sábado, 13 de agosto de 2016


CINCO-FINAL

Tom agachó la cabeza y besó los párpados de Candy, rozándolos suavemente con los
labios hasta que éstos se levantaron.
Candy lo miró medio dormida, pero con una confianza absoluta. Le rodeó
inconscientemente el cuello con los brazos y tiró de él hacia abajo para besarlo con
calma y ternura.
El gimió y ella sintió cómo se movía para acomodar el cuerpo al suyo. El beso aumentó
de presión, hasta que una de las largas piernas de Tom se deslizó entre las suyas.
Aterrorizada por la repentina falta de aire, Candy lo empujó en el pecho.
El levantó la cabeza, respirando agitadamente, y enseguida entendió por qué ella se había apartado.
—Lo siento —murmuró, y desplazó la boca hasta su barbilla, su cuello y la abertura de
la blusa mientras con los dedos desabrochaba los botones para exponer la piel suave a sus labios.
Candy le aferró la camisa y dudó, invadida por un caudal de nuevas sensaciones. Le
encantaba el tacto de su boca, y no protestó cuando él le retiró del hombro el tirante del
sujetador y probó una carne que nunca había recibido el contacto de un hombre.
Cedió al instante y se arqueó para recibir sus labios, apartando la tela para facilitarle el
acceso. Sintió cómo su boca se cerraba en torno al pezón endurecido, y la repentina
presión la hizo gemir de placer.
El levantó la cabeza y miró el punto que su boca acababa de tocar. Le acarició
sensualmente el pecho y se inclinó para volver a besarlo, antes de colocarle el sujetador en su sitio y abotonarle la blusa.
Candy lo miró con ojos interrogantes, pero él sonrió y la besó suavemente en los labios.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —susurró—. Pero en estos momentos eres un
pajarillo herido y yo tengo que cuidar de ti.
Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas. Nunca había recibido una ternura semejante.
Era una sensación completamente nueva y abrumadora.
—No llores —le pidió él, apartándole las lágrimas con besos—. Ahora vas a estar bien.
Nada malo te ocurrirá mientras yo esté cerca.
Ella se aferró a él con todas sus fuerzas y enterró la cara en su cuello mientras las
lágrimas la desbordaban.
—Oh, Candy —murmuró él, y la meció en sus brazos hasta que ella recuperó el control.
Entonces se levantó de la cama y tiró de ella.
—Lo siento —sollozó ella—. Supongo que estoy cansada.
—Yo también —respondió él, rozándole la nariz con la boca—.Voy a volver al
comedero. ¿Quieres que te traiga alguna cosa antes de irme?
Ella negó con la cabeza y sonrió dubitativamente.
— ¿Qué pasa con la pesca de mañana?
Tom sonrió.
—Estoy dispuesto si tú lo estás.
—Me tomaré las medicinas —dijo ella, aunque sin mucho entusiasmo.
—Más te vale, o no iremos a ninguna parte —le advirtió él.
Ella arrugó la nariz.
—Eres un aguafiestas.
—Odio los hospitales —se limitó a responder él—. Tenemos que mantenerte lejos de
ellos.
—Lo intentaré.
—Bien.
—Gracias por haberme salvado la vida —dijo ella, muy seria—. Sé que volver a pilotar
un avión debe de haberte traído recuerdos horribles.
Tom no estaba dispuesto a admitirlo. No quería pensar en ello.
—Intenta dormir un poco —le dijo con una amable sonrisa—. Quiero verte radiante por
la mañana. Si te sientes con ganas de ir, iremos. Si no, encontraremos otra forma de pasar el tiempo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió ella con una sonrisa vacilante.
Tom la soltó y volvió al barrancón del comedero, pero no consiguió pegar ojo. Una y otra vez veía el rostro de Anita. Finalmente se levantó con un gemido y desistió en su
intento de borrar los recuerdos. Era inútil.

A la mañana siguiente, Tom y Candy fueron a pescar al río, armados con cañas,

cebos y anzuelos. En opinión de Candy, era una ingenuidad intentar pescar algo con

medios tan primitivos. Tom se limitó a sonreír. Encendió una pequeña hoguera y puso

una sartén a calentar. Iba a invitarla a comer pescado fresco.

La idea era tentadora, pero estuvieron tres horas sentados en la orilla sin conseguir otra

cosa que picaduras de tábanos y mosquitos.

—Es por estos aparejos prehistóricos —comentó Candy con una mirada maliciosa—.

¡Seguramente los peces estén riéndose en el fondo del río!

—No es prehistórico —dijo él—. Les da a los peces una oportunidad.

— ¡Una oportunidad! —espetó ella, haciendo un gesto hacia el río—. ¿A quién se le

ocurre usar gusanos para pescar a una lubina que se precie?

—Espera al próximo torneo de pesca —repuso él con una sonrisa burlona—.Ya veremos

quién ríe el último.

Candy le sonrió. Le gustaba discutir con él. Tom era muy divertido. Con él se había

reído más en los últimos días que en toda su vida. Tom la hacía sentirse viva y le hacía

encarar el futuro desde una nueva perspectiva. Dejó la caña y se estiró perezosamente al

tiempo que soltaba un suspiro.

Tom la observó con interés.

—Una mujer a la que le gusta pescar —musitó—.Y a la que no le importa mancharse las

manos...

—También me gusta la jardinería —comentó ella—. Solía plantar flores cuando vivía en

casa. Pero ahora nadie lo hace.

El hizo un mohín con los labios y miró el suave oleaje del río. Estaba pensando en

parterres floridos y una casita lo bastante grande para dos personas.

Ella lo miró con sus grandes y cálidos ojos.

—Me lo he pasado muy bien aquí —dijo—. Lamento tener que irme mañana.

La realidad impactó de lleno en Tom, quien giró la cabeza y la miró. Se encontró con los

ajos de Anita, mirándolo fijamente.

—¿Tienes que marcharte? —preguntó, parpadeando un par de veces.

Ella asintió tristemente.

—Tengo que escribir todos esos artículos y ocuparme del trabajo atrasado. Seguro que

mi mesa está enterrada bajo una montaña de papeles.

—En Denver...

—Sí, en Denver —afirmó. Recogió el sedal y dejó la caña junto a ella—. Esta ha sido la

semana más maravillosa que puedo recordar. Gracias por haberme salvado la vida.

Tom frunció el ceño. Tenía la vista fija en su propio sedal, pero no lo estaba viendo.

—¿No podrías quedarte otra semana?

—No podría justificar el retraso —dijo ella tristemente—.No puedo olvidarme de mi

trabajo y hacer lo que me plazca. Ya no tengo a mi madre para que me mantenga —

añadió—. Debo trabajar para vivir.

Tom se sentía más malhumorado de lo que había estado en años. Tiró del sedal y lo

enrolló entorno a la caña.

— Sé lo que es eso —dijo—. Yo también trabajo para vivir —giró la cabeza y la miró a

los ojos.

Quería pedirle que se quedara. Quería decirle lo empezaba a sentir por ella. Pero no

podía encontrar las palabras.

Ella vio la duda en su expresión y se preguntó cuál sería la causa. El se levantó y

recogió en silencio las cañas. Las llevó a la camioneta y miró su reloj.

—Hoy viene otro grupo de ganaderos al comedero —dijo—. Te invitaría a comer, pero

no tengo tiempo.

—No pasa nada —respondió ella con una sonrisa—. Me lo he pasado muy bien.

Aunque no hayamos pescado nada.

Tom deseó poder hacer algún comentario jocoso, pero la tristeza le oprimía el corazón.

Apagó la hoguera, recogió la sartén y la botella de aceite y lo llevó todo a la camioneta.

Condujo en silencio hasta el motel, sumido en una actitud distante y taciturna.

Al llegar, Candy se bajó de la camioneta e hizo ademán de dirigirse hacia su habitación,

pero aguardó un momento con la puerta abierta.

—Supongo que no tendrás que ir a Denver para nada —dijo.

El negó con la cabeza.

—La verdad es que no.

—Y ésta es la primera vez que yo vengo a Jacobsville. No creo que me hagan venir otra

Vez.

Ella miró a los ojos y le dolió ver la tristeza que ensombrecía su rostro. De nuevo estaba

recordando a Anita... recordando lo que había sentid al perderla.

—Ha sido muy divertido —dijo con una sonrisa forzada. Me alegro de haberte

conocido. Y sigue tomando tus medicinas —añadió con firmeza.

—Sabré cuidar de mí misma —le aseguró ella—. Haz tú lo mismo —añadió

amablemente.

A Tom no le gustó nada la preocupación que vio en sus ojos ni la suavidad de su voz.

No quería amar a alguien que tenía tanta prisa por abandonarlo.

Se inclinó sobre el asiento y cerró la puerta.

—Que tengas un buen viaje de regreso —le dijo, salió disparado del aparcamiento. Ella

se quedó mirando cómo se alejaba, perpleja. Había creído que algo estaba naciendo

entre los, pero Tom parecía muy impaciente por alejarse de ella. Se mordió el labio

inferior y se giró para dirigirse hacia su habitación. Era sorprendente lo equivocado

que había demostrado estar últimamente su instinto, pensó mientras abría la

puerta. Parecía que no podía confiar en su criterio en lo que se refería a los hombres.

Tom estaba sintiendo algo similar mientras conducía furiosamente de vuelta al

comedero. No podía suplicarle a Candy que se quedara. Si su trabajo era tan importante

para ella, ¿quién era él para detenerla? Tal vez se había precipitado demasiado en sus

conclusiones y ella no lo deseaba para nada permanente. Aquel pensamiento lo irritaba

y cuanto más pensaba en ello, más frustrado se sentía.

Por la noche no podía aguantar más. Cenó en el barracón y luego condujo hasta el bar

más famoso del condado para beber hasta olvidar.

Era consciente de la estupidez que estaba haciendo, de modo que bebió aún más. En

pocos minutos tenía los ojos llorosos y estaba buscando pelea.

Cy Parks, normalmente tan insociable y que apenas se dejaba ver por el pueblo, se había

pasado por el bar para tomarse una cerveza y lo vio nada más entrar. Se hizo una idea

bastante acertada de por qué estaba Tom allí, y sabía quién era la única persona que

podía hacer algo. Salió del bar y se dirigió hacia el motel donde se alojaba Candy.

Llamó a la puerta con su mano sana y Candy le abrió. Llevaba unos vaqueros y un top y

el pelo suelto le caía hasta los hombros. Se quedó boquiabierta al ver quién estaba en su

puerta.

— ¡Señor Parks! —exclamó—. ¿Ha venido para decirme algo sobre el artículo?

El sacudió la cabeza.

—He llamado a Justin Ballenger desde mi coche y le he preguntado dónde te

hospedabas —explicó. Sus negros ojos brillaban, y no sólo de impaciencia. Parecía casi

divertido—. Pensé que tal vez gustaría saber que Tom Kaulitz está como una cuba en el

bar. Parece dispuesto a romper algo. Se me ocurrió que quizá podrías intentar que no

acabara en la cárcel.

— ¿En la cárcel? —repitió ella, horrorizada. Cy asintió.

— Se rumorea que el sheriff no le dará una segunda oportunidad si vuelve a destrozar

el bar.

—Oh, Dios mío —murmuró ella—. ¿Puede llevarme hasta allí?

Cy volvió a asentir.

—Para eso he venido.

Candy no dudó ni un segundo. Se subió de un salto al lujoso coche de Cy y se abrochó

el cinturón de seguridad antes incluso de que él se hubiera sentado al volante.

—Yo lo obligué a volar. Tuve un ataque de asma en el rancho Caldwell y él tuvo que

traerme al pueblo en el avión de Matt para poder llegar a tiempo. Por mi culpa han

vuelto a acosarlo recuerdos de aquella pobre chica que murió en el accidente. Pobre

Tom...

Cy la miró.

— ¿Estás segura de que fue eso lo que lo llevó al bar?

—No se me ocurre ninguna otra explicación.

Cy sonrió para sí mismo.

—Justin dice que le dijiste que te marcharás mañana

— Es cierto —corroboró ella—. El jefe sólo me dio una semana para preparar estos

artículos. No puedo quedarme más tiempo.

Cy no dijo nada, pero permaneció pensativo mientras conducía. Aparcó frente al bar y

apagó el motor.

— ¿Quieres que entre contigo? —le ofreció a Candy. Ella lo miró de arriba abajo y a

punto estuvo de decir que sí. Cy parecía un hombre duro, incluso con una mano

dañada. Pero sería una cobardía protegerse tras un hombre, pensó Candy.

—Gracias, pero creo que iré yo sola —dijo.

—Entonces esperaré aquí fuera —respondió —Por si acaso.

Candy sonrió.

—Gracias.

Salió del coche y caminó con cautela hacia el bar. No se oía nada, ni el sonido de los

vasos al chocar, ni murmullos de conversaciones ni música. El grupo estaba sentado en

silencio, y los clientes se apiñaban en torno a una mesa de billar. De pronto un palo de

billar surgió sobre las cabezas y volvió caer con fuerza. Se oyó un crujido siniestro,

seguido de un ruido sordo y un impacto más fuerte.

Siguiendo su intuición, Candy avanzó hacia multitud. Tom estaba inclinado sobre un

vaquero al que le sangraba la nariz. Tenía los puños apretados y una expresión

amenazadora.

Sin dudarlo, Candy se lanzó hacia él y le agarró uno de sus grandes puños con las

manos.

Él dio un respingo y la miró como si estuviera alucinando.

— ¿Candy? —la llamó con voz áspera y rasposa. Ella asintió y sonrió con más

seguridad de la que sentía.

—Vamos, Tom.

Tiró del puño hasta que consiguió que Tom lo abriera y le asiera la mano. Le sonrió

tímidamente a la desconcertada audiencia y volvió a tirar, haciendo que Tom la siguiera

torpemente.

— ¡No te olvides del sombrero! —gritó un vaquero, arrojándoles el sombrero de ala

ancha de Tom. Candy lo atrapó al vuelo.

Los murmullos fueron creciendo de intensidad a medida que se acercaban a la puerta.

Al salir, Tom se llenó los pulmones del fresco aire nocturno y a punto estuvo de

tropezar en los escalones. Candy se puso bajo su brazo para sostenerlo.

—Dios mío, Candy... no... no tendrías que estar aquí —consiguió decir él—. ¡Te podría

haber pasado cualquier cosa en un antro como éste!

—El señor Parks me dijo que la policía te detendría si volvías a destrozar el local —dijo

ella simplemente—. Tú me rescataste, y ahora soy yo quien te rescata a ti.

Tom empezó a reírse.

— Vaya... —murmuró—.Y ahora que me has rescatado, ¿qué vas a hacer conmigo? —le

preguntó en tonos sensual.

—Si me quedara algo de sentido común, te daría con una sartén en la cabeza —masculló

Cy. Apartó a Candy y llevó a Tom hasta el coche. Lo metió a empujones en el asiento

trasero y cerró con un portazo tras él—. Lo dejaremos en el comedero y luego te llevaré

al motel. Justin enviará a alguien para recoger la camioneta.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Tom en tono agresivo—. ¿Te ha traído ella?

—Pues claro —respondió Cy con sarcasmo mientras sacaba el coche del aparcamiento—

.Fue en mi propio coche hasta mi casa, me sacó a rastras y me obligó a venir a buscarte.

Tom parpadeó, perplejo.

—Siento haberte hecho volar —dijo Candy, girándose en el asiento para mirarlo—. Sé

que fue ésa la razón de que estés así.

— ¿El qué, volar? —murmuró él, ligeramente confundido—. De ningún modo. No fue

eso.

— ¿Entonces qué fue?

—Quieres irte a casa —dijo él pesadamente. Se recostó en el asiento y cerró los ojos,

ajeno a la mirada de la mujer que tenía delante—. Quieres irte y alejarte de mí. Tenía un

trabajo que me empezaba a gustar, pero si no puedo tenerte a ti, nada me merece la

pena.

Cy intercambió una mirada divertida con una Candy que se había quedado

absolutamente perpleja.

— ¿Y si se quedara? —le preguntó a Tom—. ¿Qué podría ofrecerle un hombre que se

emborracha todos los sábados por la noche?

—Si se quedara, no tendría ningún motivo para beber los sábados por la noche —

murmuró Tom somnolientamente—. Compraría una casita con jardín y ella podría

plantar flores —soltó un bostezo—. Un hombre podría matarse a trabajar por una mujer

como ella, tan especial, tan...

Cayó dormido sin poder decir más. Candy sintió que el corazón se le subía hasta la

garganta.

— Sólo está bebido —dijo, intentando racionalizar lo que había oído.

—Es como el suero de la verdad —replicó Cy—.Y ahora que lo sabes, ¿te marcharás del

pueblo? —le preguntó, mirándola fijamente.

— ¿Me toma el pelo? —preguntó ella con los ojos muy abiertos—. ¿Como voy a

marcharme después de una confesión como ésta? ¡De ninguna manera ¡Voy a ser la

sombra de Tom hasta que me compre un anillo!

Parks echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Tom se despertó en una gran cama que no era la suya. Abrió los ojos y vio un techo que

no se parecía al del barracón. Y podía oír una respiración suave que no era la suya.

Giró la cabeza... y allí, a su lado, cubierta por una sábana, estaba Candy Marshall,

durmiendo plácidamente. Llevaba un camisón corto de seda rosa y su largo pelo oscuro

se derramaba sobre la blanca almohada.

Tom se miró y vio que aún llevaba la ropa de la noche anterior, menos las botas. Se

aclaró la garganta y la cabeza empezó a palpitarle.

—Oh, Dios... —murmuró con un gemido, al darse cuenta de lo que había pasado. La

pregunta era ¿cómo había llegado hasta allí, a estar en una cama con Candy?

Ella se agitó y abrió sus encantadores ojos aterciopelados.

— ¿Qué estamos haciendo en una cama? —preguntó él, medio aturdido.

—No mucho —repuso ella.

El se rió suavemente y se agarró la cabeza.

— ¿Qué tal si te traigo una aspirina y un poco de café? —le preguntó ella.

— ¿Qué tal si me pegas un tiro? —sugirió él.

Candy se levantó de la cama con un movimiento elegante y sensual y fue a enchufar la

cafetera de la habitación. Sacó un frasco de aspirinas del bolso y se detuvo antes de

llevarlo todo a la cama para usar el inhalador que le había recetado el doctor Morris.

—Buena chica —murmuró Tom con voz ronca.

—Bueno, tengo que cuidar de mí misma para poder cuidar de ti —le dijo, llevándole la

aspirina y un vaso de agua—. Tómate esto —le ordenó—. ¡Y como se te ocurra volver a

pisar un bar un sábado por la noche, te daré con una sartén de hierro en la cabeza!

—Te detendrían por abusar de tu pareja —señaló.

— ¿Por qué no empiezas a predicar con el ejemplo? —lo retó ella.

Tom soltó una débil carcajada y se tragó la aspirina.

—¿De acuerdo. ¿Te casarás conmigo, con defectos y todo?

—Sólo hace una semana que nos conocemos —arguyó ella—. Es muy probable que no te

guste cuando me conozcas mejor.

—Sí me gustarás. ¿Te casarás conmigo?

Candy esbozó una sonrisa encantadora.

—Claro que sí.

Tom volvió a reírse, ésta vez de puro gozo.

—¿Te importa venir aquí a sellar el trato?

Ella dudó un momento.

—No, mejor no. Estás en un estado lamentable. Primero tienes que recuperarte de tu

resaca y lavarte un poco.

Tom suspiró.

—Supongo que debo de tener un aspecto horrible.

—Y aún apestas a alcohol. Por cierto, yo no bebo. Nunca.

El se apresuró a levantar una mano.

—Desde ahora en adelante, juro que no beberé más que café, te o leche.

—Buen chico. En ese caso, podemos casarnos la semana que viene. Antes del sábado

por la noche—añadió con una sonrisa.

Tom la miró con ojos muy abiertos.

—No fui a beber por haber vuelto a volar —confesó—. Sino porque te había perdido.

No soportaba que fueras a abandonarme. Pero en esta ocasión el alcohol no me sirvió de

nada. Si te casas conmigo, no volveré a tener la necesidad de beber ni de olvidar.

Tendremos una casa con jardín donde puedas plantar flores... Y podemos tener hijos —

añadió, recorriéndole el cuerpo con la mirada.

—Me encantaría —dijo ella con una radiante sonrisa.

—Podría ser arriesgado.

—Lo consultaremos con el doctor Morris. Puesto que voy a vivir en Jacobsville, él

puede ser médico.

Tom le dedicó una mirada cargada de sentimiento.

—No sabía que algo así podría suceder —dijo. Creía que el amor estaba muerto y

enterrado. Pero no es así.

La sonrisa de Candy se ensanchó aún más.

— Yo ni siquiera sabía lo era el amor….. hasta ahora

Tom abrió los brazos y ella se refugió en ellos, y por un largo rato los dos estuvieron en

silencio, compartiendo el maravilloso amor que nacía entre los dos.

Finalmente él levantó la cabeza y contempló el tesoro que tenía en los brazos.

—Si quieres, puedo volver a trabajar en mi empresa de transporte aéreo.

— ¿Quieres tú?

Él pensó en la pregunta durante un minuto.

—La verdad es que no. Eso formó parte de mi vida en su tiempo, pero siempre estará

relacionado con los malos recuerdos —dijo, y le puso una mano en los labios cuando

ella se dispuso a hablar—. No sigo, añorando a Anita —añadió tranquilamente—

Siempre la echaré de menos y lamentaré su muerte. Pero mi corazón no fue enterrado

con ella. Es contigo con quiero estar y son tus hijos los que quiero tener. Y disfruto

trabajando en el comedero. En ciertos aspectos, es un desafío —sonrió. Y si tú te dedicas

a promocionar la asociación de ganaderos, tendremos mucho más en común.

— ¿Crees que me permitirían hacerlo? —preguntó ella sonriendo.

— ¡ Te suplicarán que lo hagas! —le aseguró él—. La pobre señora Harrison es quien se

ocupa de ello, y odia hasta la última palabra que escribe. Te hará tartas y pasteles si la

libras de esa fatigosa tarea.

—En ese caso, creo que me gustará mucho hacerlo.

—Y además trabajaríamos juntos —siguió él, y se inclinó para besarla con ternura—.

Oh, Candy, ¿qué he hecho para merecer a alguien como tú? ¡Te amo!

Candy tiró de él hacia ella.

—Y yo a ti.

Ninguno de los dos se preguntó cómo era posible que el amor los hubiera sorprendido

de forma tan repentina. Se casaron y pasaron la luna de miel en Galveston, disfrutando

de largos paseos por la playa y de la pasión que encontraban el uno en los brazos del

otro.

—Mi madre quiere venir a visitarnos cuando volvamos de la luna de miel —le comentó

Candy a Tom tras una larga y dulce mañana de placer, acurrucándose junto a él bajo la

sábana—. Me dijo que esperaba que fuéramos felices.

—Lo seremos —murmuró él, acariciándole pelo—. ¿Quieres verla?

—Creo que va siendo hora de hacer las paces con ella —respondió Candy—. Tal vez yo

sea tan culpable como ella por vivir anclada en el pasado. Pero se acabó—añadió

mirándole con unos ojos llenos de amor—Me encanta estar casada.

—¿Eso es una insinuación? —susurró él, tumbándose encima de ella.

—Una insinuación descarada —corroboró ella, rodeándole una pierna con la suya, y

gimió suavemente cuando él la besó en los labios.

—Lo que sea por complacerte...

Ella se rió y ahogó un gemido al tiempo que una espiral de placer empezaba a recorrerle

el cuerpo. Cerró los ojos y se abandonó a la exquisita sensación. El amor era el más

indescriptible de los placeres compartidos, pensó.

Fuera, las olas rompían en la playa y las gaviotas chillaban a la luz del amanecer. Los

sonidos del exterior llegaban a Candy, pero estaba tan cerca del cielo que apenas oía

nada.

Cuando el vendaval de placer amainó, Candy sostuvo a un Tom exhausto contra su

corazón y pensó en jardines floridos y en un futuro lleno de delicia y felicidad. Cerró los

ojos y sonrió mientras soñaba.

Tom sintió cómo el cuerpo de Candy se relajaba y contempló su rostro durmiente con

una expresión amorosa. De vivir una pesadilla a vivir aquello, pensó. Gracias a Candy

volvía a ser un hombre íntegro. Ella había borrado la culpa del pasado y el dolor, y le

había ofrecido un corazón nuevo al que adorar. Y él sabía que sus días con la bebida

habían terminado para siempre. Candy lo haría feliz, y él a ella.

La abrazó con ternura y cubrió a ambos con la sábana. Antes de quedarse dormido, su

mente ya había empezado a dibujar los planos de esa casita en la que los dos

compartirían el resto de sus vidas.

FIN


HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL ... ESPERO Y LES HAYA GUSTADO.

AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ- GUY FELTON

LINK DE LA NUEVA NOVELA:     http://hombres-texastom132.blogspot.mx/

jueves, 11 de agosto de 2016

CUATRO
Matt Caldwell era un hombre apuesto y bien parecido, y tenía una personalidad vivaz
que combinaba con su aspecto delgado y esbelto. Ayudó a Candy a bajar de la
camioneta con unos modales exquisitos que inmediatamente la cautivaron.
—Me alegro de tenerla aquí antes de marcharme—dijo Matt, y saludó a Tom
cuando éste rodeó la camioneta—. Haré que Paddy os enseñe el rancho. Ojalá pudiera hacerlo yo,
pero llego tarde a una importante reunión en Houston —miró la hora en su reloj—. No tengo ni un minuto libre. Creo que debería bajar el ritmo.
—No te haría ningún daño —dijo Tom, riendo. Candy Marshall, te presento a Matt
Caldwell.
—Encantada de conocerlo —dijo Candy con una sonrisa, al tiempo que extendía la
mano.
Mat se la estrechó efusivamente.
—Los publicistas van cada día más arreglados— comentó—. El último que tuvimos aquí
tenía veinticinco años, iba sin afeitar y no sabía distinguir un toro Santa Gertrudis de
una Holstein.
—Me afeité la barba esta misma mañana —bromeó ella.
—Me alegra saber que cuida su higiene personal —repuso él, riendo—. Paddy le enseñará
todo lo que quiera ver. Si necesita hablar conmigo, estaré de v mañana por la mañana. Y
si eso no le resulta lo bastante pronto, puede enviarme las preguntas por fax. Las
responderé enseguida —le tendió una tarjeta con el logo de Mather Caldwell
Enterpripes en relieve.
—Impresionante —dijo ella.
—No tanto —respondió él, riendo, y miró a Tom con un brillo calculador en los ojos—.
Si quieres ofrecerle una vista aérea del rancho, la Cessna está lista para volar.
El rostro de Tom se endureció al pensar en la pequeña avioneta. Era el tipo de aparato
con el que se había estrellado tres años antes.
—Yo ya no vuelo.
—Es una lástima —murmuró Matt.
—En cualquier caso, ella quiere ver el ganado de cerca.
— He comprado un toro Santa Gertrudis del rancho King —les dijo Matt, y les estrechó
la mano a ambos. —.Tengo que irme. Paddy vendrá enseguida. Estaba conmigo cuando
habéis llegado, pero ha tenido que quedarse en el despacho atendiendo una llamada. Podéis
esperarlo sentados en el porche
—Es un porche muy bonito —comentó Candy.
Matt sonrió.
—Compré la casa por el porche. Me gusta sentarme aquí fuera en las cálidas noches
veraniegas y escuchar a Rachmaninoff.
Se subió a su Mercedes y condujo hacia el pequeño hangar y la pista de aterrizaje que
apenas se distinguían a lo lejos.
— ¿Hace esto muy a menudo? ¿Ofrecerte su avión? —preguntó Candy cuando
estuvieron cómodamente sentados en el columpio del porche.
—Cada vez que nos vemos —respondió él con resignación—. Supongo que ya me he
acostumbrado, lo que no quiere decir “que me guste”—añadió.
Candy no sabía cómo responder a eso, y agradeció que Paddy Kiograw eligiera aquel
momento para salir al porche. Era un hombre pequeño y encogido de ojos azules y
brillantes. Se quitó el sombrero, revelando una gran calva rodeada por una franja de
pelo rojizo y les estrechó calurosamente las manos. Los condujo al granero y Candy
empezó a tomar notas.
El rancho de Matt era enorme, pero tenía un toque personal. Conocía a todos sus
animales por el nombre, y al menos dos de los toros eran mansos. A Candy le encantó
cómo le rozaron la mano con el hocico cuando se acercó a ellos. Para su madre, el
ganado no era más que carne para el matadero, pero Candy prefería un rancho que
mantuviera vivos a los animales y donde su propietario los cuidara propiamente.
Incluso el arisco Cy Parks se preocupaba por el bienestar de su ganado y nunca lo
trataba como si fuera una inversión.
Pero el granero, a pesar de estar limpio y ventilado, estaba lleno de paja y era un lugar
cerrado.
Apenas habían entrado cuando Candy empezó a toser. Se dobló por la cintura y no
pudo parar.
Tom le pidió a Paddy que le llevara una taza de café. El hombre salió corriendo a
buscarla, y mientras Tom levantó a Candy en brazos y la sacó del granero. Pero Candy
siguió tosiendo en el exterior, sentada en el escalón de la camioneta. Las lágrimas le
resbalan por las mejillas, que estaban rojas como la grana.
Paddy apareció con la taza de café.
—Está frío. ¿Servirá? —preguntó rápidamente.
—Sí. Lo que necesitamos es la cafeína —dijo Tom. Llevó la taza a los labios de Candy,
pero ella seguía tosiendo y no podía beber entre las convulsiones. El rostro de Tom se cubrió de pánico—. Creo que es un ataque de asma —dijo bruscamente, mirando; Paddy.
— ¿Tiene un inhalador? —preguntó Paddy. Tom negó con la cabeza.
—Ningún médico le ha diagnosticado todavía el asma. ¡Maldita sea!
Ella volvió a doblarse por la cintura, y esa vez empezó a jadear al toser. Parecía
empeorar a cada segundo, como si le costara aspirar una simple bocanada de aire.
— ¡Son veinticinco minutos hasta Jacobsville! —exclamó Tom—. ¡No podremos llegar a
tiempo!
—Id en la Cessna —dijo Paddy—. Tengo las llaves en el bolsillo. El jefe dijo que tal vez
te gustaría enseñarle el rancho desde el aire.
La expresión de Tom se ensombreció.
—No puedo, Paddy —espetó, atormentado por los recuerdos de su último vuelo.
Paddy le puso una mano firme en el hombro.
—Su vida depende de ello —le recordó seriamente—. ¡Sí puedes! Aquí tienes las llaves.
¡Vamos!
Tom miró otra vez a Candy y gimió. Tomó las llaves de Paddy, subió a Candy a la
camioneta y salió disparado hacia la pista de aterrizaje, con Paddy encaramado a la caja
de carga.
Detuvo la camioneta en el hangar y dejó a Candy en la cabina y mientras Paddy y él
sacaban la Cessna a la pista. Entonces Tom llevó a Candy al avión y la sentó en el
asiento del copiloto, asegurándole firmemente el cinturón. Candy apenas estaba
consciente, emitiendo estertores escalofriantes mientras luchaba desesperadamente por
respirar.
—Lo conseguirás —dijo Paddy con convicción—. Llamaré por teléfono y haré que una
ambulancia os esté esperando en Jacobsville con todo lo necesario. ¡Y ahora marchaos!
—Gracias, Paddy —gritó Tom mientras subía al avión.
Hacía mucho tiempo que no volaba, pero era como montar en bicicleta. Nunca se
olvidaba. Arrancó el motor y comprobó con un rápido vistazo los indicadores y
controles. Guió el pequeño avión hacia la pista y rezó una oración silenciosa.
—Todo va a salir bien, cariño —le dijo a Candy con voz áspera—. Intenta aguantar.
¡Enseguida llegaremos al hospital!
Ella no podía responder. Se sentía como si se estuviera ahogando, incapaz de tomar
aire. Se aferró al borde del asiento y lloró en silencio, aterrorizada, mientras la avioneta
enfilaba la pista y se elevaba en el aire.
Tom maniobró los controles y puso rumbo a Jacobsville, dándole gracias a Dios por
saber pilotar un avión. Podía ver que Candy empezaba a ponerse azul y a perder la
consciencia.
—Sólo un poco más, cariño —le suplicó por encima del ruido del motor—. ¡Sólo un
poco más! ¡Aguanta, por favor!
Siguió hablándole y dándole ánimos durante todo el trayecto hasta el aeródromo de
Jacobsville. Estaba tan angustiado por ella que su miedo a volar pasó a un segundo
plano. Llamó por radio a la torre de control y recibió permiso inmediato para aterrizar.
El aterrizaje fue impecable. Una ambulancia estaba esperando en la pista con las luces
encendidas.
Segundos más tarde, Candy estaba tendida en la ambulancia, conectada a una bomba
de oxígeno y atendida por un médico de urgencias. Tom le apretaba la mano mientras
se dirigían a toda velocidad hacia el hospital, rezando en silencio para no perderla
cuando apenas acababa de encontrarla.
Cuando la ambulancia se detuvo en la entrada de Urgencias, Candy había recuperado
un poco de color y su respiración era menos agónica. El médico de guardia acudió
rápidamente junto a las enfermeras y supervisó su ingreso en el hospital.
—Puede esperar en la sala de espera —le dijo una enfermera a Tom con una amable
sonrisa—. No se preocupe. Se pondrá bien.
Era muy fácil decirlo, pensó él. Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y
empezó a andar nerviosamente de un lado para otro, ajeno a las otras personas que
aguardaban en la sala. No podía recordar la última vez que había estado tan asustado.
Miró hacia las puertas oscilantes por las que había desaparecido Candy y suspiró. Su
aspecto había mejorado una vez que le pusieron la máscara de oxígeno, pero Tom sabía
que haría falta algo más para que se recuperara por completo. Estaba casi convencido
de que la tendrían en observación toda la noche. Ojalá fuera así. Candy era muy
cabezota y no se le daba bien acatar las órdenes de nadie.
Justo cuando estaba pensando en atravesar las puertas, entró el médico y le hizo un
gesto para que lo acompañara.
Lo llevó a un cubículo vacío y corrió la cortina.
— ¿Es su novia? —le preguntó.
Tom negó con la cabeza.
—Es una publicista de la asociación de ganaderos. Me encargaron que la acompañara a
visitar los ranchos de la región.
—jMaldición! —masculló el médico.
— ¿Qué ocurre?
—Tiene el peor caso de asma que he visto en años, pero ella no quiere creérselo. La
tengo conectada a un nebulizador, pero necesitará que un médico especialista la
examine y la trate, o de lo contrario esto no será un incidente aislado. Necesita a un
especialista de inmediato, pero no puedo convencerla.
Tom esbozó una sonrisa irónica.
—Deje que lo intente yo —murmuró—. Creo que estoy empezando a saber cómo
tratarla. ¿Piensa usted que su estado viene de antes?
—Sí, eso creo. La tos la delata. Mucha gente no asocia la tos con el asma, pero, aun no
siendo tan común como los jadeos es un síntoma. Le he recetado un inhalador y le he
dicho que necesita un tratamiento preventivo. Su propio médico podrá prescribírselo.
—Vive en Denver —dijo Tom. Y no estoy seguro de que vaya a verlo muy a menudo.
—Pues haría bien en hacerlo —repuso el joven médico—. En esta ocasión se ha salvado
por muy poco. Unos minutos más y no habría habido nada que hacer.
—Me lo imagino —dijo Tom tranquilamente
—Le debe a usted la vida —siguió el médico.
—No me debe nada, pero voy a asegurarme de que tenga más cuidado desde ahora en
adelante.
—Me alegro de oírlo.
— ¿Puedo verla?
El médico sonrió y asintió.
—Por supuesto. Aunque no podrá hablar con usted. Está muy ocupada respirando.
—Mejor. Así podrá escucharme sin interrumpirme. Tengo muchas cosas que decirle.
El doctor se rió y lo llevó a un cubículo mayor donde una demacrada Candy inhalaba a
través de una máscara que le cubría parte del rostro. Al mirar a Tom pareció irritarse.
—Asma —dijo él, sentándose en un taburete junto a la cama. —Te lo dije, ¿o no?
Candy no podía hablar, pero sus ojos eran muy elocuentes.
—El médico dice que necesitas ver a un especialista para tratar tu asma.
Ella se arrancó la máscara del rostro.
—Sí —replicó él, volviendo a colocarle la máscara—. El suicidio no es una opción muy
razonable.
Ella aporreó el lateral de la cama.
—Lo sé, no quieres más complicaciones en tu vida —dijo él—. Pero esto podría haberte
costado la vida. Tienes que tomar las precauciones necesarias para que no vuelva a
suceder.
Los ojos de Candy parecían echar chispas. Se removió y negó con la cabeza.
—El heno y la paja de los ranchos forman una combinación letal —siguió Tom—. Si vas
a seguir visitando esos lugares tendrás que tener cuidado. Y yo voy a asegurarme de
que así sea.
Ella le lanzó una mirada desafiante que hizo reír a Tom.
—Ya nos ocuparemos de eso más tarde. ¿Respiras mejor ahora?
Candy dudó un momento y asintió. Le buscó la mirada y se apartó la máscara por un
segundo.
—Siento que... hayas tenido que hacerlo. ¿Estás... estás bien?
El le colocó la máscara en su sitio, conmovido por la preocupación que Candy mostraba
hacia él en un momento tan traumático para ella misma.
—Sí, estoy bien —respondió—. No he tenido tiempo para pensar en mí mismo ni en mis
miedos. Estaba demasiado ocupado intentando salvarte —añadió con una débil sonrisa.
—Gracias —murmuró ella con voz ronca y espectral.
—No hables. Respira.
Ella soltó un suspiro.
—De acuerdo.
El nebulizador tardó mucho rato en vaciarse. Cuando Candy hubo inhalado por
completo el broncodilatador estaba exhausta, pero ya podía respirar por sí misma.
El médico volvió a verla e insistió en lo que había dicho antes sobre un especialista para
el tratamiento de su asma. Le entregó un inhalador de muestra junto a un par de
recetas.
—Una es para otro inhalador y la otra es para lo que llamamos un espaciador. Es más
efectivo que un inhalador de bolsillo. Tiene que seguir las instrucciones y empezar un
tratamiento lo antes posible. No quiero volver a verla por aquí en este estado —añadió
con una sonrisa que suavizaba sus palabras.
—Gracias —dijo ella.
—Para eso estamos aquí —dijo el médico—. Usted ignoraba que tenía asma, y eso me
resulta increíble. ¿Nunca ha tenido un médico de familia?
—Sólo voy al hospital cuando estoy enferma —respondió ella—. No tengo un médico
de cabecera
—Búsquese uno —le recomendó el médico—. No espere a que sea demasiado tarde.
Le estrechó la mano a Tom y salió de la habitación.
Tom ayudó a Candy a levantarse y la acompañó a recepción, donde ella dio su número
de tarjeta de crédito y dirección.
— ¿Tampoco tienes seguro médico? —le preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—Nunca me pareció que fuera necesario.
—Es absolutamente necesario.
—Esta noche no. Estoy demasiado cansada para discutir. Lo único que quiero es volver
al motel.
A Tom no le hacía ninguna gracia dejarla sola toda la noche.
—No deberías quedarte sola —dijo, incómodo—. Podría pedirle a una enfermera que se
fuera contigo.
— ¡No! —rechazó ella con vehemencia—. Puedo cuidarme sola.
—No te alteres —le dijo él con firmeza—. Eso no te ayudará. Podrías provocarte otro
ataque.
Candy soltó una temblorosa exhalación.
—Lo siento. Me he asustado.
—Y yo también —confesó él—. Nunca había actuado tan rápido en mi vida —le tomó la
mano y la apretó con fuerza—. No vuelvas a hacerme esto —añadió con voz tensa.
Salieron al aire libre y ella se giró hacia él.
— ¿Cómo vamos a ir al motel? —le preguntó con preocupación—. ¿Y qué pasa con tu
camioneta?
—Paddy se ocupará de ella. Y nosotros tomaremos un taxi —añadió con una sonrisa—.
Vamos. Tengo que hacer algunos arreglos para devolver la avioneta al rancho, y luego
te llevaré a donde quieras ir.
Candy esperaba que el taxi los llevara al motel, pero la dirección que Tom le dio al
taxista era la de la consulta de un médico.
— ¿Pero qué...? —empezó.
Pero sus protestas cayeron en saco roto. Tom le pagó al taxista y la llevó a la sala de
espera del doctor Drew Morris. La recepcionista que sustituía a Kitty, la mujer de Drew,
los recibió con una sonrisa.
Tom le explicó el problema y la mujer los invitó a tomar asiento. No habían pasado ni
dos minutos cuando los hizo pasar a una sala de observación.
Drew Morris entró enseguida y procedió a auscultar a Candy con un estetoscopio,
ignorando las protestas de ésta. Segundos más tarde, se echó hacia atrás en la silla y
cruzó los brazos al pecho.
—No soy su médico, pero lo seré hasta que encuentre a uno. Voy a recetarle un
medicamento preventivo. Tendrá que tomarlo junto al inhalador que le dio el médico
de urgencias.
— ¿Cómo sabe que me dio un inhalador? —preguntó Candy.
—Tom me llamó antes de pedir el taxi —dijo Drew—. Tiene que tomar las medicinas. Si
por alguna razón éstas dejan de tener efecto, no incremente la dosis. Llámeme
enseguida o vaya a urgencias. Hoy ha corrido un grave peligro. Tenemos que ser
precavidos. No se puede curar el asma, pero sí se puede controlarlo. Tiene que prevenir
esos ataques.
—De acuerdo —cedió ella—. Haré lo que sea necesario.
— ¿Había tenido problemas como éste con anterioridad?
Ella asintió.
—Bastantes veces. Pensaba que sólo se trataba de una simple alergia. Nadie en mi
familia tiene problemas pulmonares.
—No tiene porque ser hereditario. Algunas personas lo padecen, simplemente... Hoy
más que antes, sobre todo los niños. Se está convirtiendo en un problema cada vez más
grave y extendido, y estoy convencido de que la contaminación tiene algo que ver.
— ¿Qué pasa con mi trabajo? —preguntó ella—. Me encanta lo que hago.
— ¿A qué se dedica?
—Visito los ranchos y entrevisto a la gente sobre sus métodos de producción. Y en todo
rancho hay graneros llenos de paja, silos y elevadores de cangilones.
—Entonces deberá llevar una mascarilla y usar su inhalador antes de acercarse a esos
lugares —dijo Drew—. No hay ningún motivo que le impida seguir con su trabajo. Ha
habido campeones olímpicos con problemas de asma. No la frenará a menos que usted
lo permita.
Candy le sonrió.
—Es usted muy alentador.
—Tengo que serlo. Mi mujer es asmática.
— ¿Cómo está Kitty? —preguntó Tom.
Drew soltó una carcajada.
—Embarazada —respondió, ruborizándose ligeramente—. No podríamos estar más
felices.
—Enhorabuena —lo felicitó Tom—.Y gracias por atender a Candy.
—Ha sido un placer —dijo Drew, mirándolos a ambos con un brillo inquisidor en los
ojos.
—Parece conocerte muy bien —comentó Candy cuando estaban en el taxi de vuelta al
motel.
—Así es. Yo salía con su mujer, antes de que fuera su esposa —le contó él—. ¿Recuerdas
que te hablé de ella? Kitty tenía ataques de tos.
—Oh, sí, ya me acuerdo —dijo ella, un poco incómoda. Por lo visto Tom había salido
con muchas mujeres, a pesar del dolor por la pérdida de su novia.
—Kitty era muy dulce y encantadora. Me gustaba mucho —siguió Tom—. Pero ella
amaba a Drew. Me alegro de que acabaran juntos. Drew estaba sufriendo mucho por su
difunta esposa. La gente del pueblo pensaba que nunca volvería a casarse. Pero se
enamoró locamente de Kitty.
—Es muy simpático.
—Sí, pero como todos los médicos de por aquí tiene mucho temperamento —repuso él.
Se inclinó hacia el taxista y le dijo que parara en la farmacia más cercana—. Tienen que
llenarte los inhaladores. Esperaremos a que lo hagan en la farmacia y pediremos otro
taxi.
—Puedo hacerlo mañana —dijo ella.
—No —rechazó él terminantemente.
Se detuvieron en la farmacia para pedir las recetas y luego siguieron hasta el motel. Tom
dejó a Candy en la habitación y se aseguró de que tuviera un cubo de hielo y algunas
bebidas antes de marcharse, de modo que no tuviera que salir a buscarlas.
—Intenta descansar un poco —le sugirió.
—Pero apenas hemos visto el rancho de Matt —protestó ella con el ceño fruncido—.
¿Cómo voy a escribir el artículo?
—Matt dijo que podía enviarte por fax la información que necesites —respondió él—.
Le explicaré la situación para que puedas preparar las preguntas.
—Eso sería muy amable de tu parte —dijo ella.
El le sonrió, sintiéndose protector y posesivo a la vez.
—Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes?
— ¿A qué?
—A cuidar de ti —respondió suavemente, y se inclinó para rozarle la boca con los
labios—. Túmbate y descansa un rato. Volveré más tarde a buscarte y te llevaré a comer.
Ella puso una mueca.
—Me gustaría. Pero estoy muy cansada, Tom.
Realmente parecía cansada, con expresión de fatiga y arrugas alrededor de la boca y los
ojos.
—En ese caso, te traeré algo —propuso él—. ¿Qué te gustaría?
—Cerdo lo meim —respondió ella de inmediato.
—Mi favorito —corroboró él con una sonrisa—. Te veré a las seis.
—De acuerdo.
Tom acabó sus tareas en el comedero, después de que Paddy lo llevara en la camioneta
al pueblo. Llevó a Paddy al rancho y luego fue a buscar la cena para Candy. Le llevó la
comida al motel, donde cenaron en silencio y luego vieron una película en el canal de
pago de la habitación.
No había acabado la película cuando Candy estaba enroscada contra él, durmiendo
plácidamente. Tom la abrazó, maravillándose por la intimidad que compartían, por la
fragilidad de Candy y por su propia fuerza. No había pensado en comprometerse con
nadie desde que perdió a Anita, pero Candy se había deslizado en su vida con tanta
naturalidad que él había aceptado su presencia sin el menor recelo.
Bajó la mirada a sus tiernos ojos cerrados. No quería volver al comedero. Quería
quedarse allí con ella toda la noche. Pero si lo hacía, la estaría poniendo en un
compromiso. Y no podía arriesgarse a ello. No era probable que Candy quisiera
comprometerse tan pronto. Sería una locura empezar algo con una mujer que vivía a
varios estados de distancia, pero Tom no podía quitarse la idea de la cabeza.
En aquel momento supo que Candy lo tenía de una manera que ninguna distancia ni
circunstancia podría romper. Y estaba asustado.

HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL PENULTIMO CAPITULO ... TRES O MAS Y AGREGO EL FINAL ... HASTA PRONTO