el rancho. Ojalá pudiera
hacerlo yo,
pero
llego tarde a una importante reunión en Houston —miró la hora en su reloj—. No
tengo ni un minuto libre. Creo que debería bajar el ritmo.
—No
te haría ningún daño —dijo Tom, riendo‐. Candy Marshall, te presento a Matt
Caldwell.
—Encantada
de conocerlo —dijo Candy con una sonrisa, al tiempo que extendía la
mano.
Mat
se la estrechó efusivamente.
—Los
publicistas van cada día más arreglados— comentó—. El último que tuvimos aquí
tenía
veinticinco años, iba sin afeitar y no sabía distinguir un toro Santa Gertrudis
de
una
Holstein.
—Me
afeité la barba esta misma mañana —bromeó ella.
—Me
alegra saber que cuida su higiene personal —repuso él, riendo—. Paddy le
enseñará
todo
lo que quiera ver. Si necesita hablar conmigo, estaré de v mañana por la
mañana. Y
si
eso no le resulta lo bastante pronto, puede enviarme las preguntas por fax. Las
responderé
enseguida —le tendió una tarjeta con el logo de Mather Caldwell
Enterpripes
en relieve.
—Impresionante
—dijo ella.
—No
tanto —respondió él, riendo, y miró a Tom con un brillo calculador en los
ojos—.
Si
quieres ofrecerle una vista aérea del rancho, la Cessna está lista para volar.
El
rostro de Tom se endureció al pensar en la pequeña avioneta. Era el tipo de
aparato
con
el que se había estrellado tres años antes.
—Yo
ya no vuelo.
—Es
una lástima —murmuró Matt.
—En
cualquier caso, ella quiere ver el ganado de cerca.
—
He comprado un toro Santa Gertrudis del rancho King —les dijo Matt, y les
estrechó
la
mano a ambos. —.Tengo que irme. Paddy vendrá enseguida. Estaba conmigo cuando
habéis
llegado, pero ha tenido que quedarse en el despacho atendiendo una llamada.
Podéis
esperarlo
sentados en el porche
—Es
un porche muy bonito —comentó Candy.
Matt
sonrió.
—Compré
la casa por el porche. Me gusta sentarme aquí fuera en las cálidas noches
veraniegas
y escuchar a Rachmaninoff.
Se
subió a su Mercedes y condujo hacia el pequeño hangar y la pista de aterrizaje
que
apenas
se distinguían a lo lejos.
—
¿Hace esto muy a menudo? ¿Ofrecerte su avión? —preguntó Candy cuando
estuvieron
cómodamente sentados en el columpio del porche.
—Cada
vez que nos vemos —respondió él con resignación—. Supongo que ya me he
acostumbrado,
lo que no quiere decir “que me guste”—añadió.
Candy
no sabía cómo responder a eso, y agradeció que Paddy Kiograw eligiera aquel
momento
para salir al porche. Era un hombre pequeño y encogido de ojos azules y
brillantes.
Se quitó el sombrero, revelando una gran calva rodeada por una franja de
pelo
rojizo y les estrechó calurosamente las manos. Los condujo al granero y Candy
empezó
a tomar notas.
El
rancho de Matt era enorme, pero tenía un toque personal. Conocía a todos sus
animales
por el nombre, y al menos dos de los toros eran mansos. A Candy le encantó
cómo
le rozaron la mano con el hocico cuando se acercó a ellos. Para su madre, el
ganado
no era más que carne para el matadero, pero Candy prefería un rancho que
mantuviera
vivos a los animales y donde su propietario los cuidara propiamente.
Incluso
el arisco Cy Parks se preocupaba por el bienestar de su ganado y nunca lo
trataba
como si fuera una inversión.
Pero
el granero, a pesar de estar limpio y ventilado, estaba lleno de paja y era un
lugar
cerrado.
Apenas
habían entrado cuando Candy empezó a toser. Se dobló por la cintura y no
pudo
parar.
Tom
le pidió a Paddy que le llevara una taza de café. El hombre salió corriendo a
buscarla,
y mientras Tom levantó a Candy en brazos y la sacó del granero. Pero Candy
siguió
tosiendo en el exterior, sentada en el escalón de la camioneta. Las lágrimas le
resbalan
por las mejillas, que estaban rojas como la grana.
Paddy
apareció con la taza de café.
—Está
frío. ¿Servirá? —preguntó rápidamente.
—Sí.
Lo que necesitamos es la cafeína —dijo Tom. Llevó la taza a los labios de
Candy,
pero
ella seguía tosiendo y no podía beber entre las convulsiones. El rostro de Tom
se cubrió de pánico—. Creo que es un ataque de asma —dijo bruscamente, mirando;
Paddy.
—
¿Tiene un inhalador? —preguntó Paddy. Tom negó con la cabeza.
—Ningún
médico le ha diagnosticado todavía el asma. ¡Maldita sea!
Ella
volvió a doblarse por la cintura, y esa vez empezó a jadear al toser. Parecía
empeorar
a cada segundo, como si le costara aspirar una simple bocanada de aire.
—
¡Son veinticinco minutos hasta Jacobsville! —exclamó Tom—. ¡No podremos llegar
a
tiempo!
—Id
en la Cessna —dijo Paddy—. Tengo las llaves en el bolsillo. El jefe dijo que
tal vez
te
gustaría enseñarle el rancho desde el aire.
La
expresión de Tom se ensombreció.
—No
puedo, Paddy —espetó, atormentado por los recuerdos de su último vuelo.
Paddy
le puso una mano firme en el hombro.
—Su
vida depende de ello —le recordó seriamente—. ¡Sí puedes! Aquí tienes las
llaves.
¡Vamos!
Tom
miró otra vez a Candy y gimió. Tomó las llaves de Paddy, subió a Candy a la
camioneta
y salió disparado hacia la pista de aterrizaje, con Paddy encaramado a la caja
de
carga.
Detuvo
la camioneta en el hangar y dejó a Candy en la cabina y mientras Paddy y él
sacaban
la Cessna a la pista. Entonces Tom llevó a Candy al avión y la sentó en el
asiento
del copiloto, asegurándole firmemente el cinturón. Candy apenas estaba
consciente,
emitiendo estertores escalofriantes mientras luchaba desesperadamente por
respirar.
—Lo
conseguirás —dijo Paddy con convicción—. Llamaré por teléfono y haré que una
ambulancia
os esté esperando en Jacobsville con todo lo necesario. ¡Y ahora marchaos!
—Gracias,
Paddy —gritó Tom mientras subía al avión.
Hacía
mucho tiempo que no volaba, pero era como montar en bicicleta. Nunca se
olvidaba.
Arrancó el motor y comprobó con un rápido vistazo los indicadores y
controles.
Guió el pequeño avión hacia la pista y rezó una oración silenciosa.
—Todo
va a salir bien, cariño —le dijo a Candy con voz áspera—. Intenta aguantar.
¡Enseguida
llegaremos al hospital!
Ella
no podía responder. Se sentía como si se estuviera ahogando, incapaz de tomar
aire.
Se aferró al borde del asiento y lloró en silencio, aterrorizada, mientras la
avioneta
enfilaba
la pista y se elevaba en el aire.
Tom
maniobró los controles y puso rumbo a Jacobsville, dándole gracias a Dios por
saber
pilotar un avión. Podía ver que Candy empezaba a ponerse azul y a perder la
consciencia.
—Sólo
un poco más, cariño —le suplicó por encima del ruido del motor—. ¡Sólo un
poco
más! ¡Aguanta, por favor!
Siguió
hablándole y dándole ánimos durante todo el trayecto hasta el aeródromo de
Jacobsville.
Estaba tan angustiado por ella que su miedo a volar pasó a un segundo
plano.
Llamó por radio a la torre de control y recibió permiso inmediato para aterrizar.
El
aterrizaje fue impecable. Una ambulancia estaba esperando en la pista con las
luces
encendidas.
Segundos
más tarde, Candy estaba tendida en la ambulancia, conectada a una bomba
de
oxígeno y atendida por un médico de urgencias. Tom le apretaba la mano mientras
se
dirigían a toda velocidad hacia el hospital, rezando en silencio para no
perderla
cuando
apenas acababa de encontrarla.
Cuando
la ambulancia se detuvo en la entrada de Urgencias, Candy había recuperado
un
poco de color y su respiración era menos agónica. El médico de guardia acudió
rápidamente
junto a las enfermeras y supervisó su ingreso en el hospital.
—Puede
esperar en la sala de espera —le dijo una enfermera a Tom con una amable
sonrisa—.
No se preocupe. Se pondrá bien.
Era
muy fácil decirlo, pensó él. Se metió las manos en los bolsillos de los
vaqueros y
empezó
a andar nerviosamente de un lado para otro, ajeno a las otras personas que
aguardaban
en la sala. No podía recordar la última vez que había estado tan asustado.
Miró
hacia las puertas oscilantes por las que había desaparecido Candy y suspiró. Su
aspecto
había mejorado una vez que le pusieron la máscara de oxígeno, pero Tom sabía
que
haría falta algo más para que se recuperara por completo. Estaba casi
convencido
de
que la tendrían en observación toda la noche. Ojalá fuera así. Candy era muy
cabezota
y no se le daba bien acatar las órdenes de nadie.
Justo
cuando estaba pensando en atravesar las puertas, entró el médico y le hizo un
gesto
para que lo acompañara.
Lo
llevó a un cubículo vacío y corrió la cortina.
—
¿Es su novia? —le preguntó.
Tom
negó con la cabeza.
—Es
una publicista de la asociación de ganaderos. Me encargaron que la acompañara a
visitar
los ranchos de la región.
—jMaldición!
—masculló el médico.
—
¿Qué ocurre?
—Tiene
el peor caso de asma que he visto en años, pero ella no quiere creérselo. La
tengo
conectada a un nebulizador, pero necesitará que un médico especialista la
examine
y la trate, o de lo contrario esto no será un incidente aislado. Necesita a un
especialista
de inmediato, pero no puedo convencerla.
Tom
esbozó una sonrisa irónica.
—Deje
que lo intente yo —murmuró—. Creo que estoy empezando a saber cómo
tratarla.
¿Piensa usted que su estado viene de antes?
—Sí,
eso creo. La tos la delata. Mucha gente no asocia la tos con el asma, pero, aun
no
siendo
tan común como los jadeos es un síntoma. Le he recetado un inhalador y le he
dicho
que necesita un tratamiento preventivo. Su propio médico podrá prescribírselo.
—Vive
en Denver —dijo Tom. Y no estoy seguro de que vaya a verlo muy a menudo.
—Pues
haría bien en hacerlo —repuso el joven médico—. En esta ocasión se ha salvado
por
muy poco. Unos minutos más y no habría habido nada que hacer.
—Me
lo imagino —dijo Tom tranquilamente
—Le
debe a usted la vida —siguió el médico.
—No
me debe nada, pero voy a asegurarme de que tenga más cuidado desde ahora en
adelante.
—Me
alegro de oírlo.
—
¿Puedo verla?
El
médico sonrió y asintió.
—Por
supuesto. Aunque no podrá hablar con usted. Está muy ocupada respirando.
—Mejor.
Así podrá escucharme sin interrumpirme. Tengo muchas cosas que decirle.
El
doctor se rió y lo llevó a un cubículo mayor donde una demacrada Candy inhalaba
a
través
de una máscara que le cubría parte del rostro. Al mirar a Tom pareció
irritarse.
—Asma
—dijo él, sentándose en un taburete junto a la cama. —Te lo dije, ¿o no?
Candy
no podía hablar, pero sus ojos eran muy elocuentes.
—El
médico dice que necesitas ver a un especialista para tratar tu asma.
Ella
se arrancó la máscara del rostro.
—Sí
—replicó él, volviendo a colocarle la máscara—. El suicidio no es una opción
muy
razonable.
Ella
aporreó el lateral de la cama.
—Lo
sé, no quieres más complicaciones en tu vida —dijo él—. Pero esto podría
haberte
costado
la vida. Tienes que tomar las precauciones necesarias para que no vuelva a
suceder.
Los
ojos de Candy parecían echar chispas. Se removió y negó con la cabeza.
—El
heno y la paja de los ranchos forman una combinación letal —siguió Tom—. Si vas
a
seguir visitando esos lugares tendrás que tener cuidado. Y yo voy a asegurarme
de
que
así sea.
Ella
le lanzó una mirada desafiante que hizo reír a Tom.
—Ya
nos ocuparemos de eso más tarde. ¿Respiras mejor ahora?
Candy
dudó un momento y asintió. Le buscó la mirada y se apartó la máscara por un
segundo.
—Siento
que... hayas tenido que hacerlo. ¿Estás... estás bien?
El
le colocó la máscara en su sitio, conmovido por la preocupación que Candy
mostraba
hacia
él en un momento tan traumático para ella misma.
—Sí,
estoy bien —respondió—. No he tenido tiempo para pensar en mí mismo ni en mis
miedos.
Estaba demasiado ocupado intentando salvarte —añadió con una débil sonrisa.
—Gracias
—murmuró ella con voz ronca y espectral.
—No
hables. Respira.
Ella
soltó un suspiro.
—De
acuerdo.
El
nebulizador tardó mucho rato en vaciarse. Cuando Candy hubo inhalado por
completo
el broncodilatador estaba exhausta, pero ya podía respirar por sí misma.
El
médico volvió a verla e insistió en lo que había dicho antes sobre un
especialista para
el
tratamiento de su asma. Le entregó un inhalador de muestra junto a un par de
recetas.
—Una
es para otro inhalador y la otra es para lo que llamamos un espaciador. Es más
efectivo
que un inhalador de bolsillo. Tiene que seguir las instrucciones y empezar un
tratamiento
lo antes posible. No quiero volver a verla por aquí en este estado —añadió
con
una sonrisa que suavizaba sus palabras.
—Gracias
—dijo ella.
—Para
eso estamos aquí —dijo el médico—. Usted ignoraba que tenía asma, y eso me
resulta
increíble. ¿Nunca ha tenido un médico de familia?
—Sólo
voy al hospital cuando estoy enferma —respondió ella—. No tengo un médico
de
cabecera
—Búsquese
uno —le recomendó el médico—. No espere a que sea demasiado tarde.
Le
estrechó la mano a Tom y salió de la habitación.
Tom
ayudó a Candy a levantarse y la acompañó a recepción, donde ella dio su número
de
tarjeta de crédito y dirección.
—
¿Tampoco tienes seguro médico? —le preguntó.
Ella
se encogió de hombros.
—Nunca
me pareció que fuera necesario.
—Es
absolutamente necesario.
—Esta
noche no. Estoy demasiado cansada para discutir. Lo único que quiero es volver
al
motel.
A
Tom no le hacía ninguna gracia dejarla sola toda la noche.
—No
deberías quedarte sola —dijo, incómodo—. Podría pedirle a una enfermera que se
fuera
contigo.
—
¡No! —rechazó ella con vehemencia—. Puedo cuidarme sola.
—No
te alteres —le dijo él con firmeza—. Eso no te ayudará. Podrías provocarte otro
ataque.
Candy
soltó una temblorosa exhalación.
—Lo
siento. Me he asustado.
—Y
yo también —confesó él—. Nunca había actuado tan rápido en mi vida —le tomó la
mano
y la apretó con fuerza—. No vuelvas a hacerme esto —añadió con voz tensa.
Salieron
al aire libre y ella se giró hacia él.
—
¿Cómo vamos a ir al motel? —le preguntó con preocupación—. ¿Y qué pasa con tu
camioneta?
—Paddy
se ocupará de ella. Y nosotros tomaremos un taxi —añadió con una sonrisa—.
Vamos.
Tengo que hacer algunos arreglos para devolver la avioneta al rancho, y luego
te
llevaré a donde quieras ir.
Candy
esperaba que el taxi los llevara al motel, pero la dirección que Tom le dio al
taxista
era la de la consulta de un médico.
—
¿Pero qué...? —empezó.
Pero
sus protestas cayeron en saco roto. Tom le pagó al taxista y la llevó a la sala
de
espera
del doctor Drew Morris. La recepcionista que sustituía a Kitty, la mujer de
Drew,
los
recibió con una sonrisa.
Tom
le explicó el problema y la mujer los invitó a tomar asiento. No habían pasado
ni
dos
minutos cuando los hizo pasar a una sala de observación.
Drew
Morris entró enseguida y procedió a auscultar a Candy con un estetoscopio,
ignorando
las protestas de ésta. Segundos más tarde, se echó hacia atrás en la silla y
cruzó
los brazos al pecho.
—No
soy su médico, pero lo seré hasta que encuentre a uno. Voy a recetarle un
medicamento
preventivo. Tendrá que tomarlo junto al inhalador que le dio el médico
de
urgencias.
—
¿Cómo sabe que me dio un inhalador? —preguntó Candy.
—Tom
me llamó antes de pedir el taxi —dijo Drew—. Tiene que tomar las medicinas. Si
por
alguna razón éstas dejan de tener efecto, no incremente la dosis. Llámeme
enseguida
o vaya a urgencias. Hoy ha corrido un grave peligro. Tenemos que ser
precavidos.
No se puede curar el asma, pero sí se puede controlarlo. Tiene que prevenir
esos
ataques.
—De
acuerdo —cedió ella—. Haré lo que sea necesario.
—
¿Había tenido problemas como éste con anterioridad?
Ella
asintió.
—Bastantes
veces. Pensaba que sólo se trataba de una simple alergia. Nadie en mi
familia
tiene problemas pulmonares.
—No
tiene porque ser hereditario. Algunas personas lo padecen, simplemente... Hoy
más
que antes, sobre todo los niños. Se está convirtiendo en un problema cada vez
más
grave
y extendido, y estoy convencido de que la contaminación tiene algo que ver.
—
¿Qué pasa con mi trabajo? —preguntó ella—. Me encanta lo que hago.
—
¿A qué se dedica?
—Visito
los ranchos y entrevisto a la gente sobre sus métodos de producción. Y en todo
rancho
hay graneros llenos de paja, silos y elevadores de cangilones.
—Entonces
deberá llevar una mascarilla y usar su inhalador antes de acercarse a esos
lugares
—dijo Drew—. No hay ningún motivo que le impida seguir con su trabajo. Ha
habido
campeones olímpicos con problemas de asma. No la frenará a menos que usted
lo
permita.
Candy
le sonrió.
—Es
usted muy alentador.
—Tengo
que serlo. Mi mujer es asmática.
—
¿Cómo está Kitty? —preguntó Tom.
Drew
soltó una carcajada.
—Embarazada
—respondió, ruborizándose ligeramente—. No podríamos estar más
felices.
—Enhorabuena
—lo felicitó Tom—.Y gracias por atender a Candy.
—Ha
sido un placer —dijo Drew, mirándolos a ambos con un brillo inquisidor en los
ojos.
—Parece
conocerte muy bien —comentó Candy cuando estaban en el taxi de vuelta al
motel.
—Así
es. Yo salía con su mujer, antes de que fuera su esposa —le contó él—.
¿Recuerdas
que
te hablé de ella? Kitty tenía ataques de tos.
—Oh,
sí, ya me acuerdo —dijo ella, un poco incómoda. Por lo visto Tom había salido
con
muchas mujeres, a pesar del dolor por la pérdida de su novia.
—Kitty
era muy dulce y encantadora. Me gustaba mucho —siguió Tom—. Pero ella
amaba
a Drew. Me alegro de que acabaran juntos. Drew estaba sufriendo mucho por su
difunta
esposa. La gente del pueblo pensaba que nunca volvería a casarse. Pero se
enamoró
locamente de Kitty.
—Es
muy simpático.
—Sí,
pero como todos los médicos de por aquí tiene mucho temperamento —repuso él.
Se
inclinó hacia el taxista y le dijo que parara en la farmacia más cercana—.
Tienen que
llenarte
los inhaladores. Esperaremos a que lo hagan en la farmacia y pediremos otro
taxi.
—Puedo
hacerlo mañana —dijo ella.
—No
—rechazó él terminantemente.
Se
detuvieron en la farmacia para pedir las recetas y luego siguieron hasta el
motel. Tom
dejó
a Candy en la habitación y se aseguró de que tuviera un cubo de hielo y algunas
bebidas
antes de marcharse, de modo que no tuviera que salir a buscarlas.
—Intenta
descansar un poco —le sugirió.
—Pero
apenas hemos visto el rancho de Matt —protestó ella con el ceño fruncido—.
¿Cómo
voy a escribir el artículo?
—Matt
dijo que podía enviarte por fax la información que necesites —respondió él—.
Le
explicaré la situación para que puedas preparar las preguntas.
—Eso
sería muy amable de tu parte —dijo ella.
El
le sonrió, sintiéndose protector y posesivo a la vez.
—Podría
acostumbrarme a esto, ¿sabes?
—
¿A qué?
—A
cuidar de ti —respondió suavemente, y se inclinó para rozarle la boca con los
labios—.
Túmbate y descansa un rato. Volveré más tarde a buscarte y te llevaré a comer.
Ella
puso una mueca.
—Me
gustaría. Pero estoy muy cansada, Tom.
Realmente
parecía cansada, con expresión de fatiga y arrugas alrededor de la boca y los
ojos.
—En
ese caso, te traeré algo —propuso él—. ¿Qué te gustaría?
—Cerdo
lo meim —respondió ella de inmediato.
—Mi
favorito —corroboró él con una sonrisa—. Te veré a las seis.
—De
acuerdo.
Tom
acabó sus tareas en el comedero, después de que Paddy lo llevara en la
camioneta
al
pueblo. Llevó a Paddy al rancho y luego fue a buscar la cena para Candy. Le
llevó la
comida
al motel, donde cenaron en silencio y luego vieron una película en el canal de
pago
de la habitación.
No
había acabado la película cuando Candy estaba enroscada contra él, durmiendo
plácidamente.
Tom la abrazó, maravillándose por la intimidad que compartían, por la
fragilidad
de Candy y por su propia fuerza. No había pensado en comprometerse con
nadie
desde que perdió a Anita, pero Candy se había deslizado en su vida con tanta
naturalidad
que él había aceptado su presencia sin el menor recelo.
Bajó
la mirada a sus tiernos ojos cerrados. No quería volver al comedero. Quería
quedarse
allí con ella toda la noche. Pero si lo hacía, la estaría poniendo en un
compromiso.
Y no podía arriesgarse a ello. No era probable que Candy quisiera
comprometerse
tan pronto. Sería una locura empezar algo con una mujer que vivía a
varios
estados de distancia, pero Tom no podía quitarse la idea de la cabeza.
En
aquel momento supo que Candy lo tenía de una manera que ninguna distancia ni
circunstancia
podría romper. Y estaba asustado.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL PENULTIMO CAPITULO ... TRES O MAS Y AGREGO EL FINAL ... HASTA PRONTO
Al Virgiii! Mira que nos has tenido es espera.
ResponderEliminarSiguelaaa. Me encantaa
Al Virgiii! Mira que nos has tenido es espera.
ResponderEliminarSiguelaaa. Me encantaa
Awww
ResponderEliminarSube pronto