jueves, 28 de julio de 2016



UNO
Era un fresco día de otoño y el ganado llenaba el comedero. Un buen número de
aquellos bueyes ya estaban asignados a varios restaurantes y locales de comida rápida,
pero durante esas últimas semanas antes de ser enviados al norte, los vaqueros que
trabajaban para Ballenger Brothers en Jacobsville, Texas, eran explotados hasta el límite
de sus fuerzas. Tom Kaulitz odiaba su trabajo cuando la presión era tan frenética. Lo
odiaba tanto que casi deseaba volver a volar.
Se echó hacia atrás el sombrero y maldijo el ganado, el comedero, la gente que comía
carne y la gente que la compraba. No era un hombre guapo, pero gustaba mucho a las
mujeres. Tenía treinta años, un cuerpo alto y desgarbado, unos ojos ambar y un pasado
traumático que las aventuras ocasionales apenas podían aliviar. Pero ahora las mujeres
no se contaban entre sus prioridades. Había demasiado que hacer en el comedero, y él
era el responsable de mezclar los granos y nutrientes necesarios para engordar el
ganado. De vez en cuando disfrutaba de su trabajo, pero últimamente todo lo sacaba de
quicio. Un encuentro por casualidad con un viejo conocido unos meses antes había
sacado a la superficie los malos recuerdos y lo había impulsado a beber.
—Por esta miseria de sueldo más me valdría irme a la playa de raquero! —se quejó en
voz alta.
—Concéntrate en esa cinta transportadora y da gracias a Dios de que no tengas que
bajar ahí abajo para vacunar a esas bestias —dijo una voz con marcado acento sureño
tras él.
Tom miró por encima del hombro a Justin Ballenger y sonrió.
—No estará insinuando que las cosas se pueden poner peor por aquí, ¿verdad?
Justin se metió las manos en los bolsillos y se echó a reír.
—Eso parece. Ven aquí. Quiero hablar contigo.
El gran jefe rara vez salía a hablar con los trabajadores, por lo que aquella ocasión
resultaba cuanto menos curiosa. Tom acabó de colocar el pienso en la cinta
transportadora y se acercó a uno de los dos propietarios del comedero.
— ¿Qué puedo hacer por usted, jefe? —le preguntó amablemente.
—Puedes dejar de emborracharte los fines de semana —respondió Justin, muy serio.
Los pómulos marcados de Tom se cubrieron de un ligero rubor.
—No sabía que se hubiera corrido tanto la voz —murmuró, desviando la mirada hacia
el ganado.
—No puedes cortarte las uñas de los pies en Jacobsville sin que alguien se entere —
replicó Justin—. Hace tiempo que vas cuesta abajo, pero últimamente vas por muy mal
camino, hijo —añadió con voz profunda y tranquila—. No me gustaría ver cómo te
sigues hundiendo.
Tom apretó la mandíbula sin mirar a su jefe.
—Es mi camino. Tengo que andarlo.
—No, de eso nada —dijo Justin secamente—. Llevas tres años trabajando aquí. Nunca te
he preguntado por tu pasado y no voy a hacerlo ahora. Pero odio ver a un buen hombre
echándose a perder. Tienes que olvidar el pasado.
Tom lo miró entonces a los ojos. Los dos tenían la misma estatura, pero Justin era más
viejo y robusto. No era un hombre con el que Tom quisiera luchar.
—No puedo olvidarlo —dijo—. Usted no lo entiende.
—No, no te entiendo —concedió Justin—. Pero ni los lamentos ni los excesos podrán
cambiar lo que te ocurrió.
Tom respiró hondo y miró hacia el horizonte. No dijo nada, porque si daba rienda suelta
a su ira, Justin lo despediría. Y, por mucho que odiara su trabajo, no podía permitirse
perderlo.
—Rob Hartford se instaló en Victoria y viene a verme a menudo —dijo finalmente—.
Estaba allí... cuando sucedió. El no lo sabe, pero despertó los recuerdos.
—Díselo. Las personas no pueden leer la mente.
Tom suspiró y miró a Justin con sus ojos color ambar.
—Sería un golpe muy duro para él.
—Lo sería aún más si acabas en la cárcel. Lo único bueno es que ahora tienes el
suficiente sentido común como para no conducir en ese estado.
—Lo único bueno —repitió Tom con voz cansina—. De acuerdo, jefe. Haré lo que
pueda.
Volvió a desviar la mirada hacia el horizonte y lo mismo hizo Justin.
—El invierno está próximo —murmuró—. Apenas tendremos tiempo para enviar estos
bueyes antes de que tengamos que comprar más pienso.
—Sólo los locos se atreven a cebar el ganado —comentó Tom, aliviando la tensión.
—Eso dicen —corroboró Justin con una débil sonrisa.
Tom se encogió de hombros.
—Intentaré mantenerme alejado del bar.
—Es una estupidez gastarse el sueldo en bebida cada fin de semana —declaró el otro—.
No importa cuál sea la razón. Pero no he venido para hablar contigo de eso.
Tom frunció el ceño.
— ¿Entonces para qué?
—Mañana vendrá a visitarnos una publicista de Denver. Se dedica al sector ganadero, y
quiere visitar algunos ranchos de la región para hacerse una idea de los métodos que
estamos empleando.
— ¿Por qué? —preguntó Tom cortantemente.
—La asociación de ganaderos, de la que Evan Tremayne acaba de ser elegido
presidente, quiere relanzar la imagen del sector. Últimamente no ha tenido muy buena
prensa, debido a la contaminación bacteriológica y a algunos ganaderos renegados y
sus prácticas. Nosotros no seguimos esos métodos y queremos dejarlo bien claro a los
consumidores de carne vacuna. A Evan también se le ha ocurrido comercializar carne
magra para una clientela específica.
—Creía que Evan estaba demasiado ocupado con su mujer como para preocuparse de
los negocios —murmuró Tom.
—Oh, Anna le está haciendo todo el papeleo —respondió Justin—. Son inseparables,
dentro y fuera de los negocios. En cualquier caso, esta publicista llega mañana y los
Tremayne están fuera de la ciudad. Ted Regan y su mujer están en una convención en
Utah, y Calhoun y yo estaremos ocupados con un comprador. Eres el único vaquero
que tenemos que sepa tanto del sector como nosotros, especialmente en todo lo
relacionado con los comederos. Te hemos elegido para que seas su guía.
— ¿Yo? —masculló Tom. Masculló por lo bajo y miró furioso a su jefe—. ¿Qué pasa con
los Hart? Son cuatro hermanos en el rancho.
—Dos —corrigió Justin—. Cag está en su luna de miel, y Corrigan ha ido con su mujer,
Dorie, a visitar a Simon y Tira en San Antonio. Acaban de tener su primer hijo —añadió,
riendo—.y no me gustaría endosarle a la publicista a los dos solteros. No sabemos si
sabrá hacer galletas, pero Leo y Ray están tan desesperados que no creo que les
importe.
Tom se limitó a asentir. El gusto de los Hart por las galletas era legendario en el pueblo.
Lástima que ninguno de ellos supiera cocinar.
—De modo que tú has sido el elegido.
—Lo mío es el rodeo, no los ranchos —señaló Tom.
—Sí, lo sé —dijo Justin, mirándolo fijamente—. He oído que ibas en avión a todas las
competiciones y que pilotabas tú mismo.
—Yo nunca hablo de eso —espetó Tom con una mirada fulminante.
—Sí, eso también lo he oído —dijo Justin, alzando las manos—. Bueno, sólo quería que
supieras que mañana no estarás aquí, así que ocúpate en delegar las tareas que necesites
antes de mañana.
—De acuerdo —aceptó Tom con un suspiro—. Supongo que no podrás hacerlo tú... o
Calhoun.
—Lo siento. Shelby y yo tenemos que ir al colegio por la mañana. Nuestro hijo mayor
actúa en la obra de Acción de Gracias —sonrió—. Hace de mazorca de maíz.
Guy no dijo nada, pero los ojos le brillaban y el labio inferior le temblaba.
—Haces bien en mantener la boca cerrada, Kaulitz —añadió Justin con una sonrisa
maliciosa—. He oído que les falta un pavo. Sería una pena que tuvieras que ofrecerte
voluntario para ese papel en vez de enseñarle el rancho a la publicista.
Se alejó y Tom pudo soltar la carcajada que había estado reprimiendo. A veces su
trabajo dejaba de importarle.
Volvió al barracón al acabar el trabajo. Estaba vacío, salvo por un joven universitario de
Boffings llamado Richard, que estaba tendido en un catre leyendo a Shakespeare y que
levantó la mirada del libro cuando Tom entró.
—El cocinero se ha mareado, así que han ido a buscar la cena a la casa —le dijo
Richard—. Sólo estamos usted y yo esta noche. Los otros se han ido a una fiesta en el
pueblo.
—Malditos tontos con suerte —murmuró Tom. Se quitó el sombrero y se tendió en su
litera con un débil suspiro—. Odio el ganado.
Richard, a quien los otros vaqueros llamaban «Canijo», se echó a reír. Se relajaba mucho
más cuando Tom y él eran los únicos que compartían el barracón. A algunos de los
vaqueros más viejos, casi todos analfabetos, les gustaba burlarse de él y de su afición
por los estudios.
—Puede que el ganado huela mal, pero al menos sirve para pagar mi matrícula —
comentó Canijo.
— ¿Cuántos años tienes que ir a la universidad? —le preguntó Tom con curiosidad.
El joven se encogió de hombros.
—Normalmente son dos. Pero el único modo que tengo de costearme los estudios es ir a
clase durante un semestre y trabajar el otro, de modo que me llevará cuatro años sólo
graduarme.
— ¿No puedes conseguir una beca?
Canijo negó con la cabeza.
—Mis notas no son lo bastante buenas como para aspirar a una beca importante, y mis
padres ganan demasiado dinero como para que yo pueda recibir ayuda económica.
—Tiene que haber un modo —dijo Tom, entornando la mirada—. ¿Has hablado con el
departamento financiero de tu universidad?
—Lo he pensado, pero un compañero me dijo que no perdiera el tiempo.
—¿Cuál es tu especialidad?
—Medicina —respondió Canijo con una sonrisa—. Me queda un largo camino por
delante, incluso después de obtener el título.
Tom no sonrió.
—Se me ocurren algunas ideas. Déjame que las piense con calma.
—Usted ya tiene bastantes problemas, señor Kaulitz—dijo el joven—. No tiene que
preocuparse por mí además.
— ¿Qué te hace pensar que tengo problemas?
Canijo cerró el libro de literatura que tenía en las manos.
—Todos los fines de semana sale a beber. Nadie bebe tanto sólo por distracción, y
menos un hombre tan serio y responsable como es usted el resto de la semana. Nunca
elude sus responsabilidades ni delega tareas en nadie, y siempre está sobrio cuando
trabaja —sonrió tímidamente—. Supongo que tuvo que pasarle algo muy grave.
La expresión de Tom se tomó fría y distante.
—Sí. Muy grave —murmuró. Se puso boca arriba y se cubrió los ojos con el sombrero—.
Ojalá tu rango fuera superior al mío, Canijo.
— ¿Por qué?
—Porque así serías tú y no yo quien tuviera que aguantar mañana a la publicista.
—He oído hablar de ella al señor Ballenger. Dice que es muy guapa.
—A mí no me ha dicho eso.
—Tal vez quiere que sea una sorpresa.
Tom se echó a reír.
—Pues menuda sorpresa. Esa mujer se desmayará en cuando huela el comedero.
—Bueno, nunca se sabe —murmuró Canijo, pasando las páginas del libro—. Dios...
cómo odio a Shakespeare.
—Paleto.
—Usted también lo odiaría, si tuviera que hacer un curso de literatura medieval.
—Hice dos, gracias. Ambos con sobresaliente.
Canijo permaneció callado un minuto.
— ¿Fue a la universidad?
—Sí.
— ¿Se licenció?
—Sí.
— ¿En qué rama?
—En qué especialidad —corrigió Tom.
—De acuerdo, ¿en qué especialidad?
—En Física —respondió él, sin mencionar que su título superior era en ingeniería
aeronáutica y su subespecialidad era la Química.
Canijo soltó un silbido.
— ¿Y está trabajando en un rancho de ganado?
—En su día me pareció una buena idea. Y ciertamente es una ocupación física —añadió.
Canijo soltó una carcajada.
—Me está tomando el pelo, ¿verdad?
Tom sonrió bajo el sombrero.
—Posiblemente. Vuelve a tus estudios, hijo. Yo necesito descansar.
—Sí, señor.
Tom permaneció despierto hasta bien entrada la madrugada, pensando en la
universidad. De joven había sido igual que Canijo, lleno de sueños e ilusiones. La
aviación había sido el amor de su vida hasta que Anita se cruzó en su camino. E incluso
entonces ella fue parte del sueño, porque también a ella le encantaban los aviones. Lo
animaba con entusiasmo, se deshacía en elogios con sus diseños y lo calmaba cuando el
resultado no era el esperado. Nunca le permitió que renunciara a su sueño ni se quejó
de las largas horas que pasaba lejos de ella. Siempre estaba ahí, esperando, como un
ángel de pelo oscuro.
El le había dado el anillo justo antes de que subieran a un avión.., por última vez.
Siempre revisaba meticulosamente cada detalle del aparato. Pero en aquella ocasión
estaba más pendiente de Anita que del motor. La pequeña avería podría haberse
reparado si se hubiera detectado a tiempo. Pero no fue así. El avión cayó sobre los
árboles y quedó suspendido de las ramas. Podrían haber salido con tan sólo unas
magulladuras, pero Anita fue lanzada contra la puerta del pasajero que, aflojada por el
impacto, se abrió al recibir su peso. Tom aún la veía en sus pesadillas, colgando a quince
metros del suelo, mirándolo con ojos desorbitados de terror mientras gritaba su
nombre, sin nada que frenara su caída salvo la dura tierra del bosque...
Se irguió a medias en la litera, sudando y respirando con dificultad. Canijo dormía
plácidamente. Ojalá él pudiera hacer lo mismo. Apoyó la cabeza en las manos y soltó un
débil gemido. Tres años era tiempo suficiente para el lamento, había dicho Justin. Pero
Justin no lo comprendía. Nadie lo comprendía. Sólo él.
A la mañana siguiente entró medio dormido en el comedero, vestido con unos vaqueros
azules, una camisa blanquiazul de franela y su chaqueta de piel de borrego. Llevaba su
sombrero Stetson beige de ala ancha, desgastado y manchado por los años de duro
trabajo. Tampoco sus botas ofrecían mucho mejor aspecto. Sólo tenía treinta años, pero
se sentía como si tuviera sesenta, y se preguntaba si ofrecería un aspecto tan viejo.
Oyó voces que salían del despacho de Justin cuando él entró en la sala de espera del
comedero. Fay, la bonita y menuda esposa de J. D. Langley, le sonrió y le hizo un gesto
para que pasara. Técnicamente era la secretaria de Calhoun Ballenger, pero aquel día se
ocupaba también de sustituir a la otra secretaria.
Tom le devolvió la sonrisa mientras se llevaba una mano al sombrero y entró en el
despacho. Justin se levantó, y también lo hizo la pequeña mujer morena que lo
acompañaba. Tenía los ojos marrones más grandes y vulnerables que Tom había visto
en un ser humano. Unos ojos que parecían atravesarlo hasta el corazón.
—Te presento a Candace Marshall, Tom —dijo Justin—. Es una publicista autónoma
que trabaja principalmente para el sector ganadero. Candy, este es Tom Kaulitz. Es el
encargado del comedero.
Tom se tocó el ala del sombrero, pero no se lo quitó ni sonrió. Aquellos ojos marrones le
hacían daño. Eran unos ojos como los de Anita, cálidos, suaves y llenos de afecto. Tom
podía verlos en sus pesadillas mientras ella gritaba pidiéndole ayuda...
—Encantada de conocerlo, señor Kaulitz —dijo Candy muy seriamente, ofreciéndole
una mano.
Tom la estrechó débilmente, sin entusiasmo, y se apresuró a meterse las manos en los
bolsillos.
—Tom va a enseñarle los ranchos de la zona antes de mostrarle el comedero —siguió
Justin. Sacó dos hojas mecanografiadas y le tendió una a cada uno—. Fay ha preparado
estas listas. Incluyen un mapa, por si no reconoce dónde están los ranchos. Los
rancheros locales contratan nuestros servicios para cebar a sus erales y becerros —le
explicó a Candy—. También tenemos un consorcio con Mesa Blanco, para la que trabaja
J. D. Langley, el marido de Fay. Cualquier detalle que necesite sobre la administración o
los costes, Tom podrá facilitárselo. Lleva tres años con nosotros y está a cargo de los
programas de alimentación, que son sumamente científicos.
— ¿Científicos? —preguntó Candy, observando a Tom con renovado interés.
—Se licenció en Química —añadió Justin—. Justo lo que necesitamos para preparar los
concentrados y las mezclas según las proporciones de peso y obtener el mayor
beneficio.
Candy le sonrió suavemente a Justin y se apartó un mechón que se había soltado del
recogido francés que llevaba en la nuca.
—Mi padre era ganadero, de modo que entiendo un poco de este negocio. De hecho, mi
madre dirige uno de los mayores ranchos de Montana.
— ¿En serio? —preguntó Justin, impresionado.
—Ella y J. D. Langley y los Tremayne se confabulan contra los demás ganaderos en las
convenciones —continuó ella—. Son bastante radicales.
—No me lo recuerde —gimió Justin—. Nada de aditivos, ni hormonas, ni antibióticos ni
pesticidas, ni herbicidas...
—Conoce a J. D. —exclamó Candy, riendo. Tom se esforzaba por no fijarse en su
parecido con Anita. Estaba muy guapa cuando sonreía.
—Todo el mundo conoce a J. D. por aquí —respondió Justin con un exagerado suspiro,
y miró la hora en su Rolex—. Bueno, tengo que irme. Os dejo para que os pongáis
manos a la obra.
Candy estaba examinando rápidamente la lista.
—Señor Ballenger, ¡es imposible que veamos todos estos ranchos en un solo día!
—Lo sé. Hará falta una semana, por lo menos. Nos hemos tomado la libertad de alojarla
en nuestro mejor motel. La asociación de ganaderos correrá con todos los gastos, así que
no vaya a escatimar en comida —explicó. Se fijó en la extrema delgadez de Candy y
frunció el ceño—. ¿Se encuentra bien?
Ella se enderezó y sonrió deliberadamente.
—He tenido gripe. Y es muy duro recuperar las fuerzas.
—Sí que lo es. Pero aún es muy pronto para la gripe.
Ella asintió
— ¿Verdad que sí?
Justin dudó y se encogió de hombros.
—Sea como sea, tómeselo con calma. Tom, si no te importa, compruébalo todo con
Harry cada mañana y dale las instrucciones pertinentes. Ya sé que tienen sus labores
asignadas para la semana que viene, pero hazlo de todas formas.
—Claro, jefe —dijo Tom perezosamente—. Bueno, señorita Marshall, ¿nos vamos?
—Por supuesto respondió ella. Se dirigió hacia su coche de alquiler, pero entonces vio
a Tom alejarse en la dirección contraria—. ¿Señor... Kaulitz? — lo llamó, teniendo que
detenerse para recordar su nombre.
El se volvió, con las manos aún en los bolsillos.
—Por aquí —dijo—. Iremos en uno de los camiones. No podrá atravesar los pastos de
Bill Gately con ese coche sin romper el eje.
—Oh... —murmuró ella. Miró el coche y luego la camioneta negra con el logo rojo de
Ballenger en la puerta—. Entiendo —añadió, y fue lentamente hacia la camioneta. Llegó
un poco jadeante y se encaramó al escalón, mostrando una pierna bonita y esbelta
cuando la falda se le desplazó hacia arriba. Agarró el asidero y se aupó a la cabina con
un gemido ahogado.
—No está en muy buena forma —dijo él—. ¿Bronquitis?
Ella dudó un momento antes de responder.
—Sí. Por la gripe.
—Intentaré mantenerla lejos del polvo durante la visita —dijo él, cerrando la puerta tras
ella.
Candy se sentó y tuvo que aguantar la respiración antes de poder abrocharse el
cinturón. Mientras tanto, Tom se sentó al volante, sujetándolo con una mano
enguantada, mientras observaba su piel pálida y sus mejillas enrojecidas. La mujer no
tenía buen aspecto.
—He madrugado demasiado —dijo finalmente, apartándose un mechón suelto—. Estoy
bien. De verdad —insistió con una sonrisa forzada mientras suavizaba la expresión de
sus grandes ojos marrones.
Tom estuvo a punto de soltar un gemido. Los recuerdos le traspasaron el corazón y lo
dejaron sin aire. Rápidamente giró la llave en el contacto y puso el vehículo en marcha.
—Agárrese —le dijo secamente—. Ha llovido mucho y los caminos están en muy mal
estado.
— ¿Embarrados?
—Algunos embarrados. Otros completamente anegados.
—Las inundaciones invernales —murmuró ella.
—El Niño —dijo él—. Ha causado estragos en la Costa Oeste, la Costa Este y todo lo
que había por medio. No creo haber visto tanta lluvia en Texas en toda mi vida.
— ¿Nació usted aquí?
—Me mudé aquí hace tres años.
—Entonces no es texano —dijo ella, asintiendo.
El giró la cabeza para mirarla.
—No he dicho que no naciera en Texas. Sólo he dicho que no soy de Jacobsville.
—Lo siento.
El devolvió la mirada al camino, con la mandíbula tensa.
—No tiene por qué disculparse.
Ella respiraba con dificultad, como si no pudiera llenarse los pulmones de aire. Apoyó
la cabeza contra el asiento y cerró los ojos durante un minuto. Sus cejas se juntaron en
una mueca de dolor.
Tom frenó y ella abrió los ojos con un sobresalto.
—Está enferma —dijo él.
—No, no lo estoy —protestó ella—.Ya se lo he dicho. Aún estoy débil por la gripe, pero
puedo hacer mi trabajo, señor Kaulitz. Por favor, no... no se preocupe —añadió, muy
rígida. Giró la cabeza y perdió la mirada en el triste paisaje otoñal.
Tom frunció el ceño y siguió avanzando por la accidentada pista que conducía a la
carretera principal. Aquella mujer se mostraba muy susceptible cuando hablaba de su
salud, y era obvio que ocultaba algo. Ojalá pudiera averiguar de qué se trataba.
El primer rancho de la lista pertenecía al viejo Bill Gately, en el camino de Victoria. No
era el más interesante de los ranchos de Jacobsville, explicó Tom cuando llegaron.
—Bill no ha cambiado con el paso del tiempo —dijo, con la vista fija en el camino—.
Creció en los treinta, cuando aún se seguían empleando en los ranchos los métodos
tradicionales. No le gusta alimentar al ganado con ningún complemento, pero acabó
cediendo cuando conseguimos demostrarle las diferencias en el peso —desvió la mirada
hacia ella y sonrió irónicamente—. Eso no quiere decir que se haya vendido. Y me temo
que va a tener problemas con usted.
Candy se echó a reír.
—Supongo que las mujeres no pertenecemos a la industria ganadera. ¿Cómo puede
estar tan ciega la asociación de ganaderos para encargarle la publicidad a una mujer? Y
en cualquier caso, ¿por qué necesitan publicidad cuando a todo el mundo le gusta la
carne?
—Muy cierto —dijo él—. Bill le sacará esos mismos argumentos y algunos más. Tiene
setenta y cinco años y puede darle mil vueltas a muchos de nuestros vaqueros —volvió
a mirarla—. Creemos que conoció personalmente a Gustav Mix.
—Estoy impresionada —dijo ella.
— ¿Sabe quién es Gustav Mix?
Ella volvió a reírse.
— ¿No lo sabe todo el mundo? Era una estrella del cine mudo. Tengo varias de sus
películas —dijo, encogiéndose de hombros. No me gustan mucho las películas
modernas, a excepción de algunas protagonizadas por John Wayne.
Tom giró bruscamente y cambió de marcha mientras bajaban por lo que parecía una
cañada mojada.
— ¿Ve lo que le decía de estos caminos? —preguntó mientras la camioneta se
enderezaba al pie del barranco.
—Sí, lo veo —corroboró ella, intentando recuperar la respiración—. ¿Qué clase de
vehículo conduce el señor Gately?
—Ninguno —respondió él—.Va a caballo a donde tenga que ir, y si necesita provisiones
o suministros, hace que alguien se los traiga —sonrió—. La tienda del pueblo tiene un
todoterreno. De lo contrario, el viejo Bill se moriría de hambre.
— ¡Estoy de acuerdo!
Tom volvió a cambiar de marcha.
— ¿Cómo se hizo ranchera su madre?
—Mi padre era ranchero —respondió ella—. Cuando murió, mi madre siguió
encargándose del rancho. Al principio le resultó muy penoso. Teníamos capataces como
su señor Gately, que aún vivían en el siglo pasado. Pero mi madre es la ley
personificada y consigue reunir a las personas sin intentarlo siquiera. La gente la adora
y todos hacen cualquier cosa que pida. No es autoritaria ni despiadada, pero sí muy
testaruda para lograr las cosas a su manera.
—Me sorprende —dijo él—. Casi todas las mujeres que alcanzan una posición de
autoridad se convierten en auténticas dictadoras
— ¿Ha conocido usted a muchas de esas mujeres? —le preguntó ella.
Tom puso una mueca pensativa con los labios.
—He visto a muchas en las películas.
Ella negó con la cabeza.
—Esas películas han sido escritas y dirigidas por hombres — señaló—. Lo que se ve en el cine
y la televisión no es más que la idea que tiene un hombre sobre una figura femenina con poder.
No se parece en nada a la realidad. Y, desde luego, mi madre no es como esas mujeres. Puede disparar una Winchester, conducir el ganado y levantar una cerca, pero debería verla con un vestido de
Valentino y diamantes.
— Entiendo
— Ha recorrido un camino muy largo y difícil— siguió ella—. Siento que mi padre
muriera, porque hasta ese momento mi madre no sabía nada del trabajo ni de los
negocios. Eso la convirtió en una mujer dura —concluyó. Podría haber añadido “ y
fría como el hielo», pero no lo hizo.
— ¿Tiene hermanos o hermanas?
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Sólo yo —respondió, girando la cabeza hacia él—. ¿Y usted?
—Tengo un hermano. Está casado y vive en California. Y una hermana que vive en el
Estado de Washington. También está casada.
— ¿Usted nunca se ha casado?
El rostro de Tom se endureció como el granito.
—Nunca —murmuró, cambiando de marcha mientras se aproximaban al viejo y

destartalado rancho—. Ahí está Bill.

HOLA!!! BUENO AQUI VA UNA NOTA ... EL HOMBRE NUMERO 13 LO OCUPAN DOS HOMBRES ... OSEA UN DOCUMENTO CON DOS HOMBRE Y UN MISMO NUMERO ASI QUE LA DIVIDI .. ESTA ES LA HISTORIA DEL HOMBRE 13-1 ... Y SON SOLO 5 CAPITULOS ... ESTA CORTISIMA :D ASI QUE ESTARE SUBIENDO 1 EN 1 PARA QUE SE HAGA UN POCO MAS LARGA ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))

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