UNO
Era
un fresco día de otoño y el ganado llenaba el comedero. Un buen número de
aquellos
bueyes ya estaban asignados a varios restaurantes y locales de comida rápida,
pero
durante esas últimas semanas antes de ser enviados al norte, los vaqueros que
trabajaban
para Ballenger Brothers en Jacobsville, Texas, eran explotados hasta el límite
de
sus fuerzas. Tom Kaulitz odiaba su trabajo cuando la presión era tan frenética.
Lo
odiaba
tanto que casi deseaba volver a volar.
Se
echó hacia atrás el sombrero y maldijo el ganado, el comedero, la gente que
comía
carne
y la gente que la compraba. No era un hombre guapo, pero gustaba mucho a las
mujeres.
Tenía treinta años, un cuerpo alto y desgarbado, unos ojos ambar y un pasado
traumático
que las aventuras ocasionales apenas podían aliviar. Pero ahora las mujeres
no
se contaban entre sus prioridades. Había demasiado que hacer en el comedero, y
él
era
el responsable de mezclar los granos y nutrientes necesarios para engordar el
ganado.
De vez en cuando disfrutaba de su trabajo, pero últimamente todo lo sacaba de
quicio.
Un encuentro por casualidad con un viejo conocido unos meses antes había
sacado
a la superficie los malos recuerdos y lo había impulsado a beber.
—Por
esta miseria de sueldo más me valdría irme a la playa de raquero! —se quejó en
voz
alta.
—Concéntrate
en esa cinta transportadora y da gracias a Dios de que no tengas que
bajar
ahí abajo para vacunar a esas bestias —dijo una voz con marcado acento sureño
tras
él.
Tom
miró por encima del hombro a Justin Ballenger y sonrió.
—No
estará insinuando que las cosas se pueden poner peor por aquí, ¿verdad?
Justin
se metió las manos en los bolsillos y se echó a reír.
—Eso
parece. Ven aquí. Quiero hablar contigo.
El
gran jefe rara vez salía a hablar con los trabajadores, por lo que aquella
ocasión
resultaba
cuanto menos curiosa. Tom acabó de colocar el pienso en la cinta
transportadora
y se acercó a uno de los dos propietarios del comedero.
—
¿Qué puedo hacer por usted, jefe? —le preguntó amablemente.
—Puedes
dejar de emborracharte los fines de semana —respondió Justin, muy serio.
Los
pómulos marcados de Tom se cubrieron de un ligero rubor.
—No
sabía que se hubiera corrido tanto la voz —murmuró, desviando la mirada hacia
el
ganado.
—No
puedes cortarte las uñas de los pies en Jacobsville sin que alguien se entere —
replicó
Justin—. Hace tiempo que vas cuesta abajo, pero últimamente vas por muy mal
camino,
hijo —añadió con voz profunda y tranquila—. No me gustaría ver cómo te
sigues
hundiendo.
Tom
apretó la mandíbula sin mirar a su jefe.
—Es
mi camino. Tengo que andarlo.
—No,
de eso nada —dijo Justin secamente—. Llevas tres años trabajando aquí. Nunca te
he
preguntado por tu pasado y no voy a hacerlo ahora. Pero odio ver a un buen
hombre
echándose
a perder. Tienes que olvidar el pasado.
Tom
lo miró entonces a los ojos. Los dos tenían la misma estatura, pero Justin era
más
viejo
y robusto. No era un hombre con el que Tom quisiera luchar.
—No
puedo olvidarlo —dijo—. Usted no lo entiende.
—No,
no te entiendo —concedió Justin—. Pero ni los lamentos ni los excesos podrán
cambiar
lo que te ocurrió.
Tom
respiró hondo y miró hacia el horizonte. No dijo nada, porque si daba rienda
suelta
a
su ira, Justin lo despediría. Y, por mucho que odiara su trabajo, no podía
permitirse
perderlo.
—Rob
Hartford se instaló en Victoria y viene a verme a menudo —dijo finalmente—.
Estaba
allí... cuando sucedió. El no lo sabe, pero despertó los recuerdos.
—Díselo.
Las personas no pueden leer la mente.
Tom
suspiró y miró a Justin con sus ojos color ambar.
—Sería
un golpe muy duro para él.
—Lo
sería aún más si acabas en la cárcel. Lo único bueno es que ahora tienes el
suficiente
sentido común como para no conducir en ese estado.
—Lo
único bueno —repitió Tom con voz cansina—. De acuerdo, jefe. Haré lo que
pueda.
Volvió
a desviar la mirada hacia el horizonte y lo mismo hizo Justin.
—El
invierno está próximo —murmuró—. Apenas tendremos tiempo para enviar estos
bueyes
antes de que tengamos que comprar más pienso.
—Sólo
los locos se atreven a cebar el ganado —comentó Tom, aliviando la tensión.
—Eso
dicen —corroboró Justin con una débil sonrisa.
Tom
se encogió de hombros.
—Intentaré
mantenerme alejado del bar.
—Es
una estupidez gastarse el sueldo en bebida cada fin de semana —declaró el
otro—.
No
importa cuál sea la razón. Pero no he venido para hablar contigo de eso.
Tom
frunció el ceño.
—
¿Entonces para qué?
—Mañana
vendrá a visitarnos una publicista de Denver. Se dedica al sector ganadero, y
quiere
visitar algunos ranchos de la región para hacerse una idea de los métodos que
estamos
empleando.
—
¿Por qué? —preguntó Tom cortantemente.
—La
asociación de ganaderos, de la que Evan Tremayne acaba de ser elegido
presidente,
quiere relanzar la imagen del sector. Últimamente no ha tenido muy buena
prensa,
debido a la contaminación bacteriológica y a algunos ganaderos renegados y
sus
prácticas. Nosotros no seguimos esos métodos y queremos dejarlo bien claro a
los
consumidores
de carne vacuna. A Evan también se le ha ocurrido comercializar carne
magra
para una clientela específica.
—Creía
que Evan estaba demasiado ocupado con su mujer como para preocuparse de
los
negocios —murmuró Tom.
—Oh,
Anna le está haciendo todo el papeleo —respondió Justin—. Son inseparables,
dentro
y fuera de los negocios. En cualquier caso, esta publicista llega mañana y los
Tremayne
están fuera de la ciudad. Ted Regan y su mujer están en una convención en
Utah,
y Calhoun y yo estaremos ocupados con un comprador. Eres el único vaquero
que
tenemos que sepa tanto del sector como nosotros, especialmente en todo lo
relacionado
con los comederos. Te hemos elegido para que seas su guía.
—
¿Yo? —masculló Tom. Masculló por lo bajo y miró furioso a su jefe—. ¿Qué pasa
con
los
Hart? Son cuatro hermanos en el rancho.
—Dos
—corrigió Justin—. Cag está en su luna de miel, y Corrigan ha ido con su mujer,
Dorie,
a visitar a Simon y Tira en San Antonio. Acaban de tener su primer hijo
—añadió,
riendo—.y
no me gustaría endosarle a la publicista a los dos solteros. No sabemos si
sabrá
hacer galletas, pero Leo y Ray están tan desesperados que no creo que les
importe.
Tom
se limitó a asentir. El gusto de los Hart por las galletas era legendario en el
pueblo.
Lástima
que ninguno de ellos supiera cocinar.
—De
modo que tú has sido el elegido.
—Lo
mío es el rodeo, no los ranchos —señaló Tom.
—Sí,
lo sé —dijo Justin, mirándolo fijamente—. He oído que ibas en avión a todas las
competiciones
y que pilotabas tú mismo.
—Yo
nunca hablo de eso —espetó Tom con una mirada fulminante.
—Sí,
eso también lo he oído —dijo Justin, alzando las manos—. Bueno, sólo quería que
supieras
que mañana no estarás aquí, así que ocúpate en delegar las tareas que necesites
antes
de mañana.
—De
acuerdo —aceptó Tom con un suspiro—. Supongo que no podrás hacerlo tú... o
Calhoun.
—Lo
siento. Shelby y yo tenemos que ir al colegio por la mañana. Nuestro hijo mayor
actúa
en la obra de Acción de Gracias —sonrió—. Hace de mazorca de maíz.
Guy
no dijo nada, pero los ojos le brillaban y el labio inferior le temblaba.
—Haces
bien en mantener la boca cerrada, Kaulitz —añadió Justin con una sonrisa
maliciosa—.
He oído que les falta un pavo. Sería una pena que tuvieras que ofrecerte
voluntario
para ese papel en vez de enseñarle el rancho a la publicista.
Se
alejó y Tom pudo soltar la carcajada que había estado reprimiendo. A veces su
trabajo
dejaba de importarle.
Volvió
al barracón al acabar el trabajo. Estaba vacío, salvo por un joven
universitario de
Boffings
llamado Richard, que estaba tendido en un catre leyendo a Shakespeare y que
levantó
la mirada del libro cuando Tom entró.
—El
cocinero se ha mareado, así que han ido a buscar la cena a la casa —le dijo
Richard—.
Sólo estamos usted y yo esta noche. Los otros se han ido a una fiesta en el
pueblo.
—Malditos
tontos con suerte —murmuró Tom. Se quitó el sombrero y se tendió en su
litera
con un débil suspiro—. Odio el ganado.
Richard,
a quien los otros vaqueros llamaban «Canijo», se echó a reír. Se relajaba mucho
más
cuando Tom y él eran los únicos que compartían el barracón. A algunos de los
vaqueros
más viejos, casi todos analfabetos, les gustaba burlarse de él y de su afición
por
los estudios.
—Puede
que el ganado huela mal, pero al menos sirve para pagar mi matrícula —
comentó
Canijo.
—
¿Cuántos años tienes que ir a la universidad? —le preguntó Tom con curiosidad.
El
joven se encogió de hombros.
—Normalmente
son dos. Pero el único modo que tengo de costearme los estudios es ir a
clase
durante un semestre y trabajar el otro, de modo que me llevará cuatro años sólo
graduarme.
—
¿No puedes conseguir una beca?
Canijo
negó con la cabeza.
—Mis
notas no son lo bastante buenas como para aspirar a una beca importante, y mis
padres
ganan demasiado dinero como para que yo pueda recibir ayuda económica.
—Tiene
que haber un modo —dijo Tom, entornando la mirada—. ¿Has hablado con el
departamento
financiero de tu universidad?
—Lo
he pensado, pero un compañero me dijo que no perdiera el tiempo.
—¿Cuál
es tu especialidad?
—Medicina
—respondió Canijo con una sonrisa—. Me queda un largo camino por
delante,
incluso después de obtener el título.
Tom
no sonrió.
—Se
me ocurren algunas ideas. Déjame que las piense con calma.
—Usted
ya tiene bastantes problemas, señor Kaulitz—dijo el joven—. No tiene que
preocuparse
por mí además.
—
¿Qué te hace pensar que tengo problemas?
Canijo
cerró el libro de literatura que tenía en las manos.
—Todos
los fines de semana sale a beber. Nadie bebe tanto sólo por distracción, y
menos
un hombre tan serio y responsable como es usted el resto de la semana. Nunca
elude
sus responsabilidades ni delega tareas en nadie, y siempre está sobrio cuando
trabaja
—sonrió tímidamente—. Supongo que tuvo que pasarle algo muy grave.
La
expresión de Tom se tomó fría y distante.
—Sí.
Muy grave —murmuró. Se puso boca arriba y se cubrió los ojos con el sombrero—.
Ojalá
tu rango fuera superior al mío, Canijo.
—
¿Por qué?
—Porque
así serías tú y no yo quien tuviera que aguantar mañana a la publicista.
—He
oído hablar de ella al señor Ballenger. Dice que es muy guapa.
—A
mí no me ha dicho eso.
—Tal
vez quiere que sea una sorpresa.
Tom
se echó a reír.
—Pues
menuda sorpresa. Esa mujer se desmayará en cuando huela el comedero.
—Bueno,
nunca se sabe —murmuró Canijo, pasando las páginas del libro—. Dios...
cómo
odio a Shakespeare.
—Paleto.
—Usted
también lo odiaría, si tuviera que hacer un curso de literatura medieval.
—Hice
dos, gracias. Ambos con sobresaliente.
Canijo
permaneció callado un minuto.
—
¿Fue a la universidad?
—Sí.
—
¿Se licenció?
—Sí.
—
¿En qué rama?
—En
qué especialidad —corrigió Tom.
—De
acuerdo, ¿en qué especialidad?
—En
Física —respondió él, sin mencionar que su título superior era en ingeniería
aeronáutica
y su subespecialidad era la Química.
Canijo
soltó un silbido.
—
¿Y está trabajando en un rancho de ganado?
—En
su día me pareció una buena idea. Y ciertamente es una ocupación física
—añadió.
Canijo
soltó una carcajada.
—Me
está tomando el pelo, ¿verdad?
Tom
sonrió bajo el sombrero.
—Posiblemente.
Vuelve a tus estudios, hijo. Yo necesito descansar.
—Sí,
señor.
Tom
permaneció despierto hasta bien entrada la madrugada, pensando en la
universidad.
De joven había sido igual que Canijo, lleno de sueños e ilusiones. La
aviación
había sido el amor de su vida hasta que Anita se cruzó en su camino. E incluso
entonces
ella fue parte del sueño, porque también a ella le encantaban los aviones. Lo
animaba
con entusiasmo, se deshacía en elogios con sus diseños y lo calmaba cuando el
resultado
no era el esperado. Nunca le permitió que renunciara a su sueño ni se quejó
de
las largas horas que pasaba lejos de ella. Siempre estaba ahí, esperando, como
un
ángel
de pelo oscuro.
El
le había dado el anillo justo antes de que subieran a un avión.., por última
vez.
Siempre
revisaba meticulosamente cada detalle del aparato. Pero en aquella ocasión
estaba
más pendiente de Anita que del motor. La pequeña avería podría haberse
reparado
si se hubiera detectado a tiempo. Pero no fue así. El avión cayó sobre los
árboles
y quedó suspendido de las ramas. Podrían haber salido con tan sólo unas
magulladuras,
pero Anita fue lanzada contra la puerta del pasajero que, aflojada por el
impacto,
se abrió al recibir su peso. Tom aún la veía en sus pesadillas, colgando a
quince
metros
del suelo, mirándolo con ojos desorbitados de terror mientras gritaba su
nombre,
sin nada que frenara su caída salvo la dura tierra del bosque...
Se
irguió a medias en la litera, sudando y respirando con dificultad. Canijo
dormía
plácidamente.
Ojalá él pudiera hacer lo mismo. Apoyó la cabeza en las manos y soltó un
débil
gemido. Tres años era tiempo suficiente para el lamento, había dicho Justin.
Pero
Justin
no lo comprendía. Nadie lo comprendía. Sólo él.
A
la mañana siguiente entró medio dormido en el comedero, vestido con unos
vaqueros
azules,
una camisa blanquiazul de franela y su chaqueta de piel de borrego. Llevaba su
sombrero
Stetson beige de ala ancha, desgastado y manchado por los años de duro
trabajo.
Tampoco sus botas ofrecían mucho mejor aspecto. Sólo tenía treinta años, pero
se
sentía como si tuviera sesenta, y se preguntaba si ofrecería un aspecto tan
viejo.
Oyó
voces que salían del despacho de Justin cuando él entró en la sala de espera
del
comedero.
Fay, la bonita y menuda esposa de J. D. Langley, le sonrió y le hizo un gesto
para
que pasara. Técnicamente era la secretaria de Calhoun Ballenger, pero aquel día
se
ocupaba
también de sustituir a la otra secretaria.
Tom
le devolvió la sonrisa mientras se llevaba una mano al sombrero y entró en el
despacho.
Justin se levantó, y también lo hizo la pequeña mujer morena que lo
acompañaba.
Tenía los ojos marrones más grandes y vulnerables que Tom había visto
en
un ser humano. Unos ojos que parecían atravesarlo hasta el corazón.
—Te
presento a Candace Marshall, Tom —dijo Justin—. Es una publicista autónoma
que
trabaja principalmente para el sector ganadero. Candy, este es Tom Kaulitz. Es
el
encargado
del comedero.
Tom
se tocó el ala del sombrero, pero no se lo quitó ni sonrió. Aquellos ojos
marrones le
hacían
daño. Eran unos ojos como los de Anita, cálidos, suaves y llenos de afecto. Tom
podía
verlos en sus pesadillas mientras ella gritaba pidiéndole ayuda...
—Encantada
de conocerlo, señor Kaulitz —dijo Candy muy seriamente, ofreciéndole
una
mano.
Tom
la estrechó débilmente, sin entusiasmo, y se apresuró a meterse las manos en
los
bolsillos.
—Tom
va a enseñarle los ranchos de la zona antes de mostrarle el comedero —siguió
Justin.
Sacó dos hojas mecanografiadas y le tendió una a cada uno—. Fay ha preparado
estas
listas. Incluyen un mapa, por si no reconoce dónde están los ranchos. Los
rancheros
locales contratan nuestros servicios para cebar a sus erales y becerros —le
explicó
a Candy—. También tenemos un consorcio con Mesa Blanco, para la que trabaja
J.
D. Langley, el marido de Fay. Cualquier detalle que necesite sobre la
administración o
los
costes, Tom podrá facilitárselo. Lleva tres años con nosotros y está a cargo de
los
programas
de alimentación, que son sumamente científicos.
—
¿Científicos? —preguntó Candy, observando a Tom con renovado interés.
—Se
licenció en Química —añadió Justin—. Justo lo que necesitamos para preparar los
concentrados
y las mezclas según las proporciones de peso y obtener el mayor
beneficio.
Candy
le sonrió suavemente a Justin y se apartó un mechón que se había soltado del
recogido
francés que llevaba en la nuca.
—Mi
padre era ganadero, de modo que entiendo un poco de este negocio. De hecho, mi
madre
dirige uno de los mayores ranchos de Montana.
—
¿En serio? —preguntó Justin, impresionado.
—Ella
y J. D. Langley y los Tremayne se confabulan contra los demás ganaderos en las
convenciones
—continuó ella—. Son bastante radicales.
—No
me lo recuerde —gimió Justin—. Nada de aditivos, ni hormonas, ni antibióticos
ni
pesticidas,
ni herbicidas...
—Conoce
a J. D. —exclamó Candy, riendo. Tom se esforzaba por no fijarse en su
parecido
con Anita. Estaba muy guapa cuando sonreía.
—Todo
el mundo conoce a J. D. por aquí —respondió Justin con un exagerado suspiro,
y
miró la hora en su Rolex—. Bueno, tengo que irme. Os dejo para que os pongáis
manos
a la obra.
Candy
estaba examinando rápidamente la lista.
—Señor
Ballenger, ¡es imposible que veamos todos estos ranchos en un solo día!
—Lo
sé. Hará falta una semana, por lo menos. Nos hemos tomado la libertad de
alojarla
en
nuestro mejor motel. La asociación de ganaderos correrá con todos los gastos,
así que
no
vaya a escatimar en comida —explicó. Se fijó en la extrema delgadez de Candy y
frunció
el ceño—. ¿Se encuentra bien?
Ella
se enderezó y sonrió deliberadamente.
—He
tenido gripe. Y es muy duro recuperar las fuerzas.
—Sí
que lo es. Pero aún es muy pronto para la gripe.
Ella
asintió
—
¿Verdad que sí?
Justin
dudó y se encogió de hombros.
—Sea
como sea, tómeselo con calma. Tom, si no te importa, compruébalo todo con
Harry
cada mañana y dale las instrucciones pertinentes. Ya sé que tienen sus labores
asignadas
para la semana que viene, pero hazlo de todas formas.
—Claro,
jefe —dijo Tom perezosamente—. Bueno, señorita Marshall, ¿nos vamos?
—Por
supuesto —respondió ella. Se dirigió hacia su coche de
alquiler, pero entonces vio
a
Tom alejarse en la dirección contraria—. ¿Señor... Kaulitz? — lo
llamó, teniendo que
detenerse
para recordar su nombre.
El
se volvió, con las manos aún en los bolsillos.
—Por
aquí —dijo—. Iremos en uno de los camiones. No podrá atravesar los pastos de
Bill
Gately con ese coche sin romper el eje.
—Oh...
—murmuró ella. Miró el coche y luego la camioneta negra con el logo rojo de
Ballenger
en la puerta—. Entiendo —añadió, y fue lentamente hacia la camioneta. Llegó
un
poco jadeante y se encaramó al escalón, mostrando una pierna bonita y esbelta
cuando
la falda se le desplazó hacia arriba. Agarró el asidero y se aupó a la cabina
con
un
gemido ahogado.
—No
está en muy buena forma —dijo él—. ¿Bronquitis?
Ella
dudó un momento antes de responder.
—Sí.
Por la gripe.
—Intentaré
mantenerla lejos del polvo durante la visita —dijo él, cerrando la puerta tras
ella.
Candy
se sentó y tuvo que aguantar la respiración antes de poder abrocharse el
cinturón.
Mientras tanto, Tom se sentó al volante, sujetándolo con una mano
enguantada,
mientras observaba su piel pálida y sus mejillas enrojecidas. La mujer no
tenía
buen aspecto.
—He
madrugado demasiado —dijo finalmente, apartándose un mechón suelto—. Estoy
bien.
De verdad —insistió con una sonrisa forzada mientras suavizaba la expresión de
sus
grandes ojos marrones.
Tom
estuvo a punto de soltar un gemido. Los recuerdos le traspasaron el corazón y
lo
dejaron
sin aire. Rápidamente giró la llave en el contacto y puso el vehículo en
marcha.
—Agárrese
—le dijo secamente—. Ha llovido mucho y los caminos están en muy mal
estado.
—
¿Embarrados?
—Algunos
embarrados. Otros completamente anegados.
—Las
inundaciones invernales —murmuró ella.
—El
Niño —dijo él—. Ha causado estragos en la Costa Oeste, la Costa Este y todo lo
que
había por medio. No creo haber visto tanta lluvia en Texas en toda mi vida.
—
¿Nació usted aquí?
—Me
mudé aquí hace tres años.
—Entonces
no es texano —dijo ella, asintiendo.
El
giró la cabeza para mirarla.
—No
he dicho que no naciera en Texas. Sólo he dicho que no soy de Jacobsville.
—Lo
siento.
El
devolvió la mirada al camino, con la mandíbula tensa.
—No
tiene por qué disculparse.
Ella
respiraba con dificultad, como si no pudiera llenarse los pulmones de aire.
Apoyó
la
cabeza contra el asiento y cerró los ojos durante un minuto. Sus cejas se
juntaron en
una
mueca de dolor.
Tom
frenó y ella abrió los ojos con un sobresalto.
—Está
enferma —dijo él.
—No,
no lo estoy —protestó ella—.Ya se lo he dicho. Aún estoy débil por la gripe,
pero
puedo
hacer mi trabajo, señor Kaulitz. Por favor, no... no se preocupe —añadió, muy
rígida.
Giró la cabeza y perdió la mirada en el triste paisaje otoñal.
Tom
frunció el ceño y siguió avanzando por la accidentada pista que conducía a la
carretera
principal. Aquella mujer se mostraba muy susceptible cuando hablaba de su
salud,
y era obvio que ocultaba algo. Ojalá pudiera averiguar de qué se trataba.
El
primer rancho de la lista pertenecía al viejo Bill Gately, en el camino de
Victoria. No
era
el más interesante de los ranchos de Jacobsville, explicó Tom cuando llegaron.
—Bill
no ha cambiado con el paso del tiempo —dijo, con la vista fija en el camino—.
Creció
en los treinta, cuando aún se seguían empleando en los ranchos los métodos
tradicionales.
No le gusta alimentar al ganado con ningún complemento, pero acabó
cediendo
cuando conseguimos demostrarle las diferencias en el peso —desvió la mirada
hacia
ella y sonrió irónicamente—. Eso no quiere decir que se haya vendido. Y me temo
que
va a tener problemas con usted.
Candy
se echó a reír.
—Supongo
que las mujeres no pertenecemos a la industria ganadera. ¿Cómo puede
estar
tan ciega la asociación de ganaderos para encargarle la publicidad a una mujer?
Y
en
cualquier caso, ¿por qué necesitan publicidad cuando a todo el mundo le gusta
la
carne?
—Muy
cierto —dijo él—. Bill le sacará esos mismos argumentos y algunos más. Tiene
setenta
y cinco años y puede darle mil vueltas a muchos de nuestros vaqueros —volvió
a
mirarla—. Creemos que conoció personalmente a Gustav Mix.
—Estoy
impresionada —dijo ella.
—
¿Sabe quién es Gustav Mix?
Ella
volvió a reírse.
—
¿No lo sabe todo el mundo? Era una estrella del cine mudo. Tengo varias de sus
películas
—dijo, encogiéndose de hombros—. No me gustan mucho las
películas
modernas,
a excepción de algunas protagonizadas por John Wayne.
Tom
giró bruscamente y cambió de marcha mientras bajaban por lo que parecía una
cañada
mojada.
—
¿Ve lo que le decía de estos caminos? —preguntó mientras la camioneta se
enderezaba
al pie del barranco.
—Sí,
lo veo —corroboró ella, intentando recuperar la respiración—. ¿Qué clase de
vehículo
conduce el señor Gately?
—Ninguno
—respondió él—.Va a caballo a donde tenga que ir, y si necesita provisiones
o
suministros, hace que alguien se los traiga —sonrió—. La tienda del pueblo
tiene un
todoterreno.
De lo contrario, el viejo Bill se moriría de hambre.
—
¡Estoy de acuerdo!
Tom
volvió a cambiar de marcha.
—
¿Cómo se hizo ranchera su madre?
—Mi
padre era ranchero —respondió ella—. Cuando murió, mi madre siguió
encargándose
del rancho. Al principio le resultó muy penoso. Teníamos capataces como
su
señor Gately, que aún vivían en el siglo pasado. Pero mi madre es la ley
personificada
y consigue reunir a las personas sin intentarlo siquiera. La gente la adora
y
todos hacen cualquier cosa que pida. No es autoritaria ni despiadada, pero sí
muy
testaruda
para lograr las cosas a su manera.
—Me
sorprende —dijo él—. Casi todas las mujeres que alcanzan una posición de
autoridad
se convierten en auténticas dictadoras
—
¿Ha conocido usted a muchas de esas mujeres? —le preguntó ella.
Tom
puso una mueca pensativa con los labios.
—He
visto a muchas en las películas.
Ella
negó con la cabeza.
—Esas
películas han sido escritas y dirigidas por hombres — señaló—. Lo que se ve en
el cine
y
la televisión no es más que la idea que tiene un hombre sobre una figura
femenina con poder.
No
se parece en nada a la realidad. Y, desde luego, mi madre no es como esas
mujeres. Puede disparar una Winchester, conducir el ganado y levantar una
cerca, pero debería verla con un vestido de
Valentino
y diamantes.
—
Entiendo
—
Ha recorrido un camino muy largo y difícil— siguió ella—. Siento que mi padre
muriera,
porque hasta ese momento mi madre no sabía nada del trabajo ni de los
negocios.
Eso la convirtió en una mujer dura —concluyó. Podría haber añadido “ y
fría
como el hielo», pero no lo hizo.
—
¿Tiene hermanos o hermanas?
Ella
volvió a negar con la cabeza.
—Sólo
yo —respondió, girando la cabeza hacia él—. ¿Y usted?
—Tengo
un hermano. Está casado y vive en California. Y una hermana que vive en el
Estado
de Washington. También está casada.
—
¿Usted nunca se ha casado?
El
rostro de Tom se endureció como el granito.
—Nunca
—murmuró, cambiando de marcha mientras se aproximaban al viejo y
destartalado
rancho—. Ahí está Bill.
HOLA!!! BUENO AQUI VA UNA NOTA ... EL HOMBRE NUMERO 13 LO OCUPAN DOS HOMBRES ... OSEA UN DOCUMENTO CON DOS HOMBRE Y UN MISMO NUMERO ASI QUE LA DIVIDI .. ESTA ES LA HISTORIA DEL HOMBRE 13-1 ... Y SON SOLO 5 CAPITULOS ... ESTA CORTISIMA :D ASI QUE ESTARE SUBIENDO 1 EN 1 PARA QUE SE HAGA UN POCO MAS LARGA ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))
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Sigueeee
ResponderEliminarMe encanto... espero el próximo cap
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